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Podría yo entenderte a ti,
tal vez el tiempo me dará el sí,
y confirme el vuelo de la monotonía,
de esa estafa de soledad
alevosa y sin piedad,
en que tu callada anarquía
te sobrepasas todo el día,
y mina tu centro invencible de gravedad.

Las trizas sin recoger,
esas minutas pérdidas
que dejas entre ver,
cuando en tu pecho sangran heridas
heridas que no logras retener.

Suplicas clemencias sin necesidad,
con la sola intención de camuflar tu ansiedad,
escondida tras la esquina de tu resignación
donde sabes que te salva tu intuición.

Y podría yo renunciar a comprenderte
y sin embargo me estrello en las horas
de mil minutos de silencio sin auroras,
consumidos sin calma para entenderte.

Y a pesar de todo:
Sé que eres crisálida si piedad,
a la cual le saldrán dos alas hermosas
y después de una eternidad,
pensaras como las bellas mariposas.
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A partir de este momento les compartiré uno de los libros que me ha gustado leer y que trae consigo muchos mensajes positivos de la vida diaria y de la lucha de las mujeres que también han sido destacadas en la historia. Dividiré cada capitulo por pagina para brindarles una lectura confortante y adecuada a su ritmo de lectura. Tratare de publicar lo mas pronto posible cada capitulo de este libro de Rosa Montero titulado La ridícula idea de no volverte a ver.

Una joven estudiante muy sabia
Pájaros con las pechugas palpitantes
El fuego domestico del sudor y la fiebre
Elogio a los raros
Radio actividad y mermeladas
La bruja del caldero
Aplastando carbones con las manos desnudas
Una cuestión de deditos
Pero me esfuerzo
Una sonrisa ferozmente alentadora
Unas viejas a las que se deshacen
La ultima vez que uno sube a una montaña
Escondido en el centro del silencio
El canto de una niña
Agradecimientos
Apéndice
Notas
Créditos



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Ella el dijo que todavía arrastraba pasado en sus venas, que tenia miedo de llegar mal o tarde, de perderla.

Entonces huiré - le contesto. No me busques hasta que las ganas de saber que podríamos ser si nos diésemos una oportunidad sean mas grandes que tus dudas.

- Cuanto tiempo tengo? - le pregunto

- Hasta que me encuentres o te olvide.
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El mundo aparece si abro los ojos

y desaparece si los cierro.
Esta mañana he puesto mis manos sobre mi rostro
y las he abierto bajo un cielo azul , donde mis ojos asustados 
han encontrado a unas gaviotas.

El mundo, querida
es tener antojo de café mientras llueve
es extrañarte y extrañar tu sombra 

es saber que la música existe y puedo repetir infinitamente esos sonidos en mi memoria
es la sombra que proyectan las cosas que veo y no comprendo
 son las estrellas que mueren a miles de año luz
el ruido que hace el mar al chocar con rocas milenarias
es el vigilante nocturno con la cara triste, porque en la lejanía esta su familia y la extraña mucho
es la muerte que nos aguarda y nos besa en cada esquina

es un remolino en el horizonte

una bienvenida

un adiós.
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Si me dieran a elegir, yo elegiría
esta salud de saber que estamos muy enfermos,
esta dicha de andar tan infelices.
Si me dieran a elegir, yo elegiría
esta inocencia de no ser un inocente,
esta pureza en que ando por impuro.
Si me dieran a elegir, yo elegiría
este amor con que odio,
esta esperanza que come panes desesperados.
Aquí pasa, señores,
que me juego la muerte.
de “El juego en que andamos”
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En la cocina de Xintal, doña Carmen, Samuel y Sofía toman café. A lo lejos se oye el aullido intermitente delos monos congos y en las ramas de los árboles bajos, cinco pájaros azules los miran. Doña Carmen y Samuel comentan la ola de chismes y rumores que se han desatado en el pueblo. Hasta hay quienes se han atrevido a decir que Sofía está escondida en el propio infierno y que ella fue quien arregló para que su mejor amiga se enamorara del marido y así salir de los dos. Samuel mira a Sofía de reojo. Siempre que la ve no puede dejar de recordar las sensaciones que tuvo cuando la llevó a caballo la noche en que convocaron a Eulalia. Por respeto a sus amigas no se ha atrevido a insinuarle nada a la muchacha, pero piensa que bien le vendría a ella instruirse sobre la magia deja carne y así poder discernir si su rebeldía le venía de la sangre o de la mera frustración de haberse casado con aquel energúmeno de Rene. Ajena a los pensamientos del hombre, Sofía trata de convencerlos de que la acompañen los tres en su recorrido de regreso a la hacienda de su infancia, pero ellos insisten en que ningún beneficio le va a traer que la vean acompañada de los más connotados brujos de millas a la redonda.

 —Ya estamos muy viejos para andar en caravana como Reyes Magos —ha concluido Samuel.

 —Pero ustedes son mis amigos y a ustedes,mal que bien, los respetan —dice Sofía.
 —Nos respetan cuando les conviene, cuando piensan que podemos solucionarles sus problemas... entonces nada importa que seamos brujos, pero con igual facilidad, nos lo echan en cara.
 Si querés, yo te puedo acompañar
—se ofrece Samuel.

—Mejor que la acompañe la Carmen -interviene Xintal, insistiendo en que nada ominoso sucederá. Ya ha consultado ella en la madrugada la poza del agua caliente y la ha visto vestida de reina, dominando vasallos y castillos.

—Tu signo son los oros —le dice—. Con oro cerrarás las bocas que te maldicen.

Cuando ve que su insistencia es inútil, Sofía va a su habitación a recoger la bolsa de lona con la que hace un mes saliera de su casa.

 Xintal la abraza bajo el árbol de genízaro del patio. Se moja las manos y las pasa por la cara de Sofía. Luego le pide que imagine una estrella con los ojos cerrados y trace con su mano un círculo de aire. Después debe abrir los ojos y cruzar el escudo.

—La estrella te protegerá —dice y da un manotazo en el árbol. Los pájaros azules levantan vuelo y hacen círculos sobre los caballos mientras Sofía y doña Carmen los montan. Salen las dos mujeres, perdiéndose al poco rato vereda abajo.

 Samuel las ve partir, admirando la curva delas caderas de Sofía que se perfila sobre el caballo.

 Sofía deja que el animal encuentre su propio ritmo en los trechos donde la tierra arcillosa del volcán mojada por las lluvias, se torna resbaladiza y traicionera. Siente nostalgia de abandonar aquel recinto de árbolesmultitudinarios. La fertilidad, el verdor y la belleza de aquellos parajes, contrastan con lo seca y arisca que se palpa por dentro. ¿Qué le esperará? Muchos de los trabajadores del Encanto la conocen desde niña y la servirán, obligados por el afecto de toda una vida sin conocer nada más que la obediencia y lealtad a don Ramón. Con los que no hay afecto de por medio, usará los oros, como dice Xintal. En tiempos de pobrezas y dificultades económicas, pocos podrían rechazar los salarios que ella pensaba pagar.

Ante esos números sobraría quienes se arriesgaran a ser convertidos en sapos y culebras por sus supuestas hechicerías y pactos con el diablo porque desde niña la habían satanizado. Sonríe dándose ánimossilenciosos, afirmando los poderes de su determinación de atravesar cuanto obstáculo quisiera situarle en el camino la superchería hipócrita del Diría, que lo mismo convivía con la magia que la rechazaba. Será feliz en El Encanto, se promete y se distrae imaginandola vieja casona pintada y arreglada con muebles de mimbre que mandará a traer de Masatepe y Granada. No ha terminado de formular la idea, de imaginarse la camioneta llegando a la finca con las sillas y las mesas, cuando en un fogonazo, similar al que acompaña en la sangre de los sabios el gran descubrimiento, se percata de que ya no necesitará que alguien los escoja por ella, ella misma podrá ir en el jeep a buscarlos, a verlos, a tocarlos y regatear los precios. Podrá ir allí y donde se le antoje porque ya no hay más muros, ni Renes, ni Fernandos cerrándole las puertas.

No puede reprimirse y exhala un hondo suspiro de alivio y alegría.

-¿Y deay hija, qué te dio? —Doña Carmen se vuelve a mirarla y piensa que hace mucho no recuerda haberla visto con la cara sonriente e iluminada que ahora ve bajo la sombra de los árboles. Ha vuelto a ser la muchacha de su fiesta de bachillerato, bailando a más no poder en el patio de secar café.

 —¡Ya nadie me encerrará! Nadie podrá decirme qué hacer o qué no hacer —dice Sofía—. Seré libre —dice. No se había percatado hasta que pensó en las sillas que le gustaría comprar. Ahora ella misma podría salir y escogerlas. No tendría ya que esperar que Petrona se apareciera con las ristras de pedacitos de tela para ella poder indicarle la que debía comprar. Arreglaría la casona ella, ella haría sus mandados.

 —No te vaya a dar vértigo, mija. Hasta la libertad hay que aprender a manejarla — advierte doña Carmen.

Ya han salido a la carretera. Van pasando a la orilla de casas rosadas, verdes y amarillas. La gente las ve pasar y comenta que mira la cara de alegría con que apareció la gitana bajando del cerro, con doña Carmen, la bruja.

 En pocos días, Sofía revoluciona el tiempo del Encanto que se ha quedado estático desde la muerte de don Ramón.

Las mujeres de los mozos, retrecheras al principio hasta de acercarse a la casona, ahora friegan pisos y descuelgan telarañas porque ella les ha prometido pagarles y antes sólo a sus maridos les pagaban. Brigadas de carpinteros cambian techos y tablones carcomidos por la humedad y pintores de brocha gorda renuevan el tono celeste de las paredes.

 Ya Sofía hizo el primer viaje de compras a Masaya, regresando con géneros para las cortinas, cobertones, manteles y visillos con encajes para dividir las estancias. A pesar de los consejos de doña Carmen, quien le repiteque se cuide del vértigo pero la asiste divertida, y de Engracia que mira alarmada los cargamentos de muebles y más muebles de mimbre, camas y sillas, ella se ha dejadollevar por sus entusiasmos de improvisada decoradora, sacando de la casa cuanta silla desvencijada y mesa carcomida encuentra. «Son "antiques", son "antiques"» gime Fausto, peroella persiste en la renovación total. Ya se ha corrido en el pueblo la voz de que Sofía está botando muebles y no ha dejado de llegar a la finca más de algunade las que habían jurado no hablarle, buscando que le regale los que ya no ocupará, pero que ellas pueden reparar y usar por otros cuantos años

Varias riñas se han armado en las cantinas porque los mozos del Encanto andan orondos y hasta retan a los que hablan mal de la patraña, porque nadie de las fincas vecinas va a ganar los salarios que ellos devengarán por iguales oficios.

—Sos una fiera —dice Fausto—. Estás comprando a todo el mundo.

—Es la manera más fácil y segura de que lo quieran a uno —responde ella—, a nadie le importa trabajar para el diablo, si el diablo paga bien.

Incluso Fausto, agotado de pleitos interminables por enderezar los rumbos de la cultura nacional, ha renunciado a su lucha por hacer cine y ha aceptado el honroso título de «administrador» de la hacienda, comprometiéndose con Sofía a fingirse macho autoritario y de voz ronca, para que los campesinos, que no tienen piedad por los derechos de los homosexuales, lo respeten.

 —Blue jeans y camisa a cuadros —le advierte Sofía— Las camisetas de lagartitos las dejas para los domingos.  +

Don Prudencio, quien ha concluido finalmente con los traspasos de la herencia y ha cumplido con iniciar los trámites del divorcio, ha recibido su comisión en un cheque adjunto a la carta en que se le agradece su lealtad y se prescinde de sus servicios.

 —No le voy a estar pagando para que me mire con esa cara de reprobación
-dice Sofía.

Fausto, a quien el viejo, por las mismas razones, tampoco le hace ninguna gracia, se ha ofrecido a conseguir un nuevo abogado.

 «Sobran», asegura.

 Los planes tienen contemplado un jeep nuevo y un chofer.

 —Ya Danubio maneja por instinto. Es una colección de ancianos la que hay en esta casa.

 No hay quién en los alrededores no comente lo que pasa en El Encanto. Patrocinio, la lideresa de las lenguas viperinas no para de advertirles a todos que se cuiden y no se engañen. A ella nadie le va a decir que aquello no es producto del pacto que la gitana tiene con el diablo, si mira todas las cosas que ha mandado traer y los salarios que está pagando. Dentro de poco sale panzona y nos receta el Anticristo.

Pero en el Diriá, no sólo de magia vive la gente; la lógica de Sofía va ganando terreno y de los que antes hablaban sin medir las exageraciones, ya hay quienes callan y piensan para sus adentros que nada malo puede traerles si la dueña del Encanto les compra una buena provisión de granos o les alquila las yuntas de bueyes para arar los campos. Hasta el romance de Rene y Gertrudis ha dejado de ser noticia caliente, opacado por los cuentos de la bonanza económica que la largueza de la Sofía con su nueva fortuna va a traer a los que trabajen para ella en el pueblo.

Gertrudis habría querido no haber dejado de ser amiga de Sofía para poder asomarse y ver las maravillas que se decía había en El Encanto.

 —Tiene como tres juegos de sala distintos —comenta la Verónica— y un mosquitero de encajes en su cuarto y se dio a hacer un baño de azulejos con regadera y hasta un inodoro para hacer pipí que le trajeron de Managua y que Fausto que sabe francés dice que se llama «bidé». A don Pascual le compró todas las ollas y vieras cómo tiene el jardín de adentro. ¡Parece que se trajo todo el Mombacho! Como una reina se acomodó esa mujer. Y ni la mitad de los reales de don Ramón ha gastado. Dice don Prudencio que ni


nos imaginamos lo que ese señor había ahorrado en su vida. Por rectitud profesional no nos dijo la cantidad, pero dice que es enorme...

—Te fijas —comenta Gertrudis en un gesto de grandeza— te fijas que no es que se lo haya dado el diablo.

Pero la Verónica no está muy convencida porque para ella alguien que gasta de esa forma, comete pecado.

 Sólo con Rene no puede Gertrudis hablar de Sofía. La única vez que lo hizo, cuando empezaban los comentarios, él le había gritado que nunca, nunca más quería oír hablar de esa mujer en su presencia.
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“Hay en tus ojos una guerra
un camino que no llega
una ceguera de amor.
Hay en tus ojos un río que agua no lleva
unos pies que se alejan
¿y yo sin ti a dónde voy?
Hay en tus ojos la noche que me sueñas
y que no estoy.
Y que me atrapas y que me sueltas.

Hay capricho
cenizas
de mi pasión.
¿A dónde vamos tú y yo?

Dime dónde, en qué rincón
cuál es el cerrojo
que encierra el misterio que no se resolvió.

¿A dónde vas sin mí?
¿A dónde van tus ojos sin mi corazón?”