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EL verdadero dolor es indecible. Si puedes hablar de lo que te acongoja estás de suerte: eso significa que no es tan importante. Porque cuando el dolor cae sobre ti sin paliativos, lo primero que te arranca es la #Palabra. Es probable que reconozcas lo que digo; quizá lo hayas experimentado, porque el sufrimiento es algo muy común en todas las vidas (igual que la alegría). Hablo de ese dolor que es tan grande que ni siquiera parece que te nace de dentro, sino que es como si hubieras sido sepultada por un alud. Y así estás. Tan enterrada bajo esas pedregosas toneladas de pena que no puedes ni hablar. Estás segura de que nadie va a oírte.

Ahora que lo pienso, en esto es muy parecido a la locura. En mi adolescencia y primera juventud padecí varias crisis de angustia. Eran ataques de pánico repentinos, mareos, sensación aguda de pérdida de la realidad, terror a estar enloqueciendo. Estudié psicología en la Universidad Complutense (abandoné en cuarto curso) justamente por eso: porque pensaba que estaba loca. En realidad creo que ésta es la razón por la que hacen psicología o psiquiatría el noventa y nueve por ciento de los profesionales del ramo (el uno por ciento restante son hijos de psicólogos o psiquiatras y ésos están aún peor). Y que conste que no me parece mal que sea así: acercarse al ejercicio terapéutico habiendo conocido lo que es el desequilibrio mental puede proporcionarte más entendimiento, más empatía. A mí esas crisis angustiosas me agrandaron el conocimiento del mundo. Hoy me alegro de haberlas tenido: así supe lo que era el dolor psíquico, que es devastador por lo inefable. Porque la característica esencial de lo que llamamos locura es la soledad, pero una soledad monumental. Una soledad tan grande que no cabe dentro de la palabra soledad y que uno no puede ni llegar a imaginar si no ha estado ahí. Es sentir que te has desconectado del mundo, que no te van a poder entender, que no tienes #Palabras para expresarte. Es como hablar un lenguaje que nadie más conoce. Es ser un astronauta flotando a la deriva en la vastedad negra y vacía del espacio exterior. De ese tamaño de soledad estoy hablando. Y resulta que en el verdadero dolor, en el dolor-alud, sucede algo semejante. Aunque la sensación de desconexión no sea tan extrema, tampoco puedes compartir ni explicar tu sufrimiento. Ya lo dice la sabiduría popular: Fulanito se volvió loco de dolor. La pena aguda es una enajenación. Te callas y te encierras.

Eso es lo que hizo Marie Curie cuando le trajeron el cadáver de Pierre: encerrarse en el mutismo, en el silencio, en una aparente, pétrea frialdad. Llevaban once años casados y tenían dos hijas, la menor de catorce meses. Pierre había salido esa mañana como siempre camino del trabajo; tuvo una comida con colegas y, al volver al laboratorio, resbaló y cayó delante de un pesado carro de transporte de mercancías. Los caballos lo sortearon, pero una rueda trasera le reventó el cráneo. Falleció en el acto.

Entro en el salón. Me dicen: «Ha muerto.» ¿Acaso puede una comprender tales palabras? Pierre ha muerto, él, a quien sin embargo había visto marcharse por la mañana, él, a quien esperaba estrechar entre mis brazos esa tarde, ya sólo lo volveré a ver muerto y se acabó, para siempre. Siempre, nunca, palabras absolutas que no podemos comprender siendo como somos pequeñas criaturas atrapadas en nuestro pequeño tiempo. ¿No jugaste, en la niñez, a intentar imaginar la eternidad? ¿La infinitud desplegándose delante de ti como una cinta azul mareante e interminable? Eso es lo primero que te golpea en un duelo: la incapacidad de pensarlo y de admitirlo. Simplemente la idea no te cabe en la cabeza. ¿Pero cómo es posible que no esté? Esa persona que tanto espacio ocupaba en el mundo, ¿dónde se ha metido? El cerebro no puede comprender que haya desaparecido para siempre. ¿Y qué demonios es siempre? Es un concepto inhumano. Quiero decir que está fuera de nuestra posibilidad de entendimiento. Pero cómo, ¿no voy a verlo más? ¿Ni hoy, ni mañana, ni pasado, ni dentro de un año? Es una realidad inconcebible que la mente rechaza: no verlo nunca más es un mal chiste, una idea ridícula.

A veces [tengo] la idea ridícula de que todo esto es una ilusión y que vas a volver. ¿No tuve ayer, al oír cerrarse la puerta, la idea absurda de que eras tú?

Después de la muerte de Pablo, yo también me descubrí durante semanas pensando: «A ver si deja ya de hacer el tonto y regresa de una vez», como si su ausencia fuera una broma que me estuviera gastando para fastidiarme, como a veces hacía. Entiéndeme: no era un pensamiento verdadero y del todo asumido, sino una de esas ideas a medio hacer que cabrillean en los bordes de la conciencia, como peces nerviosos y resbaladizos. Del mismo modo, de todos es sabido que muchas personas creen ver por la calle al ser querido que acaban de perder (a mí nunca me ha pasado). Lo cuenta muy bien Ursula K. Le Guin en un desnudo poema titulado «On Hemlock Street» (En la calle Cicuta):

I see broad shoulders,
a silver head,
and I think: John!
And I think: dead.

(Veo una espalda ancha,
una cabeza plateada,
y pienso: ¡John!
Y pienso: muerto.)

He tenido la inmensa suerte y el privilegio de desarrollar cierta amistad con Ursula K. Le Guin, que es uno de los escritores cuyo magisterio sobre mi obra reconozco de manera consciente (el otro es Nabokov). Cuando le escribí hace unos meses contando que quería hacer un libro sobre Madame Curie, contestó:

Leí una biografía de Marie Curie cuando tenía quince o dieciséis años. Incluía bastantes citas de su diario. Me dejó impresionada, admirada y aterrada. Quizá me esté traicionando la memoria, pero lo que recuerdo es que, después de que Pierre muriera en la calle, ella guardó un pañuelo con el que había tratado de limpiarle la cara. Parte de su sangre y de sus sesos se habían quedado en el tejido, y ella se lo guardó, escondiéndolo de todo el mundo, hasta que tuvo que quemarlo. Esa imagen me ha perseguido angustiosamente todos estos años.

Cáspita, me dije, ese detalle no lo he visto en ninguna de las biografías que he utilizado. Teniendo en cuenta la edad de Ursula (nació en 1929), pensé que tal vez se tratara del libro que la segunda hija de Marie, Ève, escribió sobre su madre en 1937. En el momento en que recibí el email de Le Guin aún no había leído esa obra, que está descatalogada y que tuve que rastrear por medio mundo hasta conseguir un ejemplar de segunda mano en inglés. De modo que las palabras de Ursula me hicieron repasar con atención el breve diario de Curie, y descubrí un párrafo que, a la luz de esta siniestra explicación, tenía un sentido muy revelador:

Con mi hermana quemamos tu ropa del día de la desgracia. En un fuego enorme arrojo los jirones de tela recortados con los grumos de sangre y los restos de sesos. Horror y desdicha, beso lo que queda de ti a pesar de todo.

En mi primera lectura, asumí que habían quemado el traje poco después del accidente y tomé lo de «beso lo que queda de ti» como una metáfora, pero ahora me temía lo peor. Esperé con impaciencia la llegada del libro de Ève y, en efecto, me encontré con una escena brutal. Casi dos meses después de la muerte de Pierre, el día antes de que la hermana de Marie, Bronya, regresara a Polonia, Madame Curie le pidió que la acompañara a su dormitorio y, tras cerrar cuidadosamente la puerta, sacó del armario un gran bulto envuelto en papel impermeable: era el gurruño de las ropas de Pierre, con coágulos de sangre y grumos de cerebro pegoteados. Había guardado secretamente esa porquería junto a ella. «Tienes que ayudarme a hacer esto», imploró a Bronya. Y comenzó a cortar el tejido con unas tijeras y a arrojar los pedazos al fuego. Pero cuando llegó a los restos de sustancia orgánica no pudo seguir: se puso a besarlos y a acariciarlos ante el horror de la hermana, que le arrancó las ropas de las manos y acabó con la lúgubre tarea. No me extraña que la imagen se le quedara grabada a la Ursula niña. Ya digo que el sufrimiento agudo es como un rapto de locura. Por fuera, Marie sorprendió por su contención emocional: «Esa helada, calmada, enlutada mujer, la autómata en la que se había convertido Marie», dice su hija Ève. Pero, por dentro, ardía la demencia pura de la pena.

Yo nunca llegué a eso, desde luego; al contrario, quise «portarme bien» en mi duelo y agarré el hacha: me deshice inmediatamente de toda su ropa, guardé bajo llave sus pertenencias, mandé tapizar su sillón preferido, aquel en el que siempre se sentaba. Me pasé de tajante. Cuando llegó el tapicero para llevarse su sillón, me senté en él desesperada. Quería disfrutar del sudor adherido a la tela, de la antigua huella de su cuerpo. Me arrepentí de haber llamado al operario, pero no tuve el coraje o la convicción suficiente para decirle que ya no quería hacerlo. Se llevó el sillón. Aquí lo tengo ahora, recubierto de un alegre y banal tejido a rayas. Jamás he vuelto a usarlo.

«Portarse bien» en el duelo. #HacerLoQueSeDebe. Vivimos tan enajenados de la muerte que no sabemos cómo actuar. Tenemos un lío enorme en la cabeza. A mí me sucedió que tomé mi duelo como una enfermedad de la que había que curarse cuanto antes. Creo que es un error bastante común, porque en nuestra sociedad la muerte es vista como una anomalía y el duelo, como una patología: «Hablamos constantemente de muertes evitables, como si la muerte pudiera prevenirse, en vez de posponerse», dice la doctora Iona Heath en su libro Ayudar a morir. Y Thomas Lynch, ese curioso escritor norteamericano que lleva treinta años siendo director de una funeraria, explica en El enterrador: «Siempre estamos muriendo de fallas, anomalías, insuficiencias, disfunciones, paros, accidentes. Son crónicos o agudos. El lenguaje de los certificados de defunción —el de Milo dice fallo cardiopulmonar— es como el lenguaje de la debilidad. De la misma manera, se dirá que la señora Hornsby, en su pena, está derrumbada, destrozada o hecha pedazos, como si hubiera algo estructuralmente incorrecto en ella. Es como si la muerte y el dolor no formaran parte del Orden de las Cosas, como si el fallo de Milo y el llanto de su viuda fueran, o debieran ser, fuente de vergüenza.»

Y, en efecto, yo no quería sentirme avergonzada por mi dolor. Soy de ese tipo de personas que siempre intentan #HacerLoQueSeDebe, por eso saqué tantas matrículas de honor en el instituto. Así que procuré plegarme a lo que creía que la sociedad esperaba de mí tras la muerte de Pablo. En los primeros días, la gente te dice: «Llora, llora, es muy bueno», y es como si dijeran: «Ese absceso hay que rajarlo y apretarlo para que salga el pus.» Y precisamente en los primeros momentos es cuando menos ganas tienes de llorar, porque estás en el shock, extenuada y fuera del mundo. Pero después, enseguida, muy pronto, justo cuando tú estás empezando a encontrar el caudal aparentemente inagotable de tu llanto, el entorno se pone a reclamarte un esfuerzo de vitalidad y de optimismo, de esperanza hacia el futuro, de recuperación de tu pena. Porque se dice precisamente así: Fulano aún no se ha recuperado de la muerte de Mengana. Como si se tratara de una hepatitis (pero no te recuperas nunca, ése es el error: uno no se recupera, uno se reinventa). No es mi intención criticar a nadie al contar esto: ¡Yo también he actuado así, antes de saber! Yo también dije: Llora, llora. Y tres meses después: Venga, ya está, levanta la cabeza, anímate. Con la mejor de las intenciones y el peor de los resultados, seguramente.

Con esto no quiero decir que los deudos tengan que pasarse dos años vestidos de luto, encerrados en sus casas y sollozando de la mañana a la noche, como antaño se hacía. Oh, no, el duelo y la vida no tienen nada que ver con eso. De hecho, la vida es tan tenaz, tan bella, tan poderosa, que incluso desde los primeros momentos de la pena te permite gozar de instantes de alegría: el deleite de una tarde hermosa, una risa, una música, la complicidad con un amigo. Se abre paso la vida con la misma terquedad con la que una plantita minúscula es capaz de rajar el suelo de hormigón para sacar la cabeza. Pero, al mismo tiempo, la pena también sigue su curso. Y eso es lo que nuestra sociedad no maneja bien: enseguida escondemos o prohibimos tácitamente el sufrimiento.

Mañana del 11 de mayo de 1906
Pierre mío, me levanto después de haber dormido bien, relativamente tranquila, apenas hace un cuarto de hora de todo eso y, fíjate, otra vez tengo ganas de aullar como un animal salvaje.
Estas cosas decía Marie en su diario.
El escalofrío de la impudicia.

Probablemente Marie Curie se salvó de la aniquilación gracias a redactar estas páginas. Que son de una sinceridad, de un desgarro y de una desnudez impactantes. Es un diario íntimo; no estaba pensado para ser publicado. Pero, por otra parte, no lo destruyó. Lo conservó. Claro que era una carta personal dirigida a Pierre. Un último nexo de #Palabras. Una especie de postrer cordón umbilical con su muerto. No me extraña que Marie fuera incapaz de desprenderse de estas anotaciones desconsoladas.

Confieso que, durante muchos años, consideré que era una indecencia hacer un uso artístico del propio dolor. Deploré que Eric Clapton compusiera Tears in Heaven (Lágrimas en el Cielo), la canción dedicada a su hijo Conor, fallecido a los cuatro años de edad al caer de un piso 53 en Nueva York; y me incomodó que Isabel Allende publicara Paula, la novela autobiográfica sobre la muerte de su hija. Para mí era como si estuvieran de algún modo traficando con esos dolores que hubieran debido ser tan puros. Pero luego, con el tiempo, he ido cambiando de opinión; de hecho, he llegado a la conclusión de que en realidad es algo que hacemos todos: aunque en mis novelas yo huya con especial ahínco de lo autobiográfico, simbólicamente siempre me estoy lamiendo mis más profundas heridas. En el origen de la creatividad está el sufrimiento, el propio y el ajeno. El verdadero dolor es inefable, nos deja sordos y mudos, está más allá de toda descripción y todo consuelo. El verdadero dolor es una ballena demasiado grande para poder ser arponeada. Y sin embargo, y a pesar de ello, los escritores nos empeñamos en poner #Palabras en la nada. Arrojamos #Palabras como quien arroja piedrecitas a un pozo radiactivo hasta cegarlo.

Yo ahora sé que escribo para intentar otorgarle al Mal y al Dolor un sentido que en realidad sé que no tienen. Clapton y Allende utilizaron el único recurso que conocían para poder sobrellevar lo sucedido.

El arte es una herida hecha luz, decía Georges Braque. Necesitamos esa luz, no sólo los que escribimos o pintamos o componemos música, sino también los que leemos y vemos cuadros y escuchamos un concierto. Todos necesitamos la belleza para que la vida nos sea soportable. Lo expresó muy bien Fernando Pessoa: «La literatura, como el arte en general, es la demostración de que la vida no basta.» No basta, no. Por eso estoy redactando este libro. Por eso lo estás leyendo.
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Como no he tenido hijos, lo más importante que me ha sucedido en la vida son mis muertos, y con ello me refiero a la muerte de mis seres queridos. ¿Te parece lúgubre, quizá incluso morboso? Yo no lo veo así, antes al contrario: me resulta algo tan lógico, tan natural, tan cierto. Sólo en los nacimientos y en las muertes se sale uno del tiempo; la Tierra detiene su rotación y las trivialidades en las que malgastamos las horas caen sobre el suelo como polvo de purpurina. Cuando un niño nace o una persona muere, el presente se parte por la mitad y te deja atisbar por un instante la grieta de lo verdadero: monumental, ardiente e impasible.

Nunca se siente uno tan auténtico como bordeando esas fronteras biológicas: tienes una clara conciencia de estar viviendo algo muy grande. Hace muchos años, el periodista Iñaki Gabilondo me dijo en una entrevista que la muerte de su primera mujer, que falleció muy joven y de cáncer, había sido muy dura, sí, pero también lo más trascendental que le había ocurrido. Sus palabras me impresionaron: de hecho, las recuerdo aún, aunque tengo una confusa memoria de mosquito. Entonces creí comprender bien lo que quería decir; pero después de experimentarlo lo he entendido mejor. No todo es horrible en la muerte, aunque parezca mentira (me asombro al escucharme decir esto).

Pero éste no es un libro sobre la muerte. En realidad no sé bien qué es, o qué será. Aquí lo tengo ahora, en la punta de mis dedos, apenas unas líneas en una tableta, un cúmulo de células electrónicas aún indeterminadas que podrían ser abortadas muy fácilmente. Los libros nacen de un germen ínfimo, un huevecillo minúsculo, una frase, una imagen, una intuición; y crecen como zigotos, orgánicamente, célula a célula, diferenciándose en tejidos y estructuras cada vez más complejas, hasta llegar a convertirse en una criatura completa y a menudo inesperada. Te confieso que tengo una idea de lo que quiero hacer con este texto, pero ¿se mantendrá el proyecto hasta el final o aparecerá cualquier otra cosa?

Me siento como ese pastor del viejo chiste que está tallando distraídamente un trozo de madera con su navaja, y que cuando un paseante le pregunta, «¿Qué figura está haciendo?», contesta: «Pues, si sale con barbas, san Antón; y, si no, la Purísima Concepción.» Una imagen sagrada, en cualquier caso. La santa de este libro es Marie Curie. Siempre me resultó una mujer fascinante, cosa que por otra parte le ocurre a casi todo el mundo, porque es un personaje anómalo y romántico que parece más grande que la vida. Una polaca espectacular que fue capaz de ganar dos premios Nobel, uno de Física en 1903 junto con su marido, Pierre Curie, y otro de Química, en 1911, en solitario. De hecho, en toda la historia de los Nobel sólo ha habido otras tres personas que obtuvieron dos galardones, Linus Pauling, Frederick Sanger y John Bardeen, y sólo Pauling lo hizo en dos categorías distintas, como Marie. Pero Linus se llevó un premio de Química y otro de la Paz, y hay que reconocer que este último vale bastante menos (como es sabido, hasta se lo dieron a Kissinger). O sea que Madame Curie permanece imbatible.

Además Marie descubrió y midió la radiactividad, esa propiedad aterradora de la Naturaleza, fulgurantes rayos sobrehumanos que curan y que matan, que achicharran tumores cancerosos en la radioterapia o calcinan cuerpos tras una deflagración atómica. Suyo es también el hallazgo del polonio y el radio, dos elementos mucho más activos que el uranio. El polonio, el primero que encontró (por eso lo bautizó con el nombre de su país), quedó muy pronto oscurecido por la relevancia del radio, aunque últimamente se ha puesto de moda como una eficiente manera de asesinar: recordemos la terrible muerte del ex espía ruso Alexander Litvinenko, en 2006, tras ingerir polonio 210, o el polémico caso de Arafat (otro Nobel de la Paz alucinante). De modo que hasta esas siniestras aplicaciones llegó la blanca mano de Marie Curie. Pero, para bien o para mal, esa fuerza devastadora está en la misma base de la construcción del siglo XX y probablemente también del XXI. Vivimos tiempos radiactivos.

Litvinenko en su lecho de muerte.

La magnitud profesional de Madame Curie fue una absoluta rareza en una época en la que a las mujeres no les estaba permitido casi nada. De hecho, hoy siguen siendo relativamente escasas las científicas, y desde luego todavía se les escatiman los galardones. Desde el comienzo de los Nobel hasta el año 2011 se han llevado el premio 786 hombres por sólo 44 mujeres (poco más del seis por ciento), y además la inmensa mayoría de ellas fueron de la Paz y de Literatura. Sólo hay cuatro laureadas en Química y dos en Física (incluyendo el doblete de Curie, que levanta mucho el porcentaje). Por no hablar de los casos en los que simplemente les robaron el Nobel, como sucedió con Lise Meitner (1878 - 1968), que participó sustancialmente en el descubrimiento de la fisión nuclear, aunque el galardón se lo llevó en 1944 el alemán Otto Hahn sin siquiera mencionarla, porque además Lise era judía y eran tiempos nazis. Lise tuvo la suerte de vivir lo bastante como para empezar a ser reivindicada y recibir algunos homenajes en su vejez: no sé si eso compensará la herida de una vida entera.

Mucho peor es lo que sucedió con Rosalind Franklin (1920 - 1958), eminente científica británica que descubrió los fundamentos de la estructura molecular del ADN. Wilkins, un compañero de trabajo con quien mantenía una relación conflictiva (era un mundo todavía muy machista), cogió las notas de Rosalind y una importantísima fotografía que la científica había logrado tomar del ADN por medio de un complejo proceso denominado difracción de rayos X y, sin que ella lo supiera ni lo autorizara, mostró todo a dos colegas, Watson y Crick, que estaban trabajando en el mismo campo y que, tras apropiarse ilegalmente de esos descubrimientos, se basaron en ellos para desarrollar su propio trabajo. Se ignora si Rosalind llegó a conocer el «robo» intelectual del que había sido objeto; falleció muy joven, a los treinta y siete años, de un cáncer de ovario muy probablemente causado por la exposición a esos rayos X que le permitieron atisbar las entrañas del ADN. En 1962, cuatro años después de la muerte de Franklin, Watson, Crick y Wilkins obtuvieron el Nobel de Medicina por sus hallazgos sobre el ADN. Como el galardón no se puede ganar póstumamente, nunca se lo hubiera llevado Rosalind, aunque desde luego se lo merecía. Pero lo más vergonzoso es que ni Watson ni Crick mencionaron a Franklin ni reconocieron su aportación. En fin, una historia sucia y triste. Aunque, por lo menos, se conoce. Me pregunto cuántos otros casos de espionaje, apropiación indebida y parasitismo ha podido haber en la historia de la ciencia sin que hayan llegado a hacerse públicos.

Ésta es Rosalind Franklin: guapa, ¿eh?

(Increíble: mientras redactaba las líneas anteriores, me ha mandado un mensaje a mi facebook una amiga de la página, Sandra Castellanos; no nos conocemos personalmente, sólo sé que vive en Canadá y que es una buena escritora principiante, porque la he leído. Hacía meses que no hablábamos y de repente, salido de la chisporroteante vastedad cibernética, me llega lo siguiente:

Hola, Rosa, vi esto y pensé que te encantaría: De Por amor a la física, de Walter Lewin: «Los retos de los límites de nuestro equipamiento hacen aún más asombrosos los logros de Henrietta Swan Leavitt, una brillante pero por lo general ignorada astrónoma. Leavitt trabajaba en el Observatorio de Harvard en un puesto secundario en 1908 cuando comenzó su trabajo, que logró dar un salto gigante en la medición de la distancia a las estrellas.»Este tipo de cosas ha pasado tan a menudo en la historia de la ciencia que el hecho de minimizar el talento, la inteligencia y la contribución de las mujeres científicas debería considerarse un error sistémico.»

Y en el pie de página:

«Le sucedió a Lise Meitner, que ayudó a descubrir la fisión nuclear; a Rosalind Franklin, que contribuyó a descubrir la estructura del ADN; y a Jocelyn Bell, que descubrió los púlsares y que debería haber compartido en 1974 el premio Nobel que le dieron a su supervisor, Anthony Hewish.»

¡Guau! No sabía nada de Leavitt ni de Jocelyn Bell, pero lo que me ha dejado atónita es la espectacular sintonía en el tiempo y el tema. Y lo más inquietante: estas #Coincidencias que parecen mágicas abundan en el territorio literario. Pero de esto hablaremos más adelante)

Yo estaba haciendo otra novela. Llevaba más de dos años tomando notas. Leyendo libros próximos al tema. Dejando crecer el zigoto en mi cabeza. Por fin la comencé, o sea, pasé al acto, me senté delante de un ordenador y me puse a teclear. Fue en noviembre de 2011. Toda la trama sucede en la selva, ese asfixiante, putrefacto, enloquecedor vientre vegetal. Escribí los tres capítulos primeros. Y me gustan. Además sé todo lo que va a pasar después. Y también me gusta, es decir, creo que puede ser emocionante para mí escribirlo. Y, sin embargo, a finales de diciembre dejé esa historia tal vez para siempre (espero que no). Sólo he abandonado otra novela a medio hacer en toda mi vida: sucedió en 1984 y en aquella ocasión llevaba un centenar de páginas. Las tiré, salvo las cinco o seis primeras, que publiqué a modo de cuento con el título de «La vida fácil» en mi libro Amantes y enemigos. Esa novela no volverá jamás. Dejé de sentir a los personajes, dejaron de importarme sus peripecias, me cansé del tema. Para poder escribir una novela, para aguantar las tediosas y larguísimas sentadas que ese trabajo implica, mes tras mes, año tras año, la historia tiene que guardar burbujas de luz dentro de tu cabeza. Escenas que son islas de emoción candente. Y es por el afán de llegar a una de esas escenas que, no sabes por qué, te dejan tiritando, por lo que atraviesas tal vez meses de soberano e insufrible aburrimiento al teclado. De modo que el paisaje que atisbas al empezar una obra de ficción es como un largo collar de oscuridad iluminado de cuando en cuando por una gruesa perla iridiscente. Y tú vas avanzando con esfuerzo por el hilo de sombras de una cuenta a la otra, atraída como las polillas por el fulgor, hasta llegar a la escena final, que para mí es la última de estas islas de luz, una explosión radiante. Por cierto que cada novela tiene pocas perlas: con suerte, con muchísima suerte, tal vez diez. Pero incluso puedes apañártelas con cuatro o cinco, si son lo suficientemente poderosas para ti, si son embriagadoras, si las sientes tan grandes que no te caben dentro del pecho y te dices: yo esto tengo que contarlo. Porque, de no hacerlo, presumes que la escena estallaría en tu interior y terminarías sacando chorros de vapor por las narices.

Y lo que sucedió con aquella novela de 1984 es que las bombillas de la verbena se apagaron. Se acabó la necesidad, el temblor y el embeleso. Fue un verdadero aborto, y además tan tardío, digamos metafóricamente de unos cinco meses, que mi salud literaria se resintió: me capturó La Seca, como decía Donoso, y pasé casi cuatro años sin poder escribir. Un maldito infierno, porque al perder la escritura perdí el nexo con la vida. Sentía una atonía, una distancia con la realidad, una grisura que lo apagaba todo, como si no fuera capaz de emocionarme con lo que vivía si no lo elaboraba mentalmente por medio de palabras. Si te fijas bien, es posible que Fernando Pessoa se refiriera a eso en sus célebres versos: «El poeta es un fingidor. Finge tan completamente que llega a fingir dolor del dolor que de veras siente.» Tal vez el escritor sea un tipo más o menos tarado que es incapaz de sentir su propio dolor si no finge o construye con palabras sobre ello. Con esas palabras que colocan, que completan, que consuelan, que calman, que te hacen consciente de estar viva. Vaya, todos los términos me han salido con C. Extraordinario. El ciego tintineo del cerebro.

No creo que mi relato de la selva esté tan muerto como aquel de 1984 que me acabó bloqueando. Quiero pensar que es una simple falta de sintonía entre el tema y yo; que no era lo que quería contar ahora; o que antes necesitaba contar otra cosa. Esa novela apareció en mi cabeza durante los meses de la enfermedad de mi marido. Es la trama más oscura, más desesperaba y acongojante que he ideado jamás. Y ahora no me veo ahí. No quiero meterme ahí. No deseo pasar el próximo año atrapada en esa selva trituradora.

En ésas estaba cuando llegó un email de Elena Ramírez, editora de Seix Barral. Me proponía que hiciera un prólogo para Únicos, una colección de libritos muy breves. El texto del que quería que hablara era el diario de Marie Curie, poco más de una veintena de páginas redactadas a lo largo de doce meses después de la muerte de su marido, que falleció a los cuarenta y siete años atropellado por un coche de caballos. Y la sabia, bruja, maga Elena Ramírez decía: «He pensado en ti porque refleja con una crudeza descarnada el duelo por la pérdida de su marido. Creo que si te gusta la pieza podrías hacer algo estupendo, sobre ella o sobre la superación (si puede llamarse así) del duelo en general. Creo, además, que según hagas la inmersión en el libro y según te sientas al escribir, podría ser un prólogo o el cuerpo central, y el diario de Curie un complemento… ahí lo dejo abierto a cualquier sorpresa.»

Leí el texto. Y me impresionó. Más que eso: me atrapó. Pero éste tampoco es un libro sobre el duelo. O no sólo. Compré media docena de biografías de Madame Curie, de la que antes ya sabía cosas, pero no tanto. Y empezó a crecer algo informe en mi cabeza. Ganas de contar su historia a mi manera. Ganas de usar su vida como vara de medir para entender la mía; y no estoy hablando de teorías feministas, sino de intentar desentrañar cuál es el #LugarDeLaMujer en esta sociedad en la que los lugares tradicionales se han borrado (también anda perdido el hombre, desde luego, pero que ese pantano lo explore un varón). Ganas de merodear por las esquinas del mundo, de mi mundo; y de reflexionar sobre una serie de #Palabras que me despiertan ecos, #Palabras que últimamente andan dando vueltas por mi cabeza como perros perdidos. Ganas de escribir como quien respira. Con naturalidad, con #Ligereza.

De pequeña enfermé de tuberculosis. Estuve sin ir al colegio de los cinco a los nueve años y, según consta en la leyenda familiar, me salvó un pediatra llamado don Justo, que era un médico maravilloso y una gran persona y que no cobraba cuando no había dinero. Recuerdo bien las múltiples visitas a don Justo; vivíamos lejos, teníamos que coger un autobús y yo siempre llegaba mareada (por entonces, cuando casi nadie tenía coche propio y la gente viajaba poco en vehículos a motor, era bastante habitual ponerse malísimo en cuanto uno se subía a un automóvil). Al fondo de su consulta, don Justo tenía una especie de cuartito en donde estaba la máquina de rayos X. Una y otra vez, en cada ocasión que fui a verle, durante la enfermedad y las revisiones de los años posteriores, don Justo me ponía de pie en la máquina, desnuda de cintura para arriba porque acababa de auscultarme. Hacía que me colocara bien derecha, con la espalda pegada al metal helado, y luego acercaba a mi pecho la pantalla de rayos, también desagradablemente fría. Yo apoyaba la barbilla en el borde superior: el aparato tenía un ligero aroma como a hierro, un tufo que luego he reconocido en el olor de la sangre. Don Justo y mi madre se instalaban delante de la máquina sin ninguna protección y, tras apagar la lámpara, empezaba el espectáculo; recuerdo la penumbra del gabinete, y cómo las caras del pediatra y de mi madre se iluminaban con el resplandor azulado de los rayos. «¿Ve usted, doña Amalia? —decía don Justo, señalando con el dedo hacia algún rincón de mi pecho—, esa parte aparece más blanca porque la lesión se está calcificando.» Miraban y conversaban animadamente durante un tiempo que a mí me parecía larguísimo, fascinados por el espectáculo de mis interiores. Yo me sentía importante, pero también incómoda e inquieta: esa oscuridad, ese fulgor espectral que parecía convertirlos en fantasmas, por no mencionar la asquerosa idea de que vieran mis tripas. Hoy calculo la cantidad de radiaciones que debimos de recibir todos y se me hiela la sangre, aunque resulta tranquilizador saber que don Justo falleció con casi cien años y que mi madre sigue viva y guerrera a los noventa y uno. Todo esto fue a finales de los cincuenta y principios de los sesenta; Marie Curie había muerto, destrozada por el radio, un cuarto de siglo antes. Ahora pienso en el brillo frío que salía de mi pecho como un ectoplasma y en el zumbido de la máquina y siento una profunda cercanía, una rara intimidad con aquella ceñuda científica polaca. De algún modo, su trabajo ayudó a que me diagnosticaran y me curaran. Por no mencionar que la madre de Marie murió de tuberculosis. ¡Y además yo también he visto ese fulgor azul que Curie tanto amó! Digamos que he sido una niña radiactiva; y ahora soy una madura mayor o una vieja joven que, desde hace un par de años, reside a dos esquinas de la antigua consulta de don Justo, es decir, a cien metros de donde estuvo aquella antigua máquina de rayos X que olía como la sangre. Ahora el piso es un gabinete ginecológico. A veces tengo la sensación de que uno se mueve en la vida dando siempre vueltas por los mismos lugares, como en un desconcertante Juego de la Oca.

Marie Curie no fue sólo la primera mujer en recibir un premio Nobel y la única en recibir dos, sino también la primera en licenciarse en Ciencias en la Sorbona, la primera en doctorarse en Ciencias en Francia, la primera en tener una cátedra… Fue la primera en tantos frentes que resulta imposible enumerarlos. Una pionera absoluta. Un ser distinto. También fue la primera mujer en ser enterrada por sus propios méritos en el Panteón de Hombres Ilustres (sic) de París. Trasladaron sus restos ahí el 26 de abril de 1995 con gran pompa y boato (por cierto que en el Panteón también están Pierre Curie y Paul Langevin, el marido y el amante de Marie) y el discurso del presidente Mitterrand, para entonces ya muy enfermo, enfatizó «la lucha ejemplar de una mujer» en una sociedad en la que «las funciones intelectuales y las responsabilidades públicas estaban reservadas a los hombres». Estaban, dijo. Como si esas desigualdades ya hubieran sido superadas por completo en el mundo contemporáneo. Pero Marie Curie sigue siendo la única mujer enterrada en el Panteón; y el Panteón aún se denomina, faltaría más, de Hombres Ilustres. ¿Cómo conquistó esa polaca sin apoyos ni dinero todo eso, tan temprano, tan sola, tan a contrapelo? Fue una mujer nueva. Una guerrera. Una #Mutante. ¿Por eso estaba siempre tan seria, tan triste? ¿Por eso tenía esa expresión tan trágica en todas sus fotos? Incluso en instantáneas que, como la siguiente, son anteriores a su viudez. Pienso ahora en el viejo chiste del pastor que tallaba una madera y me digo que quizá lo que salga de este libro sea algo intermedio; y que Marie tuvo que ser a la vez san Antón y la Purísima Concepción para llegar a hacer todo lo que hizo.

Pierre y Marie


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Cuando Rosa Montero leyó el maravilloso diario que Marie Curie comenzó tras la muerte de su esposo, y que se incluye al final de este libro, sintió que la historia de esa mujer fascinante que se enfrentó a su época le llenaba la cabeza de ideas y emociones. La ridícula idea de no volver a verte nació de ese incendio de palabras, de ese vertiginoso torbellino.

Al hilo de la extraordinaria trayectoria de Curie, Rosa Montero construye una narración a medio camino entre el recuerdo personal y la memoria de todos, entre el análisis de nuestra época y la evocación íntima. Son páginas que hablan de la superación del dolor, de las relaciones entre hombres y mujeres, del esplendor del sexo, de la buena muerte y de la bella vida, de la ciencia y de la ignorancia, de la fuerza salvadora de la literatura y de la sabiduría de quienes aprenden a disfrutar de la existencia con plenitud y con ligereza.

Vivo, libérrimo y original, este libro inclasificable incluye fotos, remembranzas, amistades y anécdotas que transmiten el primitivo placer de escuchar buenas historias. Un texto auténtico, emocionante y cómplice que te atrapará desde sus primeras páginas.
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A partir de este momento les compartiré uno de los libros que me ha gustado leer y que trae consigo muchos mensajes positivos de la vida diaria y de la lucha de las mujeres que también han sido destacadas en la historia. Dividiré cada capitulo por pagina para brindarles una lectura confortante y adecuada a su ritmo de lectura. Tratare de publicar lo mas pronto posible cada capitulo de este libro de Rosa Montero titulado La ridícula idea de no volverte a ver.

Una joven estudiante muy sabia
Pájaros con las pechugas palpitantes
El fuego domestico del sudor y la fiebre
Elogio a los raros
Radio actividad y mermeladas
La bruja del caldero
Aplastando carbones con las manos desnudas
Una cuestión de deditos
Pero me esfuerzo
Una sonrisa ferozmente alentadora
Unas viejas a las que se deshacen
La ultima vez que uno sube a una montaña
Escondido en el centro del silencio
El canto de una niña
Agradecimientos
Apéndice
Notas
Créditos



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En la cocina de Xintal, doña Carmen, Samuel y Sofía toman café. A lo lejos se oye el aullido intermitente delos monos congos y en las ramas de los árboles bajos, cinco pájaros azules los miran. Doña Carmen y Samuel comentan la ola de chismes y rumores que se han desatado en el pueblo. Hasta hay quienes se han atrevido a decir que Sofía está escondida en el propio infierno y que ella fue quien arregló para que su mejor amiga se enamorara del marido y así salir de los dos. Samuel mira a Sofía de reojo. Siempre que la ve no puede dejar de recordar las sensaciones que tuvo cuando la llevó a caballo la noche en que convocaron a Eulalia. Por respeto a sus amigas no se ha atrevido a insinuarle nada a la muchacha, pero piensa que bien le vendría a ella instruirse sobre la magia deja carne y así poder discernir si su rebeldía le venía de la sangre o de la mera frustración de haberse casado con aquel energúmeno de Rene. Ajena a los pensamientos del hombre, Sofía trata de convencerlos de que la acompañen los tres en su recorrido de regreso a la hacienda de su infancia, pero ellos insisten en que ningún beneficio le va a traer que la vean acompañada de los más connotados brujos de millas a la redonda.

 —Ya estamos muy viejos para andar en caravana como Reyes Magos —ha concluido Samuel.

 —Pero ustedes son mis amigos y a ustedes,mal que bien, los respetan —dice Sofía.
 —Nos respetan cuando les conviene, cuando piensan que podemos solucionarles sus problemas... entonces nada importa que seamos brujos, pero con igual facilidad, nos lo echan en cara.
 Si querés, yo te puedo acompañar
—se ofrece Samuel.

—Mejor que la acompañe la Carmen -interviene Xintal, insistiendo en que nada ominoso sucederá. Ya ha consultado ella en la madrugada la poza del agua caliente y la ha visto vestida de reina, dominando vasallos y castillos.

—Tu signo son los oros —le dice—. Con oro cerrarás las bocas que te maldicen.

Cuando ve que su insistencia es inútil, Sofía va a su habitación a recoger la bolsa de lona con la que hace un mes saliera de su casa.

 Xintal la abraza bajo el árbol de genízaro del patio. Se moja las manos y las pasa por la cara de Sofía. Luego le pide que imagine una estrella con los ojos cerrados y trace con su mano un círculo de aire. Después debe abrir los ojos y cruzar el escudo.

—La estrella te protegerá —dice y da un manotazo en el árbol. Los pájaros azules levantan vuelo y hacen círculos sobre los caballos mientras Sofía y doña Carmen los montan. Salen las dos mujeres, perdiéndose al poco rato vereda abajo.

 Samuel las ve partir, admirando la curva delas caderas de Sofía que se perfila sobre el caballo.

 Sofía deja que el animal encuentre su propio ritmo en los trechos donde la tierra arcillosa del volcán mojada por las lluvias, se torna resbaladiza y traicionera. Siente nostalgia de abandonar aquel recinto de árbolesmultitudinarios. La fertilidad, el verdor y la belleza de aquellos parajes, contrastan con lo seca y arisca que se palpa por dentro. ¿Qué le esperará? Muchos de los trabajadores del Encanto la conocen desde niña y la servirán, obligados por el afecto de toda una vida sin conocer nada más que la obediencia y lealtad a don Ramón. Con los que no hay afecto de por medio, usará los oros, como dice Xintal. En tiempos de pobrezas y dificultades económicas, pocos podrían rechazar los salarios que ella pensaba pagar.

Ante esos números sobraría quienes se arriesgaran a ser convertidos en sapos y culebras por sus supuestas hechicerías y pactos con el diablo porque desde niña la habían satanizado. Sonríe dándose ánimossilenciosos, afirmando los poderes de su determinación de atravesar cuanto obstáculo quisiera situarle en el camino la superchería hipócrita del Diría, que lo mismo convivía con la magia que la rechazaba. Será feliz en El Encanto, se promete y se distrae imaginandola vieja casona pintada y arreglada con muebles de mimbre que mandará a traer de Masatepe y Granada. No ha terminado de formular la idea, de imaginarse la camioneta llegando a la finca con las sillas y las mesas, cuando en un fogonazo, similar al que acompaña en la sangre de los sabios el gran descubrimiento, se percata de que ya no necesitará que alguien los escoja por ella, ella misma podrá ir en el jeep a buscarlos, a verlos, a tocarlos y regatear los precios. Podrá ir allí y donde se le antoje porque ya no hay más muros, ni Renes, ni Fernandos cerrándole las puertas.

No puede reprimirse y exhala un hondo suspiro de alivio y alegría.

-¿Y deay hija, qué te dio? —Doña Carmen se vuelve a mirarla y piensa que hace mucho no recuerda haberla visto con la cara sonriente e iluminada que ahora ve bajo la sombra de los árboles. Ha vuelto a ser la muchacha de su fiesta de bachillerato, bailando a más no poder en el patio de secar café.

 —¡Ya nadie me encerrará! Nadie podrá decirme qué hacer o qué no hacer —dice Sofía—. Seré libre —dice. No se había percatado hasta que pensó en las sillas que le gustaría comprar. Ahora ella misma podría salir y escogerlas. No tendría ya que esperar que Petrona se apareciera con las ristras de pedacitos de tela para ella poder indicarle la que debía comprar. Arreglaría la casona ella, ella haría sus mandados.

 —No te vaya a dar vértigo, mija. Hasta la libertad hay que aprender a manejarla — advierte doña Carmen.

Ya han salido a la carretera. Van pasando a la orilla de casas rosadas, verdes y amarillas. La gente las ve pasar y comenta que mira la cara de alegría con que apareció la gitana bajando del cerro, con doña Carmen, la bruja.

 En pocos días, Sofía revoluciona el tiempo del Encanto que se ha quedado estático desde la muerte de don Ramón.

Las mujeres de los mozos, retrecheras al principio hasta de acercarse a la casona, ahora friegan pisos y descuelgan telarañas porque ella les ha prometido pagarles y antes sólo a sus maridos les pagaban. Brigadas de carpinteros cambian techos y tablones carcomidos por la humedad y pintores de brocha gorda renuevan el tono celeste de las paredes.

 Ya Sofía hizo el primer viaje de compras a Masaya, regresando con géneros para las cortinas, cobertones, manteles y visillos con encajes para dividir las estancias. A pesar de los consejos de doña Carmen, quien le repiteque se cuide del vértigo pero la asiste divertida, y de Engracia que mira alarmada los cargamentos de muebles y más muebles de mimbre, camas y sillas, ella se ha dejadollevar por sus entusiasmos de improvisada decoradora, sacando de la casa cuanta silla desvencijada y mesa carcomida encuentra. «Son "antiques", son "antiques"» gime Fausto, peroella persiste en la renovación total. Ya se ha corrido en el pueblo la voz de que Sofía está botando muebles y no ha dejado de llegar a la finca más de algunade las que habían jurado no hablarle, buscando que le regale los que ya no ocupará, pero que ellas pueden reparar y usar por otros cuantos años

Varias riñas se han armado en las cantinas porque los mozos del Encanto andan orondos y hasta retan a los que hablan mal de la patraña, porque nadie de las fincas vecinas va a ganar los salarios que ellos devengarán por iguales oficios.

—Sos una fiera —dice Fausto—. Estás comprando a todo el mundo.

—Es la manera más fácil y segura de que lo quieran a uno —responde ella—, a nadie le importa trabajar para el diablo, si el diablo paga bien.

Incluso Fausto, agotado de pleitos interminables por enderezar los rumbos de la cultura nacional, ha renunciado a su lucha por hacer cine y ha aceptado el honroso título de «administrador» de la hacienda, comprometiéndose con Sofía a fingirse macho autoritario y de voz ronca, para que los campesinos, que no tienen piedad por los derechos de los homosexuales, lo respeten.

 —Blue jeans y camisa a cuadros —le advierte Sofía— Las camisetas de lagartitos las dejas para los domingos.  +

Don Prudencio, quien ha concluido finalmente con los traspasos de la herencia y ha cumplido con iniciar los trámites del divorcio, ha recibido su comisión en un cheque adjunto a la carta en que se le agradece su lealtad y se prescinde de sus servicios.

 —No le voy a estar pagando para que me mire con esa cara de reprobación
-dice Sofía.

Fausto, a quien el viejo, por las mismas razones, tampoco le hace ninguna gracia, se ha ofrecido a conseguir un nuevo abogado.

 «Sobran», asegura.

 Los planes tienen contemplado un jeep nuevo y un chofer.

 —Ya Danubio maneja por instinto. Es una colección de ancianos la que hay en esta casa.

 No hay quién en los alrededores no comente lo que pasa en El Encanto. Patrocinio, la lideresa de las lenguas viperinas no para de advertirles a todos que se cuiden y no se engañen. A ella nadie le va a decir que aquello no es producto del pacto que la gitana tiene con el diablo, si mira todas las cosas que ha mandado traer y los salarios que está pagando. Dentro de poco sale panzona y nos receta el Anticristo.

Pero en el Diriá, no sólo de magia vive la gente; la lógica de Sofía va ganando terreno y de los que antes hablaban sin medir las exageraciones, ya hay quienes callan y piensan para sus adentros que nada malo puede traerles si la dueña del Encanto les compra una buena provisión de granos o les alquila las yuntas de bueyes para arar los campos. Hasta el romance de Rene y Gertrudis ha dejado de ser noticia caliente, opacado por los cuentos de la bonanza económica que la largueza de la Sofía con su nueva fortuna va a traer a los que trabajen para ella en el pueblo.

Gertrudis habría querido no haber dejado de ser amiga de Sofía para poder asomarse y ver las maravillas que se decía había en El Encanto.

 —Tiene como tres juegos de sala distintos —comenta la Verónica— y un mosquitero de encajes en su cuarto y se dio a hacer un baño de azulejos con regadera y hasta un inodoro para hacer pipí que le trajeron de Managua y que Fausto que sabe francés dice que se llama «bidé». A don Pascual le compró todas las ollas y vieras cómo tiene el jardín de adentro. ¡Parece que se trajo todo el Mombacho! Como una reina se acomodó esa mujer. Y ni la mitad de los reales de don Ramón ha gastado. Dice don Prudencio que ni


nos imaginamos lo que ese señor había ahorrado en su vida. Por rectitud profesional no nos dijo la cantidad, pero dice que es enorme...

—Te fijas —comenta Gertrudis en un gesto de grandeza— te fijas que no es que se lo haya dado el diablo.

Pero la Verónica no está muy convencida porque para ella alguien que gasta de esa forma, comete pecado.

 Sólo con Rene no puede Gertrudis hablar de Sofía. La única vez que lo hizo, cuando empezaban los comentarios, él le había gritado que nunca, nunca más quería oír hablar de esa mujer en su presencia.
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Despacio han pasado los días para Sofía, pero con Xintal se siente feliz y a veces quisiera no irse nunca de allí, de aquel lugar escondido en la vegetación, que nadie puede ver porque el rancho tiene colores de camaleón y se confunde entre arbustos y árboles centenarios, cuyas copas dan una sombra perenne. La rústica vivienda tiene paredes de tablones, techo de viejas tejas y sobre las piedras canteras que forman la cocina, crece una enredadera de buganvilias que se trenza sobre el techo y aparece sobre los huecos que forman las ventanas. Más de una vez, cuando hace viento, las flores moradas aparecen como condimentos en el arroz y los cocimientos de verduras. La cocina divide el espacio entre los dos cuartos de piso de tierra apelmazada y en ella pasan las dos mujeres la mayor parte del día, porque Xintal se especializa en cocimientos capaces de curar desde la picadura de las culebras hasta el dolor de las menstruaciones. Ollas de barro y calderos de tosco aluminio se agrupan sobre estanques que también exhiben una gran profusión de recipientes de vidrio donde hay líquidos verdes, ámbar y rojo encendido, así como hierbas y otras sustancias indescriptibles. En la habitación donde duerme Sofía, hay sacos de granos y efigies de barro de mujeres de vientres protuberantes y grandes mamas, que Xintal decora para vender en el mercado como amuletos para la esterilidad. En el cuarto de la vieja, se apilan muebles desvencijados de otros tiempos y un altar a una diosa de largas piernas, desnuda y con un carcaj de flechas al hombro. La vivienda se prolonga hacia el patio donde está el horno para las estatuillas y el pan, y un rudimentario huerto que produce tomates, lechugas, pipianes, rábanos, culantro, perejil, pepinos, frutas y cebollas. Bajo un árbol de genízaro, se ve el lavadero y al fondo la casa de la letrina

. —No me hace falta salir de aquí más que una vez al mes —dice la vieja—, la ciudad no es buena para el espíritu.

 Hay momentos en que Sofía tiene la sensación de estar en algún lugar de tiempos muy remotos, donde los relojes se guiaran por cielos y estrellas diferentes. No se cansa de observar y hablar con la vieja cuyo misterio la ronda y forma halos de luz, arco iris tenues a su alrededor. A ratos, en la cocina, Sofía ha creído verla tornarse transparente, y mirar las lenguas de fuego del fogón surgir entre los pliegues de su ropa.

 Hace mucho que no siente la paz y tranquilidad que la cercanía de esta mujer le inspira. Por las mañanas, se levanta cuando el amanecer apenas empieza a trazar las líneas de los bosques de ceibos, guanacastes, genízaros, jiñocuagos y laureles del volcán y junto con la vieja, enciende las brasas del fuego y pone a hervir agua para café. Xintal se baña en el patio con el agua de pozas azules que hay en el Mombacho y que, a diario, le lleva un niño rubio y extraño, mudo de nacimiento; luego se baña Sofía en la misma agua cristalina, un agua tibia y confortante.

 —¿Cómo es que el agua es tibia cuando debe hacer tanto frío allá arriba, en las pozas que decís hay en el cráter? —le preguntó a Xintal la primera vez.

 —Las entrañas del volcán la calientan hasta la ebullición —le dijo ella— Cuando llega aquí, el agua está tibia, cuando el niño la recoge, el agua hierve. Ya ves, en ninguna ciudad hay estos lujos... —sonrió maliciosa—, ¡agua caliente a domicilio! ¡El volcán cuida a sus criaturas!

Xintal habla de diosas y no de dioses.

Para ella, la tierra es la mayor de las divinidades, la madre de todos los frutos y de toda la vida. No cree ella en dioses mezquinos que necesitan templos oscuros donde ser adorados y hombres célibes que cuiden sus casas.

 —La Diosa anda en los vientres de las mujeres y en el falo de los hombres, porque allí es donde comienza la vida desde donde todo lo demás se genera. Sólo la oscuridad de las almas extrañadas de la naturaleza, ha podido inventar un dios macho con una madre virgen, para quien el placer que produce la vida es pecado.

Ella ha sido bruja por generaciones, le dice. Las brujas están encargadas de conservar la sabiduría ancestral de mujeres, que desde tiempos remotos, antes de que se las persiguiera y se las obligara a la docilidad, veneraban la tierra y conocían el secreto de las buenas cosechas, los poderes mágicos de las plantas y las entrañas de ciertos animales. Xintal afirma que puede leer en la luna el paso de las estaciones, las premoniciones sobre inviernos o sequías, así como el ciclo de las sangres menstruales y los partos.

Sofía no sabe si creer sus fabulosas historias en las que afirma haberse codeado con Adán y Eva y tener más de treinta hijos regados por el mundo. Un día hasta le dice que ella había conocido a la mujer de cuya estirpe procedían los gitanos.

 La antigüedad de Xintal era obvia, todo su cuerpo estaba arrugado, pero nadie vivía tanto tiempo, se decía Sofía, para no dejarse llevar por la elocuencia de la mujer contándole de épocas anteriores a todo. La verdad es que nunca había oído hablar de esas cosas y los cuentos de Xintal eran fascinantes, mejores que los de las Mil y una noches.

 A veces la mujer se quedaba en trance mientras hablaba, como si pudiera ver a lo lejos las imágenes vivas de su memoria en el aire de la sombra bajo el genízaro.

En la fascinación de aprender de la vieja el oficio de las mujeres antiguas, se le ha pasado el tiempo a Sofía casi sin darse cuenta. De día cocina con Xintal filtros y recetas, cocciones mágicas y emplastos milagrosos y aprende a conocer los métodos indígenas para hacer que la tierra produzca buenas cosechas. De noche, Xintal le pide que se siente a la orilla del fuego de la cocina y le suelte la trenza del pelo. Ella lo hace con gran docilidad y se queda silenciosa, pasando el peine una y otra vez por el largo pelo entrecano de la mujer, mientras aquella habla y habla sus historias encantadas y le muestra cómo leer la fortuna en el té de hojas de limonaria, las fechas de ritos anteriores a toda memoria, el idioma del viento en las hojas de los árboles anunciando tormentas o temblores de tierra, cómo se corta el cordón de un niño o de una niña para que sean independientes y no repitan los errores o carguen las maldiciones de los padres, cómo leer el futuro en el agua de las pilas quietas en el amanecer...

 Nadie que la viera allí, reconocería en ella la mujer briosa que salió a caballo una noche de tormenta. Diría se que la sangre se le ha amansado bajo el influjo maternal de la vieja.

 —Te estoy preparando para la vida —le dice Xintal— porque nada va a ser fácil para vos.

 Sofía no ha resistido la tentación de preguntarle sobre su origen, pero, lo mismo que con Eulalia, nada ha podido sacar en claro. Ni las brujas más sabias parecieran poder descorrer el misterio de su pasado. Xintal le repite que tenga cuidado con el tiempo circular de su madre, pero ella no entiende de qué círculos se trata. La vieja le ha pronosticado un gran amor y Sofía se ha reído para sus adentros. «Se lo dicen a todas las mujeres», piensa, «pero yo soy diferente. No me van a contar cuentos de pajaritas preñadas.»



Sin premoniciones, duerme bien en una hamaca colgada de los horcones del rancho. Antes de dormir oye el viento en la selva del volcán, moviéndose y silbando entre la humedad del musgo que crece sobre los árboles y los cubre de encaje verde, oye las chicharras cantando alto, los monos aullando en el denso habitat del Mombacho.

 Sin duda quien más genuinamente ha sufrido la huida de Sofía es En gracia.

 La vergüenza la persigue por las calles del Diriá y con costo se atreve a ir a la iglesia bajo las miradas de burla y reprobación de las gentes del pueblo. A pesar de dudas que la mantienen insomne y del episodio del entierro de don Ramón que la hizo distanciarse un poco de Sofía, el corazón de En gracia sigue fiel al cariño por la muchacha y no deja de repetir insultos callados para quienes acuerpana Rene y no son capaces de darse cuenta de que nadie sino él es culpable de la escapada de la pobre esposa. «¡Mira vos a quién se le ocurre encerrar a una muchacha joven y pensar que en estos tiempos ella se va a quedar tan mansa y tranquila! Si ahora las mujeres ya no son como éramos nosotras, tan dundas y sumisas. Ahora van a trabajar, se ganan la vida solas, escogen y dejan a sus maridos...» Monólogos interminables la acompañan en sus oficios domésticos y en las compras del mercado, pero por mucho esfuerzo que hace no puede evitar que la martiricen las afirmaciones vociferantes de las marchantesque, mientras venden tomates y verduras, comentan con saña, para que ella las escuche, que por fin se le salió la mala sangre a la gitana, si hasta le puso al marido citatoria de divorcio por los periódicos... ¿Y qué dice usted, niña En gracia? Cuídese, no vaya a ser que ese cuervo le saque los ojos.

Rene no puede dar crédito a sus ojos cuando abre el periódico y lee el edicto citándolo para dilucidar la demanda de divorcio: «Cítase por Edictos al señor Rene Galeno Duarte para que, dentro de cinco días, después de la tercera publicación, comparezca a este Juzgado del Distrito Civil de Masaya a alegar lo que tenga a bien en la solicitud de Divorcio Unilateral que, por voluntad de una de las partes, le interpone la señora Sofía Solano, bajo los apercibimientos de nombrarle Guardador si no comparece. Dado en el Juzgado Civil del Distrito de Masaya...»

 Zoila, la doméstica que ha tomado el lugar de Petrona, contaría después cómo el señor tras golpear la mesa con el puño y gritar repetidas veces «Hija de puta», «la puta que te parió», se había levantado de la mesa tirando al suelo la silla y la había emprendido contra la vajilla de la mesa, la jofaina, el espejo y la pana de lavarse las manos situada en una esquina a la entrada del comedor, las cortinas de visillo que separaban al comedor de la sala... «Acabó con todo, don Rene, ^b sólo me persignaba y rezaba en la cocina, rogando que no se le ocurriera venir a tirar todas las porras, pero me imagino que lo que quería era quebrar cosas, porque después se fue al cuarto que dicen que era el costurero de doña Sofía y desbarató todos los muebles a patadas».

 ¡Nunca en sus treinta y cuatro años de vida, Rene se había pensado capaz de matar a nadie; hasta cuidado tuvo de no pegarle a la Sofía a pesar de todas las que le hizo, pero ahora no tendría asco en matarla si pudiera tenerla en frente! ¡Desvergonzada hija de mala madre que se atrevía a exhibirlo como imbécil delante de todo Nicaragua, en aquella edición que circulaba a lo largo y ancho del territorio nacional! El hasta había estado dispuesto a perdonarle la escapada e instalarla bien cuando la encontrara, darle una casa, si ella quería separarse, porque ahora con lo dela Gertrudis, hasta bien le salía lo de la separación: ella podía quedarse sola, si esa era su voluntad, y él irse a vivir con la Gertrudis a otra parte, sin causar tanto escándalo. Pero eso del divorcio era distinto. La Sofía era su mujer para siempre y aunque no viviera con ella y él viviera con otra, sus derechos nadie podía quitárselos. Seguro la rufiana tendría algún querido. ¿Para qué se  iba a querer divorciar una mujer decente? Las que se divorciaban eran las putas vergonzantes que tenían algún enredo escondido

.Pero ¿quién sería el hijueputa que él ni cuenta se había dado? ¡Que ni soñara ella que él iba a ir a hacer el ridículo en ese Juzgado con el montón de cabrones que se aparecían por allí! ¡Que viera cómo se divorciaba sin él! Desde la mentada revolución todas las mujeres se creían moneditas de oro, independientes. ¡La putería era lo que se había fomentado con esas leyes!

 El hombre no sabe qué hacer con las manos, le duelen los nudillos donde la piel se ha desgarrado. Le tenía que suceder esto hoy precisamente cuando tiene una reunión de trabajo importante en Masaya. Imagina las caras de sus conocidos, las miradas de soslayo. Ya no podrá seguir ocultando lo de Sofía, diciendo que la mandó en viaje de compras a Costa Rica para que se olvidara de la muerte del papá.

Entra a la habitación a lavarse las manos y echarse agua fría en la cara. Nunca se debió haber casado. Se hubiera salido de la iglesia aquel día y nada de esto le estuviera pasando...

 El teléfono repica y sale del baño a responderlo. Es Gertrudis. La voz de Gertrudis, tan suavecita.

 —¿Viste el periódico, Rene? —Sí, lo vi.

 Lo dice con tono de a quien nada le importa. No va él delante de la mujer que recién ha conquistado a mostrar lo profundo que se le ha herido el orgullo. Más tarde pensará que fue el amor el que lo iluminó y le hizo ver claro qué decir, pero al oír la voz de Gertrudis la explicación de la huida de Sofía y de lo que está por acontecer se le viene clara a la cabeza.

 —Está furiosa porque sabe que te quiero —dice y le cuenta la nueva versión de los hechos: Sofía se había ido la noche en que él, en un arranque de sinceridad, le confesó estar enamorado de Gertrudis. Terrible había sido su reacción, platos y adornos de la habitación habían rodado por los suelos y a gritos le había prometido Sofía a Rene que lo haría arrepentirse, que lo convertiría en burla del pueblo. —Eso es lo que pretende con esto del divorcio —añade. Esa noche, en la cantina de Patrocinio, Rene paga los tragos de la concurrencia. Se emborracha y a todo pulmón anuncia «la verdad» de lo que había sucedido, anuncia que ahora sí va a ser feliz porque se va a casar con la Gertrudis, primero civil y cuando venga la anulación del matrimonio de Roma, se va a casar por la iglesia.

—Qué gran farsante es ese Rene —le dice doña Carmen a En gracia—. Como que nadie sabe lo compungido que ha estado desde que se le fue la Sofía y los destrozos que hizo cuando vio el edicto en el periódico...

 —Pero nadie se acordará de eso en unos días —sentencia En gracia—, la gente va a creer el cuento del hombre y no tardarán en andarle haciendo reverencias a la mosquita muerta de la Gertrudis.

En gracia se balancea bajo la enredadera de glicinias azules de la casa de doña Carmen. Hace fresco allí a pesar del calor intenso del mediodía.

 Al día siguiente, doña Carmen irá con Samuel a recoger a Sofía y llevarla de regreso al Encanto. Aunque la una trata de hacerle liviano el asunto a la otra, las dos están preocupadas por el regreso de la muchacha, que se ha empeñado en bajar del cerro y no quedarse más tiempo como habría sido aconsejable.

—Es como si quisiera desafiarlos a todos —dice doña Carmen y tamborilea los dedos sobre la mesa porque ella conoce lo que es sentir esa necesidad, lo difícil que es contenerse
cuando uno es joven y todavía no comprende que la incomprensión y la injusticia son más viejas que los ímpetus de la irreverencia.

 —Lo que debería hacer la Sofía —dice—es no hacer tanta alharaca e instalarse en su hacienda a disfrutar la herencia con la que don Ramón, desde su tumba, la ha bendecido. No sería extraño que en poco tiempo volviera a encontrar marido y hasta llegara a ser feliz.

 Ahora tiene reales y propiedades. Que viva bien y se olvide de los envidiosos. Ya tiene las tres «» del éxito, como decían en mi tiempo: cara, cuerpo y capital.

En gracia ríe pero en sus adentros no deja de estar triste y de tener malos augurios.

 La que no puede contener su alegría es Gertrudis. Aquella mañana, los futuros viajeros hacia México, Panamá, conexiones a Europa y Estados Unidos, serán atendidos por una mujer amabilísima que no para de sonreír mientras llena boletos, hace reservaciones y se mueve diligente de un lado al otro de la oficina. Su primera reacción, al ver el edicto en el periódico, fue de miedo. Imaginó claramente la reacción de Rene, porque aunque ella estuviera convencida que había dejado de querer a Sofía, conocía lo macho que era y el golpe que aquello representaría para su orgullo. Un buen rato estuvo Gertrudis pensando si debía o no llamarlo por teléfono, meditó con cuidado lo que debía decirle para hacer que él reaccionara, para que se diera cuenta que lo sucedido podía ser positivo para todos. No creyó que funcionara tan rápido y que el amor propio herido de Rene se sacara tan limpiamente de la manga la explicación y justificación de cuanto había pasado. Ella estaba convencida de que la verdad era otra. Tan sólo pocos días atrás, todavía tenía dificultades para sacar a Rene de su ensimismamiento y hacerlo que hablara de algo diferente a la búsqueda de la Sofía o lo ingrata y estúpida que ésta había sido. Ni cuenta se daba él de que ofendía y hería a su reciente enamorada con la obsesión por la esposa desaparecida. Gertrudis se tragaba su rabia y hacía coro con las preocupaciones de él, a partir de su posición de amiga de infancia de la otra. «Me estoy volviendo una falsa, calculadora», se decía, sin poder evitarlo. Cada día que pasaba sentía nacer en ella un sentimiento nuevo, jamás experimentado: el rencor y el odio. Hubiera querido que Sofía desapareciera para siempre sin dejar rastro y más de una vez en esos días, se sorprendió deseándole la muerte. Pero ya no habría más necesidad de eso, pensó, quizás tomaría algo de tiempo, pero las cosas se arreglarían; sus deseos se verían cumplidos. Nada más podía pedirle al Cielo...




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El corazón de Sofía late al paso de los cascos del caballo. Cuando ya se ha alejado unos kilómetros de la hacienda de Rene, aminora la velocidad del animal para no despertar a nadie y que nadie la vea pasar. Todo ha salido fácil, tan fácil que aún le parece mentira estar trotando a la orilla de la carretera, camino al Mombacho. Una media luna amarilla y enfermiza se asoma de vez en cuando por entre los nubarrones que ocultan el cielo. Es una noche oscura y la llovizna tenue da a las casas y a los árboles un aspecto fantasmagórico. Sofía se concentra en no perder el camino, es de las pocas rutas que conoce bien por las expediciones que cuando niña solía realizar con su papá Ramón, a quien le encantaba llevarla a oír los monos congos en el cerro. Se toca el bolsillo donde lleva la linterna de pilas que le sustrajera al marido y el revólver. Pensó no llevárselo, pero ahora se alegra de tenerlo metido en el pantalón, contra la piel de su cintura. Da miedo la oscuridad tan densa. De rato en rato enciende la linterna para alumbrar al caballo y asegurarse que no va montada sobre alguna criatura fantástica. Los temores infantiles la acosan de pronto y ruega a los santos del cielo no toparse con el jinete sin cabeza, la Carreta Nagua, el diablo amarillo o las vacas encantadas del Mombacho, personas maldecidas que gritan como gente cuando las llevan al matadero.

El caballo inicia la subida del cerro, galopando sin que Sofía le frene su carrera de pájaro. El Mombacho es un gigantesco volcán apagado, su pico trunco se ve en las tardes perdido en la neblina, sus faldas verdes de tupida vegetación son un planeta sin explorar, veredas angostas suben perdiéndose hacia fincas de café y cacao. En el camino principal hay viviendas de campesinos con patios donde ahora los aperos de labranza se adivinan amenazantes, la vegetación es inmensa, árboles sin límite se enroscan en la neblina confundiendo sus troncos. La llovizna se troca en lluvia y el caballo sigue corriendo, alejándose del camino principal por una de las tantas veredas, mientras Sofía sostiene la brida con una mano para acomodarse el capote que ha sacado de su bolsa. Pájaros nocturnos silenciosos y sorpresivos levantan vuelo buscando refugio del aguacero, ella también acorta las riendas para obligar al caballo a guarecerse bajo un árbol gigantesco cuyo tronco se abre en el centro como una cueva.

La lluvia en el volcán es un estruendo de viento, hojas y ramas estremecidas. Cuando la naturaleza inicia su baile despampanante de helechos retorcidos, Sofía siente el pánico empezar a congelarle los movimientos. Siempre le han gustado las tormentas, pero jamás recuerda haber pasado una al descampado y menos en un lugar así, donde se decía había cementerios de lagartos prehistóricos, animales encantados que de noche recuperaban su forma humana, cuevas donde habitaban brujas que cuidaban manadas de pájaros azules y los monos... los famosos monos cuyos alaridos eran los más fuertes que animal del mundo produjera sobre la tierra. Rezó a Eulalia para que no fueran ahora a gritar y le sacaran de una vez el último rescoldo de valor con que acomodó el capote en el suelo, decidiendo esperar a que pasara el cataclismo, a que amaneciera para buscar la casa de Xintal, la amiga de Samuel, una vieja también de leyenda que sólo de vez en cuando bajaba al pueblo y a quien todos recordaban haber conocido desde lejanas infancias, sin que el tiempo pareciera hacer mella sobre sus facciones arrugadísimas desde siempre.

La tormenta ilumina la oscuridad dejando ver las lianas que cuelgan de los árboles, los grupos de parásitas como manos desesperadas brotando de los troncos. De cuando en cuando, se escucha el ruido ensordecedor de árboles que caen fulminados por los rayos. Sofía se frota las manos contra las patas del caballo que relincha tratando de soltarse de las amarras. ¿Qué harían los gitanos en las tormentas?, se pregunta y no sabe por qué, al imaginarse a la caravana mecida por el rayo y la lluvia, le dan ganas de llorar y una espantosa sensación de soledad, de abandono, de no tener a nadie que la ampare.

¿Sería
cierto que amanecería y ella podría salir de allí y encontrar la casa de Xintal, o nunca más
pararía aquella lluvia y moriría de hambre y frío? No quiere oír el viento, ni ver entre la
oscuridad, pero los sonidos extraños la asustan haciéndola intuir formas de jaguares y
culebras. Por fin cierra los ojos decidida a no abrirlos más hasta el amanecer, hasta que
pueda ver y no asustarse de lo que ve.


No sabe cuánto tiempo ha pasado cuando todo se queda en silencio. La tormenta se
pierde en truenos lejanos que se escuchan a lo lejos. Todavía llueve, pero es ya una garúa
liviana. Sofía respira hondo y finalmente se queda dormida, envuelta en su capote.


Esa noche En gracia grita en el sueño. Se despierta sudando, mojada en sudor la
cotona con la que duerme y hasta la sábana. Ha soñado que la Eulalia y don Ramón, con
sus caras humanas pero con cuerpos de monos congos aullaban en el Mombacho, mientras
ella desesperada les pedía por favor que no gritaran, que se resignaran de una vez por
todas a quedarse muertos.

Rene apenas sabe dónde tiene la cabeza cuando despierta. Como todos los sábados,
se levanta al baño a echarse agua en la cara y en la boca pastosa y se asoma a la puerta
gritándole a Petrona que le lleve su limonada con sal. Acostado de nuevo en la cama, con
la almohada sobre el rostro para que la luz no le alborote más el dolor de cabeza, no se da
cuenta sino varias horas después de que ha dormido solo.

Fernando mira al piso mientras Rene despotrica a diestra y siniestra, diciendo que él
es el culpable, que él dejó salir a la mujer, que mentira que alguien iba a abrir los portones,
llevarse un caballo y él que siempre dormía con un ojo abierto, no iba a darse cuenta. Para
qué les pagaba a todos ellos, gritaba Rene, sino podían cuidar una pinche muerta y una
jodida mujer.

—Ensilla los caballos —le dice— que la vamos a ir a buscar.

Al pasar por la cocina, mira fulminante a Petrona y le dice que no vaya a ir con el
cuento donde nadie. La mujer tiembla temiendo que el patrón le vaya a pegar como ya ha
hecho otras veces, asiente con la cabeza y apenas dan la vuelta, se persigna y se mete al
cuarto a empacar sus maritales. Ni por todo el oro del mundo se va a quedar a esperar a
que regrese con la rabia de no haber hallado a Sofía.

Ni tres horas han pasado cuando ya en Diriomo, Diriá y Catarina se sabe la noticia.

A esa hora Sofía, acostada en una hamaca, duerme el desvelo de la noche anterior en
el rancho de Xintal, mientras el caballo con el que se escapó regresa al corral de la
hacienda y se pone a comer zacate pacíficamente frente al portón cerrado....
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¿Cuándo parará de llover?, se pregunta Sofía, de pie al lado de la ventana del cuarto de costura. La humedad de cuatro días de lluvia la tiene de mal humor, todo pareciera moverse más despacio y el lodo ha multiplicado los mosquitos y las bandadas de chayules diminutos.

 Acaba de despedir a Fausto quien ha salido chapaleteando lodo, furioso de ensuciarse sus zapatos blancos y de que ella se haya reído del paraguas descomunal con que se apareció. Un problema de ser marica, eso de preocuparse tanto por la ropa y los zapatos, cuando una de las mayores ventajas de ser hombre era no tener que darle tanta importancia a esas cosas. «Menos mal que reaccionó sin asombro a mis planes», se dice, «no como el abogado que parece una beata de iglesia con sus lloriqueos de que no me divorcie». Se aparta de la ventana, sin saber muy bien qué hacer. Ha decidido irse al día siguiente. Samuel, a regañadientes y no sin antes advertirle que no le tolerará desplantes, le ha conseguido un escondite seguro en la casa de una vieja, que vive perdida en los altos del Mombacho, otra hechicera, seguramente.

 Ya las hojas de floripón están guardadas en medio de pañuelos en el fondo de su gaveta de ropa interior, mañana las cocerá y tendrá que reprimirse el deseo de darle al hombre una sobredosis, pero se lo dejará sano y salvo a la buenecita de Gertrudis, piensa sonriendo, imaginándola asustada en la cama debajo de los espejos del techo.

Sale del costurero y camina sin prisa hacia la habitación, el corredor está envuelto en penumbras de lluvia, y de los canales de desagüe en el techo caen cortinas de agua que bañan de brisa el interior y suenan como livianas cataratas ahogando los sonidos de la casa.

Del ropero, Sofía saca pantalones de dril y camisas manga larga, las dobla cuidadosamente y las mete en el bolso de lona que En gracia le regalara el año anterior. De la gaveta con llave saca el atado de sus ropas de niña, las que tenía cuando apareció en el pueblo y que Eulalia le entregara una tarde hacía ya mucho tiempo. Por qué la dejaría su madre, de dónde vendría, se pregunta una vez más. Posiblemente nunca lo sabría y no importaba ya. Desde la noche en que vio a Eulalia, la esperanza de desvelar el misterio se ha desvanecido, ni la muerta había podido decirle nada muy concreto, mucho menos que ella pudiera averiguarlo cuando sólo podía ver su presente, a pesar de ser cada vez más acertada en la predicción del futuro ajeno. Lo importante, piensa, es que ella se sabe diferente. Ahora ya no tiene ataduras y puede dar rienda a llamados de su sangre con los que sigue sosteniendo una pugna sorda que esta vez tiene oportunidad de resolver tomando el control de sus propias decisiones. Pero sólo ideas vagas tiene, piensa. Y luego tiene que regresar a Diriá y vivir con todos sus fantasmas...

Se sacude el pelo de los hombros. No va ella a ponerse sentimental ahora que ya falta tan poco.

 Rene llega en la tarde y se instala en el corredor a leer el periódico. Hace días anda callado. Poco tiempo le queda para pensar tranquilo en la Gertrudis, que no sabe cómo se le ha metido entre ceja y ceja. Ya ni ganas le dan de acostarse con la Sofía y cuando lo hace, se imagina que es la otra y sueña con mujeres preñadas.

 Sofía se le acerca solícita y le pregunta si no quiere que le sirva un té de manzanilla, un café y alguna repostería para que se le calienten los huesos del tiempo húmedo. —Un trago es lo que me deberías dar —le responde, irritado de que le hable— sólo a vos se te ocurre andarme ofreciendo té y café, ¡como si yo fuera una viejita desgraciada!


Sin decir nada, porque no está para meterse en discusiones, Sofía va a la cocina y le sirve un trago descomunal de Ron Plata, llevándole en un plato aparte los limones y la sal.

 —Aquí está pues —le dice, acercándole una mesita—, pero me extraña que me digas eso, bien que te gusta el té de manzanilla.

—¡Qué me va a andar gustando! Me lo tomo para darte gusto a vos, para que no creas que soy un incivilizado, pero ya me aburrí de darte gusto. Vos sos como una gata angora, que si se la meten grita y si se la sacan, llora.

Sofía no responde nada. Se va hacia la cocina y en el camino lleva una media sonrisa burlona y piensa que ya va a ver Rene qué clase de gata angora es ella. «No habrá problema mañana», piensa, quizás ni necesite usar el té de floripón. Acaba de recordar que al día siguiente es viernes y lo más probable es que Rene llegue borracho de la cantina de Patrocinio.

 En el confesionario del padre Pío, la madera huele a humedad. Gertrudis cierra las cortinas moradas y se arrodilla. A los pocos momentos, oye la voz del sacerdote tras la rejilla, cubierta también con un trapo púrpura. Le sudan las manos a la muchacha y no levanta la cabeza ni para ver la silueta del perfil del viejo cura, cansado de oír tantos pecados al fin de la tarde.

 —Ave María Purísima. —Sin pecado concebida.

 —¿Cuándo fue la última vez que te confesaste, hija?
 —Hace un mes, padre.
 —Te escucho. —Estoy enamorada de un hombre casado, padre Pío, pero siento que ni que usted me lo pida voy a dejar de estarlo.

 El padre Pío se endereza y tose. Hombre la Gertrudis, piensa, de quien menos se lo hubiera imaginado, siempre tan religiosa y devota y ahora salirse con este pastel.

—Pero, vos sabes que eso es faltar al noveno mandamiento, es un pecado muy grave

. —Pero en este caso no, padre, porque la mujer de él no lo quiere. Él no es feliz.

 —Eso no importa, hija. Sucede con mucha frecuencia que en los matrimonios uno de los dos o los dos, dejan de sentir amor, pero lo que Dios ha unido, no lo puede separar el hombre. Además, están los hijos.

 —No tienen hijos, ni los van a tener porque ella no quiere.

—Ella no se puede oponer a los designios de Dios.

 —Eso era antes de las pastillas, padre, ahora es diferente.

 Gertrudis se arrepiente de haberlo dicho pero le es difícil controlar su ansiedad, los nervios que desde hace días no la dejan dormir y  le han alterado las funciones intestinales. No sabe por qué vino a confesarse cuando ya está decidida a no cejar en su empeño, cuando ya le untó a Rene las botas con la pomada que le diera doña Carmen y sabe, además, que la poción hizo su efecto porque Rene ronda su casa y hasta ha llegado a invitarla a almorzar a la oficina en Managua.

Le pide perdón al padre Pío y, en un arranque, se deja de contemplaciones y le cuenta toda su tragedia, omitiendo solamente su encuentro con la hechicera porque sabe que eso sí que no se lo perdona el sacerdote.

El padre la regaña, la aconseja, la persuadede que abandone su idea, a nada bueno la puede llevar. Si todos saben lo enamorado que siempre ha estado Rene de la Sofía, todas las cosas que le ha aguantado.

 —Tenés que renunciar, hijita, o no te puedo dar la absolución.

 —Padre, ¿y si él pide la anulación del matrimonio a Roma?

 —Toma años y no siempre es posible. Hay que tener razones contundentes.

 —Pero él las tendría, padre. A mí me consta que la Sofía no le ha tenido hijos porque no ha querido.

 «Traidora», se dice a sí misma, pero no puede detenerse de contarle al cura cómo ella misma se ha encargado de comprarle las pastillas en las farmacias, a través de todos estos años.

 Cuando la Gertrudis, llorando porque él nole ha dado la absolución, se levanta y sale del confesionario, el viejo inclina la cabeza y se persigna, orando calladamente para que la Virgen Santísima no permita que él también tenga que creer que el alma de la Sofía está poseída por el demonio.

En la cantina de Patrocinio, Rene se emborracha con determinación.

 Fernando, en una mesa más apartada mira al patrón y lo compadece. A él no se le ha escapado el cambio de los últimos días. Desde hace años, ha sido la sombra de aquel hombre, acompañándolo a negocios y borracheras, a visitas ocasionales a los lupanares donde las putas se lo pelean, dada su fama de superdotado. Ahora lo ve enamorado de otra mujer y le da rabia que él todavía sufra cuando por fin pareciera abrírsele una esperanza para salir del hechizo de la gitana de una vez por todas.

 Ni dos minutos lo pensaría él, se dice, todo mundo sabe lo buena que es la Gertrudis y la suerte del patrón es que ella parece corresponderle.

Esa noche, cuando llegan a la casa y Rene se duerme borracho, él también se hace el dormido y no impide que la gitana, sigilosa como una serpiente, abra los portones en la madrugada con las llaves del marido, y salga de la casa con una bolsa de lona, jalando un caballo de las bridas. Cuando oye el sonido delos cascos al galope, Fernando se levanta despacio a recoger las llaves que la mujer tirara sobre la grama y se duerme......


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—Ya no me volvás a llamar.

 Al otro lado del teléfono, Esteban se suelta en preguntas y protestas. Que cómo iban a terminar antes de haber empezado, si todavía ni siquiera se habían visto. Que, por lo menos, salieran una vez, que él la adoraba, soñaba a diario con ella, la imaginaba rubia, morena, pelirroja, gorda, flaca... «Por lo menos déjame que te vea una vez», insistía.

 —De nada serviría —responde Sofía, con determinación absoluta— No sé si vos serás diferente. Nada me lo garantiza. Lo que sé es que ya me aburrí. No tengo ganas de seguir hablando con vos y si me seguís llamando, la próxima vez te pongo a mi marido al teléfono.

 —Algo te pasó. Vos nunca me has hablado así
.
 —Así soy yo de verdad. Lo que pasa es que vos nunca me conociste. Adiós Esteban. No me volvás a llamar.

Sofía se siente contenta. Le da pena por Esteban, pero está convencida de haber hecho lo conveniente. Se queda un rato sentada a la orilla del aparato, sintiendo el poder de tomar decisiones sobre su vida correrle por la sangre. Ya poco falta. Sus planes toman forma. Se ha reunido ya varias tardes con el abogado, don Prudencio, leyendo minuciosamente las escrituras de cuanto ahora pasaba a pertenecerle, los detalles de su herencia.

Se levanta y va a la cocina donde Petrona se despierta sobresaltada de la siesta que está echando como equilibrista sonámbula sobre el taburete de tres patas de la cocina.

 —Alístate café, Petrona, que ya va a venir el abogado.

 Sofía la sustituye en el taburete y saca del fondo de su blusa, un paquete de cigarrillos. Últimamente ha hecho costumbre el fumarse uno o dos cigarrillos, siempre en la cocina. Le gusta la cocina; hay un algo de refugio antiguo, cálido, que la conforta.

A las tres, el viejo de pulcra guayabera blanca, llega puntualmente con las escrituras de traspaso, los registros, los papeles, pretendiendo, como en los días anteriores, no sospechar de la insistencia de Sofía de que no debía informarle a Rene de sus visitas y hacerlas en horas en que el marido no estuviera.

 Ella lo recibe y lo hace pasar a la mesa del comedor. Hace calor y el abogado transpira, mientras Sofía revisa los folios. Cuidadosamente examina el estado legal de sus posesiones, la lista de deudores, los impuestos que se han pagado anualmente, los registros de liquidaciones de cosechas pasadas, haciendo sin cesar preguntas al abogado, de cuyas respuestas toma nota en una libreta.

 Con el mismo aire de determinación que el abogado ha llegado a temer en los pocos días que tiene de la relación profesional con ella, Sofía habla mientras le sirve el café.

 —Me lo va a traspasar todo a mi nombre de soltera y me va a hacer el favor de poner, dentro de un mes, la demanda de divorcio a mi marido. Quiero que cite a Rene por el periódico, que lo saque en los edictos esos que se publican en los anuncios clasificados y si no se presenta, como es muy probable, usted le designa un guardador que lo represente, «ad lifem», creo que se dice.

 —Pero Niña Sofía...

—Usted es mi abogado. Si se niega, busco otro que me lo haga. Sobra quien quiera ganarse la comisión que usted va a sacar con el trámite de toda esta herencia. Como su cliente que soy, le advierto que debe guardarme el secreto y proceder como yo se lo he pedido en un mes, no antes.

Don Prudencio se reprime su orgullo de respetable abogado y piensa que su amigo don Ramón no debió jamás cobijar aquella viborita en su casa, mucho menos dejarle el producto de tantos años de trabajo honrado.No hay peor cosa que poner una hembra a mandar.

 —¿Y qué hacemos con El Encanto?  —Que la siga viendo don José. Yo le tengo confianza. Ya, por otro lado, llamé a Fausto para que me venga a dar una mano.

 —¿Y está segura que quiere vender las otras haciendas?

 —Véndame las dos que son menos productivas. Con esa plata voy a hacer unas inversiones en las dos restantes.

 —Como usted diga, mi hija, como usted diga. Permítame, sin embargo, como su abogado, advertirle que tendrá muchos problemas si se divorcia. ¿Cómo va a hacer para manejar tanta finca sola? Su marido es un hombre de experiencia, un excelente agricultor.

 —Tomaré en cuenta lo que dice, don Prudencio. Tal vez Rene quiera trabajarme de administrador —dice con cinismo—. Lo espero mañana a la misma hora para firmarle el resto de los traspasos.

 El abogado, comiéndose su amor propio herido que no vale más que la jugosa comisión que deberá recibir, da la mano a Sofía y sale, secándose el sudor con un impecable pañuelo blanco.

A esa misma hora, doña Carmen se prepara para la llegada de Gertrudis.

 Con el producto de muchos años de honrado trabajo en su cantina, ha logrado construirse una modesta vivienda de paredes de concreto y pisos de, ladrillos rojos. La puerta de la calle da a una estancia rectangular que sirve a la vez de sala, comedor. Al lado izquierdo de la misma hay un pequeño pasillo a través del cual se desemboca a la habitación de la dueña y al patio de atrás donde está la cocina y el lavadero.

 La casa está adornada con muebles de los más disímiles estilos, sillas plásticas, mecedoras de madera, rústicas mesas pintadas en color. En la pared hay una imagen de la Virgen de la Inmaculada Concepción y hay tiestos de plantas sembradas aquí y allá. El pequeño patio de doña Carmen es un verdadero herbolario: manzanillas, sábila, ruda, altamisa, floripones, hojas de aire, crecen en la tapia o en bandejas de madera acomodadas sobre el suelo o sobre bloques de piedra cantera.

En su habitación, en un estante que ella maneja con llave, hay varias hileras de frascos con etiquetas donde la mujer ha ido anotando los usos diversos de las pociones. El frasco que doña Carmen examina ahora con atención destapándolo para olerlo, contiene una especie de crema de color violáceo. Todavía está olorosa, piensa, cumplirá su objetivo. Si bien tiene otras pócimas de amor que recomienda a menudo, ésta es especial porque es para torcer el amor de una persona hacia otra y ella no acostumbra hacerle este favor a mucha gente, siendo como es una maga profesionalmente responsable. No es lo mismo cuando vienen a verla esposas con maridos desamorados o novios que no se deciden a casarse, para eso la pomada es rosada y su efecto es más retardado.

 Saca el frasco del armario y pasa una parte de su contenido a otro más pequeño que ha preparado para tal fin, hirviéndolo toda la noche en agua con sebo serenado.


Se ve en el espejo arreglándose coqueta la horquilla que le sostiene el pelo para que no se le venga sobre la cara y sale a sentarse en su mecedora a la puerta de la casa. Sabe que Gertrudis no tardará mucho.

A las cinco y quince la divisa doblando la esquina, caminando con la cabeza baja. Desde que doña Carmen le propusiera darle algo para conseguir lo que quiere, se ha pasado debatiendo entre golpes y contragolpes de su conciencia entrenada para no desviarse jamás del camino de la virtud.

 Aunque ha sido criada en el Diriá y está familiarizada con las recetas de pociones mágicas, a Gertrudis nunca le ha parecido correcto andar torciendo el destino. Como católica, además, se ha criado en el respeto al matrimonio. Sin embargo, en este caso lo virtuoso no está claro. Es cierto que hay de por medio un matrimonio por la iglesia, pero ya en estos tiempos como comprobó ella leyendo la revista Hola que una azafata de Iberia dejara olvidada sobre su mesa, los matrimonios pueden disolverse y, si no, ¿cómo era que varias parejas reales y del jet set habrían logrado anulaciones papales en matrimonios que no sólo se habían consumado, sino que habían durado años y producido varios retoños? Por otro lado, nadie saldría perjudicado, ni sería ella culpable de infligirle dolor a nadie. Estaba segura de que sólo era cuestión de tiempo para que Sofía dejara a Rene; él por su parte era desgraciado... El camino de la virtud no podía ser tan torcido de pasar por alto estas circunstancias atenuantes para su comportamiento. Hasta el padre Pío coincidiría con ella, si aplicara con lógica el catecismo. Se acerca a doña Carmen, preguntándose si ella también pensará lo mismo.

 —Buenas tardes, hija —saluda doña Carmen, levantándose de su silla e indicando a la muchacha que pase adelante.
 —Buenas tardes responde Gertrudis, sintiéndose nerviosa y temiendo el tener que dar explicaciones a doña Carmen, pero ésta, como si le leyera el pensamiento, va directa al grano.

 —Aquí tengo lo que quiero darte —dice la mujer mayor, tomando el frasco de una mesa—. Vos agarras este frasquito y esta pomada que hay dentro, se la echas a esa persona, ya sea en el cuerpo o en alguna parte de sus cosas. Se la podes untar hasta en los zapatos. No importa donde, lo importante es que sea en algo que él use.

Gertrudis mira el frasco con la pomada, lo queda viendo largo rato sin decir nada.

—Y deay, muchacha, te quedaste alelada?

 —¿Y qué hace esto, doña Carmen?

—No vas a tener que esperar ni quince días para que el sujeto ese sienta que no puede vivir sin vos. Prepárate que se va a enamorar sin remedio. Esta poción no tiene antídoto —dice la mujer, sonriendo maliciosa.

—¿Y cómo sabe que yo quiero que alguien se enamore de mí?

 —¿Y vos no sabes que yo soy maga? Todo sé yo con sólo una mirada, y no te voy a mencionar nombres para que no te pongas más incómoda, pero yo pienso que haces bien. Va a ser lo mejor para todos.
—Me da miedo —dice Gertrudis casi entre dientes—. No sé si voy a poder.

 —Miedo de qué, muchacha, el que en esta vida no se arriesga, mejor estaría muerto, y esto que te doy es garantizado, es una receta que viene directo desde el más allá, comprobada. Créemelo y a nadie le digas que yo te la he dado porque, en toda mi vida, sólo dos veces la he ocupado.

Sólo me atrevo a darle direcciones al amor, cuando estoy segura que va a ser lo más conveniente.

 —¿Así que usted piensa que no estoy tentando al destino?

 —Yo creo que más bien el destino te está tentando a vos, y cuando el destino nos hace señas, es mejor oírlo —dice doña Carmen, acercándose y dándole una palmadita en la espalda.

 Gertrudis da una última mirada dudosa al frasco, lo mete en su cartera y se despide presurosa de doña Carmen, quien desde la puerta ve cómo se aleja caminando rápido...




Admin
Han pasado ya nueve días desde la muerte de don Ramón. Rene, a despecho de Sofía, ha insistido en la tradicional celebración fúnebre del novenario en la hacienda de ambos. No va a cargar él —le dice— con reputación de mal agradecido y mal hijo. Sofía encogiendo los hombros, rehúsa involucrarse en los preparativos. En gracia, doña Carmen y Petrona han tratado de sacarla de su indiferencia sin resultado. Finalmente, ha sido Gertrudis quien instalada en la casa, ha tomado las riendas de la celebración.

 Figuras de negro, algunas genuinamente compungidas y otras por compromiso, invaden por la tarde, después de la misa de cinco, la casa del matrimonio doliente donde en largas mesas con manteles blancos se sirven los tragos, las bocas y los refrescos. Fernando, el mandador, anda ocupado en la asada del ternero y los chanchos sacrificados para agasajar a los asistentes. En el Diría, los nueve días católicos son un sincretismo de antiguas religiones indígenas, que por tradición obligan a celebrar magníficamente la despedida final del muerto, una vez rezado el novenario.

Sentada en el cuarto de costura, vestida de negro y sola, Sofía habla con el muerto y se rebela contra aquella costumbre, rehusándose al banquete en su memoria. No ha querido salir de allí, a pesar de la insistencia de Gertrudis quien con la mayor dulzura ha tratado de disuadirla de su aislamiento, haciendo esfuerzos para convencerla de que los nueve días son un rito más antiguo que ellas,y que es una sana manera de recordar a los familiares que el dolor debe dar paso a la vida que sigue transcurriendo.

—Es una tradición, Sofía, ¿por qué te tenés que poner en contra de todo?

 —Es una tradición estúpida. Ocupar a los muertos para tener excusa de emborracharse y comer gratis. No quiero verlos

. —Pero es gente que quería a tu papá Ramón. Vos sabes cómo lo apreciaban.

 —No quiero ver a nadie.

 Por fin Gertrudis desiste y Sofía se queda acomodada en su sofá, mirando a través de la ventana la tinta negra que empieza a manchar las limonarias con la oscuridad de una noche sin luna.

 Mientras los demás beben y comen, esta figura sola repasa recuerdos con la minuciosidad de un avaro que contara una y otra vez las prendas dejadas en empeño. Cuando nadie la ve, como ahora, puede llorar largo tiempo sin poder controlar sollozos que parecieran nacerle del vientre, íntimamente sabe que no llora sólo la muerte del viejo, sino el miedo a la libertad que ahora puede escoger y cuya incertidumbre teme. En sus meditaciones antes de la muerte del anciano, imaginaba que no bien él muriera, ella tomaría camino y ni Rene, ni nadie, volvería jamás a saber de ella. Imaginaba llamar a Esteban, su desconocido amante verbal, para que la sacara de allí y se la llevara a Managua o a algún otro país lejano. Varias veces se imaginó en España, buscando los famosos gitanos de quienes  supuestamente descendía, pero sus fantasías habían dejado de serlo, era el momento de actuar y no podía decidir qué rumbo dar a sus pasos, ni cómo proceder.

Por de pronto, había descartado a Esteban:no saldría de un hombre para irse a enredar con otro. Esteban había sido un dulce entretenimiento para su soledad, pero no se iba a engañar de nuevo creyendo que le iría bien con él. Era mejor cortarlo y olvidarlo para empezar su nueva vida. Lo de España era puro romanticismo, ¡qué se iba a montar en avión ella que con costo había andado en jeep y a caballo! Además el pasaje, según Gertrudis, costaba una fortuna y no valía la pena empezar a dilapidar una herencia que bien administrada, podría mantenerla más que holgadamente en el pueblo.

Por muy nómada que hubiera sido su ascendencia ya ella había echado raíces en el Diría y allí se quedaría.

Había heredado una cuantiosa suma, pero la mayor parte de la riqueza de la que ahora era dueña, estaba invertida en tierras y fincas, que ella no estaba dispuesta a abandonar.

Se levanta y empieza a pasearse por la habitación. No se considera mujer de miedos y desconciertos. «Es el cansancio del duelo», se dice, para explicar el dolor que la ha llevado por primera vez a mediar la exactanoción de una soledad hasta entonces atenuada inadvertidamente por la presencia del viejo. Tendrá que celebrar los nueve días ella también, piensa, levantarse al día siguiente y darse cuenta que la vida no se ha detenido, que no la está esperando, que transcurre.

 Pronto tendrá que cocer de nuevo las flores blancas y dormir al marido, esta vez para escaparse.

 En la casa, atendiendo a todos y moviéndose con presteza de un lado al otro, Gertrudis no descansa. Ha mandado a poner mesas en el patio al otro lado del muro donde empiezan los cafetales, bajo los chilamates de raíces velludas, para servir allí las bandejas con las carnes, el chicharrón recién frito, los lomos de cerdo y las costillas con el acompañamiento de anchos chileros de vidrio con tapas de madera.

Ya los invitados levantan la voz al calor delos tragos y el ambiente pierde su tono luctuoso. Sólo las mujeres —que no beben para no poner en entredicho su decencia— mantienen la compostura: piernas cerradas y manos sobre el regazo, sentadas en las sillas al lado de los maridos, sin dejar, sin embargo, de sonreír y participar recatadas en el convivió.

Rene está satisfecho. Anda de mesa en mesa vigilando que los comensales tengan ensalada, arroz y tortillas en abundancia, que no falten las botellas de ron, las Coca-Colas, el hielo y los imprescindibles limones. De cuando en cuando dirige su mirada hacia Gertrudis y sonríe complacido, pensando cómo no se habría fijado en ella antes, esa mujercita sí tenía madera de esposa, de hembra paridora y buena mamá, no como la Sofía que ni siquiera tenía la decencia de aparecerse y saludar a la gente que venía a darle el pésame por la muerte del papá.

 Doña Carmen no pierde ni el más mínimo pestañeteo de la Gertrudis. Para ella todo está claro. Ella le podría dar un filtro a la muchacha que pondría a Rene a sus pies antes de que pasaran ocho días. Así la Sofía se liberaría del marido y saldría limpia, limpia de todo aquel enredo; en papel de víctima para más suerte, porque a las dejadas nadie las menospreciaba, sino que les tenían lástima.

 —Gertrudis, vení ve —se decide por fin doña Carmen.

La muchacha se acerca solícita. —Aja, doña Carmen, ¿quiere que le sirva algo?

 —Yo te puedo servir a vos —dice la vieja mirándola a los ojos—
Si llegas mañana en la tarde a mi casa, yo te voy a dar algo con lo que vas a conseguir lo que más querés.

Gertrudis se ruboriza y como desde niña sabe de la clarividencia y los filtros de doña Carmen, no halla qué decir.

 —Ya sabes —le dice la vieja— A las cinco te espero en mi casa. Y se aparta de ella sin esperar respuesta..

A las once de la noche se van los últimos invitados. Rene va a dejar a Gertrudis y regresa casi a la una. Sofía lo siente llegar, lo oye desvestirse quieto en el baño, lavarse los dientes y acostarse a su lado ya con olor a resaca. Espera las imprecaciones, las sacudidas sacándola del sueño que finge, la cópula violenta, pero Rene no se mueve. Se queda acostado, con las manos debajo de la cabeza, viendo el espejo del techo, recordando la forma de la cara de la Gertrudis, cómo se había puesto colorada, lo bien que sabía agarrarse las faldas para bajarse del jeep sin enseñar los calzones como la Sofía.

 Al día siguiente, doña Carmen llega a la hacienda muy de mañana con el cuento de ayudar a limpiar.

 Golpea la puerta del costurero y antes de que la muchacha le diga que pase, entra.

 —Perdóname, hijita, que entre así pero tengo que hablarte. Directa, sin dar muchas vueltas, doña Carmen le cuenta sus sospechas y el plan que ha urdido para liberarla de Rene.

 —Haga lo que quiera. De todos modos yo lo voy a dejar. Ya me lo había dicho Fausto, pero yo no le creía. ¡Pobre Gertrudis!

 —¿Pero vos querés que te ayude o no? Yo ya te armo ese romance. Tengo una pomadita que si la Gertrudis se la unta a Rene en cualquier parte, hasta en las propias botas, no va a haber quien lo detenga.

 —Désela —dice Sofía, riendo—. Me encantaría ver a Rene mareado con sopa de calzón... Yo lo que necesito, doña Carmen, es hacerle otro té de floripón y escaparme. Ya lo pensé. Dígale a Samuel si no sabe de algún lugar donde me pueda esconder unos días.

 —Samuel quedó arisco con vos de la vez pasada, pero se lo voy a decir. Lo que yo pienso es que te deberías esperar. Cuando Rene ande persiguiendo a la Gertrudis va a perder el interés de tenerte encerrada y vas a poder salir. Además si lo dejas cuando ellos ya estén enredados, vas a salir como mártir, todo el mundo lo va a entender y no vas a tener problemas con nadie.

 —No me importa lo que piense la gente y además, prefiero hacer papel de mala que de mártir. ¿Cuándo me puede traer los floripones?

 —Tenés que tener cuidado. Si se te pasa la mano, podes matarlo. ¿Y qué pensás hacer después que te escondas?

 —Eso es asunto mío —y se levanta dando por terminada la conversación.

 Doña Carmen sale pensando en lo retentada que es la mujercita esa, le recuerda cuando ella era joven y armaba escándalos de amor con un amante negro de la Costa Atlántica, que por fin se había ido a lavar carros a Miami. A él le gustaba que ella gritara como gata perseguida cuando estaban haciendo el amor. «Grita más duro» le decía, «¡que te oiga todo el barrio!» La Carmen sonríe recordando cómo una mañana, después de una noche de amor espectacular, los chavalos del vecindario habían esperado que salieran en la mañana para aplaudirlos. Era ese hombre quien la convenció para ponerle a la cantina el nombre «El Ganchazo» para desafiar a los que, envidiosos, la mal querían.

 El problema era la juventud, se dice, ya ahora, vieja, todos la respetan, pero nadie le puede quitar ese dulce sabor de lo bailado. Después de todo, para eso era joven uno y la pobre Sofía no se merecía aquel encierro desgraciado. Como mujer, no podía dejar de ayudarla, aunque a veces le dieran ganas de bajarle los calzones y darle una buena nalgueada para que se dejara de malacrianzas...