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EL verdadero dolor es indecible. Si puedes hablar de lo que te acongoja estás de suerte: eso significa que no es tan importante. Porque cuando el dolor cae sobre ti sin paliativos, lo primero que te arranca es la #Palabra. Es probable que reconozcas lo que digo; quizá lo hayas experimentado, porque el sufrimiento es algo muy común en todas las vidas (igual que la alegría). Hablo de ese dolor que es tan grande que ni siquiera parece que te nace de dentro, sino que es como si hubieras sido sepultada por un alud. Y así estás. Tan enterrada bajo esas pedregosas toneladas de pena que no puedes ni hablar. Estás segura de que nadie va a oírte.

Ahora que lo pienso, en esto es muy parecido a la locura. En mi adolescencia y primera juventud padecí varias crisis de angustia. Eran ataques de pánico repentinos, mareos, sensación aguda de pérdida de la realidad, terror a estar enloqueciendo. Estudié psicología en la Universidad Complutense (abandoné en cuarto curso) justamente por eso: porque pensaba que estaba loca. En realidad creo que ésta es la razón por la que hacen psicología o psiquiatría el noventa y nueve por ciento de los profesionales del ramo (el uno por ciento restante son hijos de psicólogos o psiquiatras y ésos están aún peor). Y que conste que no me parece mal que sea así: acercarse al ejercicio terapéutico habiendo conocido lo que es el desequilibrio mental puede proporcionarte más entendimiento, más empatía. A mí esas crisis angustiosas me agrandaron el conocimiento del mundo. Hoy me alegro de haberlas tenido: así supe lo que era el dolor psíquico, que es devastador por lo inefable. Porque la característica esencial de lo que llamamos locura es la soledad, pero una soledad monumental. Una soledad tan grande que no cabe dentro de la palabra soledad y que uno no puede ni llegar a imaginar si no ha estado ahí. Es sentir que te has desconectado del mundo, que no te van a poder entender, que no tienes #Palabras para expresarte. Es como hablar un lenguaje que nadie más conoce. Es ser un astronauta flotando a la deriva en la vastedad negra y vacía del espacio exterior. De ese tamaño de soledad estoy hablando. Y resulta que en el verdadero dolor, en el dolor-alud, sucede algo semejante. Aunque la sensación de desconexión no sea tan extrema, tampoco puedes compartir ni explicar tu sufrimiento. Ya lo dice la sabiduría popular: Fulanito se volvió loco de dolor. La pena aguda es una enajenación. Te callas y te encierras.

Eso es lo que hizo Marie Curie cuando le trajeron el cadáver de Pierre: encerrarse en el mutismo, en el silencio, en una aparente, pétrea frialdad. Llevaban once años casados y tenían dos hijas, la menor de catorce meses. Pierre había salido esa mañana como siempre camino del trabajo; tuvo una comida con colegas y, al volver al laboratorio, resbaló y cayó delante de un pesado carro de transporte de mercancías. Los caballos lo sortearon, pero una rueda trasera le reventó el cráneo. Falleció en el acto.

Entro en el salón. Me dicen: «Ha muerto.» ¿Acaso puede una comprender tales palabras? Pierre ha muerto, él, a quien sin embargo había visto marcharse por la mañana, él, a quien esperaba estrechar entre mis brazos esa tarde, ya sólo lo volveré a ver muerto y se acabó, para siempre. Siempre, nunca, palabras absolutas que no podemos comprender siendo como somos pequeñas criaturas atrapadas en nuestro pequeño tiempo. ¿No jugaste, en la niñez, a intentar imaginar la eternidad? ¿La infinitud desplegándose delante de ti como una cinta azul mareante e interminable? Eso es lo primero que te golpea en un duelo: la incapacidad de pensarlo y de admitirlo. Simplemente la idea no te cabe en la cabeza. ¿Pero cómo es posible que no esté? Esa persona que tanto espacio ocupaba en el mundo, ¿dónde se ha metido? El cerebro no puede comprender que haya desaparecido para siempre. ¿Y qué demonios es siempre? Es un concepto inhumano. Quiero decir que está fuera de nuestra posibilidad de entendimiento. Pero cómo, ¿no voy a verlo más? ¿Ni hoy, ni mañana, ni pasado, ni dentro de un año? Es una realidad inconcebible que la mente rechaza: no verlo nunca más es un mal chiste, una idea ridícula.

A veces [tengo] la idea ridícula de que todo esto es una ilusión y que vas a volver. ¿No tuve ayer, al oír cerrarse la puerta, la idea absurda de que eras tú?

Después de la muerte de Pablo, yo también me descubrí durante semanas pensando: «A ver si deja ya de hacer el tonto y regresa de una vez», como si su ausencia fuera una broma que me estuviera gastando para fastidiarme, como a veces hacía. Entiéndeme: no era un pensamiento verdadero y del todo asumido, sino una de esas ideas a medio hacer que cabrillean en los bordes de la conciencia, como peces nerviosos y resbaladizos. Del mismo modo, de todos es sabido que muchas personas creen ver por la calle al ser querido que acaban de perder (a mí nunca me ha pasado). Lo cuenta muy bien Ursula K. Le Guin en un desnudo poema titulado «On Hemlock Street» (En la calle Cicuta):

I see broad shoulders,
a silver head,
and I think: John!
And I think: dead.

(Veo una espalda ancha,
una cabeza plateada,
y pienso: ¡John!
Y pienso: muerto.)

He tenido la inmensa suerte y el privilegio de desarrollar cierta amistad con Ursula K. Le Guin, que es uno de los escritores cuyo magisterio sobre mi obra reconozco de manera consciente (el otro es Nabokov). Cuando le escribí hace unos meses contando que quería hacer un libro sobre Madame Curie, contestó:

Leí una biografía de Marie Curie cuando tenía quince o dieciséis años. Incluía bastantes citas de su diario. Me dejó impresionada, admirada y aterrada. Quizá me esté traicionando la memoria, pero lo que recuerdo es que, después de que Pierre muriera en la calle, ella guardó un pañuelo con el que había tratado de limpiarle la cara. Parte de su sangre y de sus sesos se habían quedado en el tejido, y ella se lo guardó, escondiéndolo de todo el mundo, hasta que tuvo que quemarlo. Esa imagen me ha perseguido angustiosamente todos estos años.

Cáspita, me dije, ese detalle no lo he visto en ninguna de las biografías que he utilizado. Teniendo en cuenta la edad de Ursula (nació en 1929), pensé que tal vez se tratara del libro que la segunda hija de Marie, Ève, escribió sobre su madre en 1937. En el momento en que recibí el email de Le Guin aún no había leído esa obra, que está descatalogada y que tuve que rastrear por medio mundo hasta conseguir un ejemplar de segunda mano en inglés. De modo que las palabras de Ursula me hicieron repasar con atención el breve diario de Curie, y descubrí un párrafo que, a la luz de esta siniestra explicación, tenía un sentido muy revelador:

Con mi hermana quemamos tu ropa del día de la desgracia. En un fuego enorme arrojo los jirones de tela recortados con los grumos de sangre y los restos de sesos. Horror y desdicha, beso lo que queda de ti a pesar de todo.

En mi primera lectura, asumí que habían quemado el traje poco después del accidente y tomé lo de «beso lo que queda de ti» como una metáfora, pero ahora me temía lo peor. Esperé con impaciencia la llegada del libro de Ève y, en efecto, me encontré con una escena brutal. Casi dos meses después de la muerte de Pierre, el día antes de que la hermana de Marie, Bronya, regresara a Polonia, Madame Curie le pidió que la acompañara a su dormitorio y, tras cerrar cuidadosamente la puerta, sacó del armario un gran bulto envuelto en papel impermeable: era el gurruño de las ropas de Pierre, con coágulos de sangre y grumos de cerebro pegoteados. Había guardado secretamente esa porquería junto a ella. «Tienes que ayudarme a hacer esto», imploró a Bronya. Y comenzó a cortar el tejido con unas tijeras y a arrojar los pedazos al fuego. Pero cuando llegó a los restos de sustancia orgánica no pudo seguir: se puso a besarlos y a acariciarlos ante el horror de la hermana, que le arrancó las ropas de las manos y acabó con la lúgubre tarea. No me extraña que la imagen se le quedara grabada a la Ursula niña. Ya digo que el sufrimiento agudo es como un rapto de locura. Por fuera, Marie sorprendió por su contención emocional: «Esa helada, calmada, enlutada mujer, la autómata en la que se había convertido Marie», dice su hija Ève. Pero, por dentro, ardía la demencia pura de la pena.

Yo nunca llegué a eso, desde luego; al contrario, quise «portarme bien» en mi duelo y agarré el hacha: me deshice inmediatamente de toda su ropa, guardé bajo llave sus pertenencias, mandé tapizar su sillón preferido, aquel en el que siempre se sentaba. Me pasé de tajante. Cuando llegó el tapicero para llevarse su sillón, me senté en él desesperada. Quería disfrutar del sudor adherido a la tela, de la antigua huella de su cuerpo. Me arrepentí de haber llamado al operario, pero no tuve el coraje o la convicción suficiente para decirle que ya no quería hacerlo. Se llevó el sillón. Aquí lo tengo ahora, recubierto de un alegre y banal tejido a rayas. Jamás he vuelto a usarlo.

«Portarse bien» en el duelo. #HacerLoQueSeDebe. Vivimos tan enajenados de la muerte que no sabemos cómo actuar. Tenemos un lío enorme en la cabeza. A mí me sucedió que tomé mi duelo como una enfermedad de la que había que curarse cuanto antes. Creo que es un error bastante común, porque en nuestra sociedad la muerte es vista como una anomalía y el duelo, como una patología: «Hablamos constantemente de muertes evitables, como si la muerte pudiera prevenirse, en vez de posponerse», dice la doctora Iona Heath en su libro Ayudar a morir. Y Thomas Lynch, ese curioso escritor norteamericano que lleva treinta años siendo director de una funeraria, explica en El enterrador: «Siempre estamos muriendo de fallas, anomalías, insuficiencias, disfunciones, paros, accidentes. Son crónicos o agudos. El lenguaje de los certificados de defunción —el de Milo dice fallo cardiopulmonar— es como el lenguaje de la debilidad. De la misma manera, se dirá que la señora Hornsby, en su pena, está derrumbada, destrozada o hecha pedazos, como si hubiera algo estructuralmente incorrecto en ella. Es como si la muerte y el dolor no formaran parte del Orden de las Cosas, como si el fallo de Milo y el llanto de su viuda fueran, o debieran ser, fuente de vergüenza.»

Y, en efecto, yo no quería sentirme avergonzada por mi dolor. Soy de ese tipo de personas que siempre intentan #HacerLoQueSeDebe, por eso saqué tantas matrículas de honor en el instituto. Así que procuré plegarme a lo que creía que la sociedad esperaba de mí tras la muerte de Pablo. En los primeros días, la gente te dice: «Llora, llora, es muy bueno», y es como si dijeran: «Ese absceso hay que rajarlo y apretarlo para que salga el pus.» Y precisamente en los primeros momentos es cuando menos ganas tienes de llorar, porque estás en el shock, extenuada y fuera del mundo. Pero después, enseguida, muy pronto, justo cuando tú estás empezando a encontrar el caudal aparentemente inagotable de tu llanto, el entorno se pone a reclamarte un esfuerzo de vitalidad y de optimismo, de esperanza hacia el futuro, de recuperación de tu pena. Porque se dice precisamente así: Fulano aún no se ha recuperado de la muerte de Mengana. Como si se tratara de una hepatitis (pero no te recuperas nunca, ése es el error: uno no se recupera, uno se reinventa). No es mi intención criticar a nadie al contar esto: ¡Yo también he actuado así, antes de saber! Yo también dije: Llora, llora. Y tres meses después: Venga, ya está, levanta la cabeza, anímate. Con la mejor de las intenciones y el peor de los resultados, seguramente.

Con esto no quiero decir que los deudos tengan que pasarse dos años vestidos de luto, encerrados en sus casas y sollozando de la mañana a la noche, como antaño se hacía. Oh, no, el duelo y la vida no tienen nada que ver con eso. De hecho, la vida es tan tenaz, tan bella, tan poderosa, que incluso desde los primeros momentos de la pena te permite gozar de instantes de alegría: el deleite de una tarde hermosa, una risa, una música, la complicidad con un amigo. Se abre paso la vida con la misma terquedad con la que una plantita minúscula es capaz de rajar el suelo de hormigón para sacar la cabeza. Pero, al mismo tiempo, la pena también sigue su curso. Y eso es lo que nuestra sociedad no maneja bien: enseguida escondemos o prohibimos tácitamente el sufrimiento.

Mañana del 11 de mayo de 1906
Pierre mío, me levanto después de haber dormido bien, relativamente tranquila, apenas hace un cuarto de hora de todo eso y, fíjate, otra vez tengo ganas de aullar como un animal salvaje.
Estas cosas decía Marie en su diario.
El escalofrío de la impudicia.

Probablemente Marie Curie se salvó de la aniquilación gracias a redactar estas páginas. Que son de una sinceridad, de un desgarro y de una desnudez impactantes. Es un diario íntimo; no estaba pensado para ser publicado. Pero, por otra parte, no lo destruyó. Lo conservó. Claro que era una carta personal dirigida a Pierre. Un último nexo de #Palabras. Una especie de postrer cordón umbilical con su muerto. No me extraña que Marie fuera incapaz de desprenderse de estas anotaciones desconsoladas.

Confieso que, durante muchos años, consideré que era una indecencia hacer un uso artístico del propio dolor. Deploré que Eric Clapton compusiera Tears in Heaven (Lágrimas en el Cielo), la canción dedicada a su hijo Conor, fallecido a los cuatro años de edad al caer de un piso 53 en Nueva York; y me incomodó que Isabel Allende publicara Paula, la novela autobiográfica sobre la muerte de su hija. Para mí era como si estuvieran de algún modo traficando con esos dolores que hubieran debido ser tan puros. Pero luego, con el tiempo, he ido cambiando de opinión; de hecho, he llegado a la conclusión de que en realidad es algo que hacemos todos: aunque en mis novelas yo huya con especial ahínco de lo autobiográfico, simbólicamente siempre me estoy lamiendo mis más profundas heridas. En el origen de la creatividad está el sufrimiento, el propio y el ajeno. El verdadero dolor es inefable, nos deja sordos y mudos, está más allá de toda descripción y todo consuelo. El verdadero dolor es una ballena demasiado grande para poder ser arponeada. Y sin embargo, y a pesar de ello, los escritores nos empeñamos en poner #Palabras en la nada. Arrojamos #Palabras como quien arroja piedrecitas a un pozo radiactivo hasta cegarlo.

Yo ahora sé que escribo para intentar otorgarle al Mal y al Dolor un sentido que en realidad sé que no tienen. Clapton y Allende utilizaron el único recurso que conocían para poder sobrellevar lo sucedido.

El arte es una herida hecha luz, decía Georges Braque. Necesitamos esa luz, no sólo los que escribimos o pintamos o componemos música, sino también los que leemos y vemos cuadros y escuchamos un concierto. Todos necesitamos la belleza para que la vida nos sea soportable. Lo expresó muy bien Fernando Pessoa: «La literatura, como el arte en general, es la demostración de que la vida no basta.» No basta, no. Por eso estoy redactando este libro. Por eso lo estás leyendo.
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Como no he tenido hijos, lo más importante que me ha sucedido en la vida son mis muertos, y con ello me refiero a la muerte de mis seres queridos. ¿Te parece lúgubre, quizá incluso morboso? Yo no lo veo así, antes al contrario: me resulta algo tan lógico, tan natural, tan cierto. Sólo en los nacimientos y en las muertes se sale uno del tiempo; la Tierra detiene su rotación y las trivialidades en las que malgastamos las horas caen sobre el suelo como polvo de purpurina. Cuando un niño nace o una persona muere, el presente se parte por la mitad y te deja atisbar por un instante la grieta de lo verdadero: monumental, ardiente e impasible.

Nunca se siente uno tan auténtico como bordeando esas fronteras biológicas: tienes una clara conciencia de estar viviendo algo muy grande. Hace muchos años, el periodista Iñaki Gabilondo me dijo en una entrevista que la muerte de su primera mujer, que falleció muy joven y de cáncer, había sido muy dura, sí, pero también lo más trascendental que le había ocurrido. Sus palabras me impresionaron: de hecho, las recuerdo aún, aunque tengo una confusa memoria de mosquito. Entonces creí comprender bien lo que quería decir; pero después de experimentarlo lo he entendido mejor. No todo es horrible en la muerte, aunque parezca mentira (me asombro al escucharme decir esto).

Pero éste no es un libro sobre la muerte. En realidad no sé bien qué es, o qué será. Aquí lo tengo ahora, en la punta de mis dedos, apenas unas líneas en una tableta, un cúmulo de células electrónicas aún indeterminadas que podrían ser abortadas muy fácilmente. Los libros nacen de un germen ínfimo, un huevecillo minúsculo, una frase, una imagen, una intuición; y crecen como zigotos, orgánicamente, célula a célula, diferenciándose en tejidos y estructuras cada vez más complejas, hasta llegar a convertirse en una criatura completa y a menudo inesperada. Te confieso que tengo una idea de lo que quiero hacer con este texto, pero ¿se mantendrá el proyecto hasta el final o aparecerá cualquier otra cosa?

Me siento como ese pastor del viejo chiste que está tallando distraídamente un trozo de madera con su navaja, y que cuando un paseante le pregunta, «¿Qué figura está haciendo?», contesta: «Pues, si sale con barbas, san Antón; y, si no, la Purísima Concepción.» Una imagen sagrada, en cualquier caso. La santa de este libro es Marie Curie. Siempre me resultó una mujer fascinante, cosa que por otra parte le ocurre a casi todo el mundo, porque es un personaje anómalo y romántico que parece más grande que la vida. Una polaca espectacular que fue capaz de ganar dos premios Nobel, uno de Física en 1903 junto con su marido, Pierre Curie, y otro de Química, en 1911, en solitario. De hecho, en toda la historia de los Nobel sólo ha habido otras tres personas que obtuvieron dos galardones, Linus Pauling, Frederick Sanger y John Bardeen, y sólo Pauling lo hizo en dos categorías distintas, como Marie. Pero Linus se llevó un premio de Química y otro de la Paz, y hay que reconocer que este último vale bastante menos (como es sabido, hasta se lo dieron a Kissinger). O sea que Madame Curie permanece imbatible.

Además Marie descubrió y midió la radiactividad, esa propiedad aterradora de la Naturaleza, fulgurantes rayos sobrehumanos que curan y que matan, que achicharran tumores cancerosos en la radioterapia o calcinan cuerpos tras una deflagración atómica. Suyo es también el hallazgo del polonio y el radio, dos elementos mucho más activos que el uranio. El polonio, el primero que encontró (por eso lo bautizó con el nombre de su país), quedó muy pronto oscurecido por la relevancia del radio, aunque últimamente se ha puesto de moda como una eficiente manera de asesinar: recordemos la terrible muerte del ex espía ruso Alexander Litvinenko, en 2006, tras ingerir polonio 210, o el polémico caso de Arafat (otro Nobel de la Paz alucinante). De modo que hasta esas siniestras aplicaciones llegó la blanca mano de Marie Curie. Pero, para bien o para mal, esa fuerza devastadora está en la misma base de la construcción del siglo XX y probablemente también del XXI. Vivimos tiempos radiactivos.

Litvinenko en su lecho de muerte.

La magnitud profesional de Madame Curie fue una absoluta rareza en una época en la que a las mujeres no les estaba permitido casi nada. De hecho, hoy siguen siendo relativamente escasas las científicas, y desde luego todavía se les escatiman los galardones. Desde el comienzo de los Nobel hasta el año 2011 se han llevado el premio 786 hombres por sólo 44 mujeres (poco más del seis por ciento), y además la inmensa mayoría de ellas fueron de la Paz y de Literatura. Sólo hay cuatro laureadas en Química y dos en Física (incluyendo el doblete de Curie, que levanta mucho el porcentaje). Por no hablar de los casos en los que simplemente les robaron el Nobel, como sucedió con Lise Meitner (1878 - 1968), que participó sustancialmente en el descubrimiento de la fisión nuclear, aunque el galardón se lo llevó en 1944 el alemán Otto Hahn sin siquiera mencionarla, porque además Lise era judía y eran tiempos nazis. Lise tuvo la suerte de vivir lo bastante como para empezar a ser reivindicada y recibir algunos homenajes en su vejez: no sé si eso compensará la herida de una vida entera.

Mucho peor es lo que sucedió con Rosalind Franklin (1920 - 1958), eminente científica británica que descubrió los fundamentos de la estructura molecular del ADN. Wilkins, un compañero de trabajo con quien mantenía una relación conflictiva (era un mundo todavía muy machista), cogió las notas de Rosalind y una importantísima fotografía que la científica había logrado tomar del ADN por medio de un complejo proceso denominado difracción de rayos X y, sin que ella lo supiera ni lo autorizara, mostró todo a dos colegas, Watson y Crick, que estaban trabajando en el mismo campo y que, tras apropiarse ilegalmente de esos descubrimientos, se basaron en ellos para desarrollar su propio trabajo. Se ignora si Rosalind llegó a conocer el «robo» intelectual del que había sido objeto; falleció muy joven, a los treinta y siete años, de un cáncer de ovario muy probablemente causado por la exposición a esos rayos X que le permitieron atisbar las entrañas del ADN. En 1962, cuatro años después de la muerte de Franklin, Watson, Crick y Wilkins obtuvieron el Nobel de Medicina por sus hallazgos sobre el ADN. Como el galardón no se puede ganar póstumamente, nunca se lo hubiera llevado Rosalind, aunque desde luego se lo merecía. Pero lo más vergonzoso es que ni Watson ni Crick mencionaron a Franklin ni reconocieron su aportación. En fin, una historia sucia y triste. Aunque, por lo menos, se conoce. Me pregunto cuántos otros casos de espionaje, apropiación indebida y parasitismo ha podido haber en la historia de la ciencia sin que hayan llegado a hacerse públicos.

Ésta es Rosalind Franklin: guapa, ¿eh?

(Increíble: mientras redactaba las líneas anteriores, me ha mandado un mensaje a mi facebook una amiga de la página, Sandra Castellanos; no nos conocemos personalmente, sólo sé que vive en Canadá y que es una buena escritora principiante, porque la he leído. Hacía meses que no hablábamos y de repente, salido de la chisporroteante vastedad cibernética, me llega lo siguiente:

Hola, Rosa, vi esto y pensé que te encantaría: De Por amor a la física, de Walter Lewin: «Los retos de los límites de nuestro equipamiento hacen aún más asombrosos los logros de Henrietta Swan Leavitt, una brillante pero por lo general ignorada astrónoma. Leavitt trabajaba en el Observatorio de Harvard en un puesto secundario en 1908 cuando comenzó su trabajo, que logró dar un salto gigante en la medición de la distancia a las estrellas.»Este tipo de cosas ha pasado tan a menudo en la historia de la ciencia que el hecho de minimizar el talento, la inteligencia y la contribución de las mujeres científicas debería considerarse un error sistémico.»

Y en el pie de página:

«Le sucedió a Lise Meitner, que ayudó a descubrir la fisión nuclear; a Rosalind Franklin, que contribuyó a descubrir la estructura del ADN; y a Jocelyn Bell, que descubrió los púlsares y que debería haber compartido en 1974 el premio Nobel que le dieron a su supervisor, Anthony Hewish.»

¡Guau! No sabía nada de Leavitt ni de Jocelyn Bell, pero lo que me ha dejado atónita es la espectacular sintonía en el tiempo y el tema. Y lo más inquietante: estas #Coincidencias que parecen mágicas abundan en el territorio literario. Pero de esto hablaremos más adelante)

Yo estaba haciendo otra novela. Llevaba más de dos años tomando notas. Leyendo libros próximos al tema. Dejando crecer el zigoto en mi cabeza. Por fin la comencé, o sea, pasé al acto, me senté delante de un ordenador y me puse a teclear. Fue en noviembre de 2011. Toda la trama sucede en la selva, ese asfixiante, putrefacto, enloquecedor vientre vegetal. Escribí los tres capítulos primeros. Y me gustan. Además sé todo lo que va a pasar después. Y también me gusta, es decir, creo que puede ser emocionante para mí escribirlo. Y, sin embargo, a finales de diciembre dejé esa historia tal vez para siempre (espero que no). Sólo he abandonado otra novela a medio hacer en toda mi vida: sucedió en 1984 y en aquella ocasión llevaba un centenar de páginas. Las tiré, salvo las cinco o seis primeras, que publiqué a modo de cuento con el título de «La vida fácil» en mi libro Amantes y enemigos. Esa novela no volverá jamás. Dejé de sentir a los personajes, dejaron de importarme sus peripecias, me cansé del tema. Para poder escribir una novela, para aguantar las tediosas y larguísimas sentadas que ese trabajo implica, mes tras mes, año tras año, la historia tiene que guardar burbujas de luz dentro de tu cabeza. Escenas que son islas de emoción candente. Y es por el afán de llegar a una de esas escenas que, no sabes por qué, te dejan tiritando, por lo que atraviesas tal vez meses de soberano e insufrible aburrimiento al teclado. De modo que el paisaje que atisbas al empezar una obra de ficción es como un largo collar de oscuridad iluminado de cuando en cuando por una gruesa perla iridiscente. Y tú vas avanzando con esfuerzo por el hilo de sombras de una cuenta a la otra, atraída como las polillas por el fulgor, hasta llegar a la escena final, que para mí es la última de estas islas de luz, una explosión radiante. Por cierto que cada novela tiene pocas perlas: con suerte, con muchísima suerte, tal vez diez. Pero incluso puedes apañártelas con cuatro o cinco, si son lo suficientemente poderosas para ti, si son embriagadoras, si las sientes tan grandes que no te caben dentro del pecho y te dices: yo esto tengo que contarlo. Porque, de no hacerlo, presumes que la escena estallaría en tu interior y terminarías sacando chorros de vapor por las narices.

Y lo que sucedió con aquella novela de 1984 es que las bombillas de la verbena se apagaron. Se acabó la necesidad, el temblor y el embeleso. Fue un verdadero aborto, y además tan tardío, digamos metafóricamente de unos cinco meses, que mi salud literaria se resintió: me capturó La Seca, como decía Donoso, y pasé casi cuatro años sin poder escribir. Un maldito infierno, porque al perder la escritura perdí el nexo con la vida. Sentía una atonía, una distancia con la realidad, una grisura que lo apagaba todo, como si no fuera capaz de emocionarme con lo que vivía si no lo elaboraba mentalmente por medio de palabras. Si te fijas bien, es posible que Fernando Pessoa se refiriera a eso en sus célebres versos: «El poeta es un fingidor. Finge tan completamente que llega a fingir dolor del dolor que de veras siente.» Tal vez el escritor sea un tipo más o menos tarado que es incapaz de sentir su propio dolor si no finge o construye con palabras sobre ello. Con esas palabras que colocan, que completan, que consuelan, que calman, que te hacen consciente de estar viva. Vaya, todos los términos me han salido con C. Extraordinario. El ciego tintineo del cerebro.

No creo que mi relato de la selva esté tan muerto como aquel de 1984 que me acabó bloqueando. Quiero pensar que es una simple falta de sintonía entre el tema y yo; que no era lo que quería contar ahora; o que antes necesitaba contar otra cosa. Esa novela apareció en mi cabeza durante los meses de la enfermedad de mi marido. Es la trama más oscura, más desesperaba y acongojante que he ideado jamás. Y ahora no me veo ahí. No quiero meterme ahí. No deseo pasar el próximo año atrapada en esa selva trituradora.

En ésas estaba cuando llegó un email de Elena Ramírez, editora de Seix Barral. Me proponía que hiciera un prólogo para Únicos, una colección de libritos muy breves. El texto del que quería que hablara era el diario de Marie Curie, poco más de una veintena de páginas redactadas a lo largo de doce meses después de la muerte de su marido, que falleció a los cuarenta y siete años atropellado por un coche de caballos. Y la sabia, bruja, maga Elena Ramírez decía: «He pensado en ti porque refleja con una crudeza descarnada el duelo por la pérdida de su marido. Creo que si te gusta la pieza podrías hacer algo estupendo, sobre ella o sobre la superación (si puede llamarse así) del duelo en general. Creo, además, que según hagas la inmersión en el libro y según te sientas al escribir, podría ser un prólogo o el cuerpo central, y el diario de Curie un complemento… ahí lo dejo abierto a cualquier sorpresa.»

Leí el texto. Y me impresionó. Más que eso: me atrapó. Pero éste tampoco es un libro sobre el duelo. O no sólo. Compré media docena de biografías de Madame Curie, de la que antes ya sabía cosas, pero no tanto. Y empezó a crecer algo informe en mi cabeza. Ganas de contar su historia a mi manera. Ganas de usar su vida como vara de medir para entender la mía; y no estoy hablando de teorías feministas, sino de intentar desentrañar cuál es el #LugarDeLaMujer en esta sociedad en la que los lugares tradicionales se han borrado (también anda perdido el hombre, desde luego, pero que ese pantano lo explore un varón). Ganas de merodear por las esquinas del mundo, de mi mundo; y de reflexionar sobre una serie de #Palabras que me despiertan ecos, #Palabras que últimamente andan dando vueltas por mi cabeza como perros perdidos. Ganas de escribir como quien respira. Con naturalidad, con #Ligereza.

De pequeña enfermé de tuberculosis. Estuve sin ir al colegio de los cinco a los nueve años y, según consta en la leyenda familiar, me salvó un pediatra llamado don Justo, que era un médico maravilloso y una gran persona y que no cobraba cuando no había dinero. Recuerdo bien las múltiples visitas a don Justo; vivíamos lejos, teníamos que coger un autobús y yo siempre llegaba mareada (por entonces, cuando casi nadie tenía coche propio y la gente viajaba poco en vehículos a motor, era bastante habitual ponerse malísimo en cuanto uno se subía a un automóvil). Al fondo de su consulta, don Justo tenía una especie de cuartito en donde estaba la máquina de rayos X. Una y otra vez, en cada ocasión que fui a verle, durante la enfermedad y las revisiones de los años posteriores, don Justo me ponía de pie en la máquina, desnuda de cintura para arriba porque acababa de auscultarme. Hacía que me colocara bien derecha, con la espalda pegada al metal helado, y luego acercaba a mi pecho la pantalla de rayos, también desagradablemente fría. Yo apoyaba la barbilla en el borde superior: el aparato tenía un ligero aroma como a hierro, un tufo que luego he reconocido en el olor de la sangre. Don Justo y mi madre se instalaban delante de la máquina sin ninguna protección y, tras apagar la lámpara, empezaba el espectáculo; recuerdo la penumbra del gabinete, y cómo las caras del pediatra y de mi madre se iluminaban con el resplandor azulado de los rayos. «¿Ve usted, doña Amalia? —decía don Justo, señalando con el dedo hacia algún rincón de mi pecho—, esa parte aparece más blanca porque la lesión se está calcificando.» Miraban y conversaban animadamente durante un tiempo que a mí me parecía larguísimo, fascinados por el espectáculo de mis interiores. Yo me sentía importante, pero también incómoda e inquieta: esa oscuridad, ese fulgor espectral que parecía convertirlos en fantasmas, por no mencionar la asquerosa idea de que vieran mis tripas. Hoy calculo la cantidad de radiaciones que debimos de recibir todos y se me hiela la sangre, aunque resulta tranquilizador saber que don Justo falleció con casi cien años y que mi madre sigue viva y guerrera a los noventa y uno. Todo esto fue a finales de los cincuenta y principios de los sesenta; Marie Curie había muerto, destrozada por el radio, un cuarto de siglo antes. Ahora pienso en el brillo frío que salía de mi pecho como un ectoplasma y en el zumbido de la máquina y siento una profunda cercanía, una rara intimidad con aquella ceñuda científica polaca. De algún modo, su trabajo ayudó a que me diagnosticaran y me curaran. Por no mencionar que la madre de Marie murió de tuberculosis. ¡Y además yo también he visto ese fulgor azul que Curie tanto amó! Digamos que he sido una niña radiactiva; y ahora soy una madura mayor o una vieja joven que, desde hace un par de años, reside a dos esquinas de la antigua consulta de don Justo, es decir, a cien metros de donde estuvo aquella antigua máquina de rayos X que olía como la sangre. Ahora el piso es un gabinete ginecológico. A veces tengo la sensación de que uno se mueve en la vida dando siempre vueltas por los mismos lugares, como en un desconcertante Juego de la Oca.

Marie Curie no fue sólo la primera mujer en recibir un premio Nobel y la única en recibir dos, sino también la primera en licenciarse en Ciencias en la Sorbona, la primera en doctorarse en Ciencias en Francia, la primera en tener una cátedra… Fue la primera en tantos frentes que resulta imposible enumerarlos. Una pionera absoluta. Un ser distinto. También fue la primera mujer en ser enterrada por sus propios méritos en el Panteón de Hombres Ilustres (sic) de París. Trasladaron sus restos ahí el 26 de abril de 1995 con gran pompa y boato (por cierto que en el Panteón también están Pierre Curie y Paul Langevin, el marido y el amante de Marie) y el discurso del presidente Mitterrand, para entonces ya muy enfermo, enfatizó «la lucha ejemplar de una mujer» en una sociedad en la que «las funciones intelectuales y las responsabilidades públicas estaban reservadas a los hombres». Estaban, dijo. Como si esas desigualdades ya hubieran sido superadas por completo en el mundo contemporáneo. Pero Marie Curie sigue siendo la única mujer enterrada en el Panteón; y el Panteón aún se denomina, faltaría más, de Hombres Ilustres. ¿Cómo conquistó esa polaca sin apoyos ni dinero todo eso, tan temprano, tan sola, tan a contrapelo? Fue una mujer nueva. Una guerrera. Una #Mutante. ¿Por eso estaba siempre tan seria, tan triste? ¿Por eso tenía esa expresión tan trágica en todas sus fotos? Incluso en instantáneas que, como la siguiente, son anteriores a su viudez. Pienso ahora en el viejo chiste del pastor que tallaba una madera y me digo que quizá lo que salga de este libro sea algo intermedio; y que Marie tuvo que ser a la vez san Antón y la Purísima Concepción para llegar a hacer todo lo que hizo.

Pierre y Marie


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Cuando Rosa Montero leyó el maravilloso diario que Marie Curie comenzó tras la muerte de su esposo, y que se incluye al final de este libro, sintió que la historia de esa mujer fascinante que se enfrentó a su época le llenaba la cabeza de ideas y emociones. La ridícula idea de no volver a verte nació de ese incendio de palabras, de ese vertiginoso torbellino.

Al hilo de la extraordinaria trayectoria de Curie, Rosa Montero construye una narración a medio camino entre el recuerdo personal y la memoria de todos, entre el análisis de nuestra época y la evocación íntima. Son páginas que hablan de la superación del dolor, de las relaciones entre hombres y mujeres, del esplendor del sexo, de la buena muerte y de la bella vida, de la ciencia y de la ignorancia, de la fuerza salvadora de la literatura y de la sabiduría de quienes aprenden a disfrutar de la existencia con plenitud y con ligereza.

Vivo, libérrimo y original, este libro inclasificable incluye fotos, remembranzas, amistades y anécdotas que transmiten el primitivo placer de escuchar buenas historias. Un texto auténtico, emocionante y cómplice que te atrapará desde sus primeras páginas.