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Hace días que Fausto la llamó para darle el reporte de su efímera visión de Esteban. «Nada extraordinario», le dijo. «No es ni feo, ni guapo, ni alto, ni bajo, ni gordo, ni flaco, ni blanco, ni moreno. Es normal, corriente. Tiene una cara amable». Ella le insistió en más detalles, pero él persistió en la vaguedad. Por fin, le dijo: «¿Para qué querés saber cómo es? Seguí soñando».

Y siguen. Las conversaciones telefónicas se hacen cada día más apasionadas e íntimas. Hablan de lo que harán cuando se vean. Sofía le describe su cuerpo y los sueños que tiene por la noche; él le dice que se levanta mojado en las mañanas y que no puede soportar más tiempo sin verla. Varias veces Sofía ha estado tentada de citarlo en su ruta desde El Encanto hasta su casa, indicarle un quiebre del camino desde donde él podrá verla pasar a caballo, pero no se decide a hacerlo. Hay algo excitante en el hecho de no haberse visto nunca, un espacio donde su fantasía puede andar sin riendas, describiéndole a él paisajes inexistentes, fisonomías imaginadas de sí misma. Con él, mientras no la vea, puede despojarse de todos los pequeños defectosque le molestan de su anatomía, el pelo demasiado crespo, los hombros anchos, las pantorrillas un poco delgadas... Y él ¿hará lo mismo?, se pregunta, sin que le importe mucho, porque es parte del juego, del acuerdo tácito de engañarse un poco para alimentar sus sueños.

Entre los recuerdos de infancia que afloranen visiones repentinas, sus planes de envenenar a Rene y seducir a Fernando, los futuros que teje para las demás y para sí misma alrededor de Esteban, Sofía se pasa eldía sumida en un marasmo de invenciones. La realidad se mezcla con los sonidos de su mundo imaginario. Sentada en su cuarto de costura, constantemente tiene la sensación de oír el teléfono, imagina la muerte de Rene en estertores, envenenado, se ve libre en unpaisaje incompleto trazado con retazos de memorias de la infancia...

—Está como en la luna, doña Carmen —le dice Petrona a la adivina—. Parece que estuviera posesionada por los espíritus. Cuando duerme la siesta en su cuarto, grita.

Esa noche, doña Carmen espera que se apaguen las luces, que todas las puertas de las casas encierren el sueño pesado de sus moradores, para salircon su rebozo de bruja y las sandalias de suela de hule que no hacen ruido. No hay luna, pero ella conoce las calles de memoria y las puede caminar hasta con los ojos cerrados si quisiera. Hace un frío húmedo y doña Carmen mira, al pasar por la ventana de la cantina, el fantasma de Mocho con su palo de billar jugando en la mesa de pool una partida con bolas invisibles. No podía fallar, piensa. Moncho siempre salía en las noches húmedas. Ni muerto aguantaba el reumatismo que lo martirizara en vida.

Samuel la ve acercarse. Toma el candil y se asoma para alumbrarle el último trecho del camino.

— Buenas noches, hermana —saluda Samuel, extendiendo la mano para ayudarla a subir la vereda empinada que asciende del cauce hasta el rancho. Es un mestizo de cara impertérrita y facciones de barro cocido. Tiene puesto un pantalón caqui amarrado con un trozo de mecate a manera de cinturón. No llevacamisa. Su pecho muestra espacios de piel flácida debajo de las tetillas y en el doblez de la cintura. Va descalzo y sus uñas se ven blanquecinas en contraste con los pies de tierra, anchos y de piel endurecida por los siglos de andar descalzo. Se mueve con parsimonia, lo envuelve el olor del puro chilcagre que lleva entre los labios.

—Buenas noches, hermano —contesta doñaCarmen, jadeando un poco por el esfuerzo de la subida.

—Pasa adentro —dice Samuel— ¿Qué te trae por aquí? Hace rato que no te veo.

—Regáleme un poquito de café y déjemetomar aire —contesta doña Carmen, sentándose en un tosco trípode de madera.

La luz de la cocina de leña donde se calienta el café alumbra el interior de la choza. Del techo cuelgan mazos de ajos y hierbas secas. En un lado hay un catre de lona con una almohada raída y maloliente, y en las repisas al lado del fogón se ven botes de aluminio, rumeros de plátanos y dos o tres tomates. En el suelo hay tres sacos: granos de maíz, arroz y frijoles.

En la pared de palma, sobre la cama, formando un altar insólito, hay una imagen de calendario de la Virgen de los Dolores, con el corazón atravesado de espadas, hojas de Domingo de Ramos, veladoras y trozos de jengibre con formas humanas, vestidos con pedazos de trapo amarrados al descuido.

—Vengo a pedirle consejo —dice, por fin, doña Carmen, sorbiendo el café frente a Samuel que la mira mientras inhala el humo acre del puro.

—¿Sobre la gitana?

-Sí.

—¡Pobre mujer! Hay gente en el pueblo que no vacilaría en volver al tiempo de las hogueras y el potro de los españoles. La quemarían sin remordimiento, persignándose y entonándole cantos a la Virgen —rezonga Samuel— Ya hasta me han venido a pedir que la enferme para que el diablo se la lleve de una vez. Vos, a estas alturas, ya deberías saber que no hay nada que podamos hacer. Ella vino aquí con el destino escrito.

—Tengo una responsabilidad con el espíritu de la Eulalia —dice doña Carmen— La Eulalia está queriendo hablar con ella. Le ha hecho recordar escenas perdidas. Es como si su fantasma le estuviera abriendo a la Sofía la memoria. Alguna razón debe haber en esto.

—¿Me pedís que invoquemos a la Eulalia?

Doña Carmen calla. Nunca ha invocado fantasmas de muertos recientes y conocidos. Desde que se inició en el espiritismo con Samuel, ha hablado con fantasmas de épocas remotas, pero ni el mismo Moncho a quien havisto montones de veces jugando billar, se atreve a dirigirle la palabra. Cómo será oír a lapobre Eulalia desde el aire espeso de otro tiempo, se pregunta. ¿Cómo será oír la voz de un muerto que uno ha querido?

-¿No cree que le podamos causar algún mal a la Eulalia? ¿No será peligroso que se quede penando después?

-Si lo que decís de que está devolviéndole memorias a la gitana es cierto, quiere decir que anda levantada por alguna razón. No creoque le hagamos daño. Más bien puede ser que descanse de una vez, después que diga lo que le aflige.

-¿Y quién podrá hacer de médium?

—Yo no veo más alternativa que la gitana.
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—Niña Sofía, niña Sofía, la busca Gertrudis. —La voz de Petrona rompe el sueño ligero de Sofía quien se ha quedado dormida con el libro abierto sobre las piernas, sentada en la mecedora.

Hace tiempo que no ve a su amiga y se alegra de saberla allí. Se levanta, se acomoda el pelo y grita que pase.

El cuarto de costura se ha ido transformando en agradable celda de reclusa, oficina de menesteres invisibles. Hay dos sillas mecedoras de madera de cedro, repisas con libros en las paredes, plantas en las esquinas, una mesaentre las dos sillas, otra al lado de una de las mecedoras con canastos llenos de hilos detejer, una caja de madera donde guarda la baraja del Tarot para protegerla de las malas vibraciones y una vieja cómoda sobre la que hay un florero con rosas que Sofía corta todas las mañanas. En una esquina se ve la máquina de coser y un perchero donde ella coloca las camisas que va bordando.

Gertrudis abre la puerta donde ya está de pie Sofía, esperándola.

Se ve bien Gertrudis, con su falda azul, la camisa blanca y el pañuelo de colores sobre los hombros. Las amigas se abrazan.

Cómo te va en Managua?

Managua es una ciudad sin padres, dice Gertrudis, un engendro de los cataclismos, una ciudad que se repite en ciudades pequeñas y desoladas a lo largo y ancho de las rutas de buses, es una ciudad donde falta la luz y la laguna que da agua no entiende que no debe secarse, es una ciudad con cuevas de Alí Baba, barrios donde habitan los cuarenta ladrones, una ciudad que podría haber sido linda, lindísima, como una postal de esas que venden en los países donde hemos ido, con un lago que se ve a lo lejos y volcanes, pero la ciudad les da la espalda, no les ve a ellos, ni a las lagunas que tiene en el medio de su corazón donde desaguan cauces de lodo, es una ciudad con carreteras que parecen anchas pero que no lo son porque los hoyos en el pavimento obligan a los conductores a viajar en estrechos precipicios de asfalto, es una ciudad de locura...

—Vos me hablas de Managua y yo apenas ni conozco ese lugar. La verdad es que, a veces, pienso que me gustaría irme de aquí, pero no sé dónde. Fausto dice que París es bellísimo.

—Debe ser —dice Gertrudis—, pero este es mi país.

—Bueno, vos sabes que este es tu país, pero yo no. Yo no tengo país.

¿Quién dijo eso? ¿A quién le oyó decir eso? La memoria de Sofía suelta un menudo candado y una escena de feria se ilumina en el proscenio de su mente. Ve la enorme rueda giratoria con los pasajeros viajando en círculos perpetuos, escucha los sonidos tristes de organillos lamentando su suerte callejera, velos caballos de sonrisas perennes cruzar una y otra vez en su galope estático, las torres rosadas de algodón de azúcar, el blanco al que disparan los jóvenes, la mujer con cuerpo de serpiente dibujada en el dintel de una tienda color rosa viejo. Se ve ella observando desde una menuda estatura al joven bien vestido y de anteojos que pregunta a la mujer de falda floreada: ¿De dónde son ustedes? No tenemos país, contesta la mano que la jala y la lleva cerca de la mesa de mantel colorido donde las gitanas adivinan la buena fortuna.

Sofía comenta con la amiga cómo desde que murió Eulalia, los recuerdos le están volviendo. Lo malo es que son como los sueños, le dice, uno los ve claros en la mente, pero luego no existen las palabras ni siquiera para contárselos una misma. ¿Cómo hablar, por ejemplo de un tiempo espeso como melcocha de dulce que uno estira de un lado al otro o lo anda detrás como perro? Cómo hablar de casas con el techo en el piso, ventanas en el colchón de la cama, lavamanos-almohadas, mesas que se doblan como sábanas... si te lo digo y no te estoy diciendo nada porque además nada es como te lo dije, a lo mejor apenas se parece... pero yo sé que son recuerdos, que estoy recuperando los ojos de la infancia.

—Es desesperante —prosigue Sofía— A veces me quedo horas con los ojos cerrados para ver si veo las caras. Si veo, por ejemplo, lacara de la mano a la que oí decir lo de que los gitanos no tenemos país... Sé que es la cara de mi madre,Gertrudis, pero por más que trato, no puedo verla.

En eso están cuando llega Rene. Abre la puerta y cuando ve a Gertrudis, se quita el sombrero de granjero y se mira las botas sucias. Se saludan y ni la presencia de su mejor amiga, le permite a Gertrudis evitar el calor de las mejillas y el nerviosismo con que afirma con insistencia que no se puede quedar a cenar, que debe irse. Sale apresurada tras despedirse de la amiga y mientras cruza el portón de la hacienda se pregunta por qué no habrá podido olvidar ese imposible amor por Rene y el ardor que siente desde que él escogió a Sofía como esposa.
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En el camino de regreso a la hacienda, mientras Fernando lleva el caballo de las bridas, Sofía tiene la visión de Rene borracho, y una luz de las candelas de Patrocinio se filtra entre las hojas de los chilamates.

Parpadea y la visión se va. Respira hondo. ¿Qué es lo extraño, después de todo? Es viernes. Ella ya sabe que Rene llegará borracho, sabe que bebe en la cantina de Crescencio y Patrocinio, la pareja que, desde que ella recuerda, se encarga de todos los borrachos del pueblo; de emborracharlos y de hacerlos llegar sanos y salvos a sus casas. Se despreocupa y vuelve a respirar. Mira las hojas de los árboles ir perdiendo la luz. La sombra de Fernando empieza a aparecer, pequeña, a sus pies. Se ven juntas en el suelo la sombra pequeña de ella sobre el caballo y la de él. Le gusta observar a Fernando, el brazo recio, con que agarra las bridas, las manos de mandador de hacienda, toscas pero sin perder su gracia de agarraderas morenas. Las imagina tocándola, ya se le ha hecho costumbre inventar posibilidades diferentes en cada recorrido del Encanto a su casa. Desde que leyó el libro aquel del leñador y la señora con el marido inválido, dispuso encarnar en Fernando la figura del leñador. Ahora se entretiene y el viaje a caballo se le hace placentero a su cuerpo que sólo placeres solitarios conoce. Lo que más le gusta es imaginar que hace calor y el sudor se desliza por su nuca, moja los rizos del pelo que lleva recogido atrás, moja el borde de sus pechos. Fernando se seca el sudor de la cara con el antebrazo. Ella ordena a Fernando que se detenga, él obediente se detiene; ella se mete detrás de unos arbustos, se quita la ropa y sale desnuda, el pelo sin poder detener los pezones sobresaliendo entre las hebras negras, se dirigeal caballo y monta mostrándole a él, en el impulso de subirse a la montura, la redondez de sus nalgas y la hendidura oscura de su sexo. Él tiene la cabeza baja y ella le ordena desviar la marcha hacia el río. Va desnuda sobre el caballo y el movimiento de la bestia le produce un bienestar cálido entre las piernas, goza de sentir la turbación del hombre, su estado de asombro e impotencia, goza de sentir la misteriosa seducción de su cuerpo actuando sobre la espalda de Fernando, reducido a condición de servidumbre. Llegan al río y ella baja del caballo, se aparta el pelo de los pechos sudados, se despereza, se toca el sudor del cuerpo con las manos para acariciarse y luego se tira al agua, flota boca arriba sostenida por dos globos ingrávidos. Fernando levanta de vez en cuando la cabeza y la vuelve a bajar, hace círculos con el caite sobre el suelo, está rojo y ella puede oír los golpes de su corazón atronándole los huesos, haciéndolo temblar de algo que ni él mismo sabe si es rabia o excitación dominada a punta de miedo, de que el patrón no le crea nada cuando ella diga que fue él quien la obligó. Se imagina salir del agua y volver a subir desnuda sobre el caballo, pasar al lado del hombre como si él no existiera, pero dejándole caer el rocío de su cuerpo mojado, de su pelo empapado y ahora me vas a esperar a que me seque, Fernando, me vas a llevar a un lugar donde me pueda acostar en la hierba y secarme y vos te vas a sentar a esperar.

Están mojadas las piernas de Sofía sólo de imaginar todo esto a espaldas de Fernando que sigue andando, conduciendo el caballo de las bridas. Ya se ve la silueta de la casa cuando ella decide que quiere incitarlo, prepararlo como un acólito para la celebración del santo sacramento y le dice:

—¿Sabes qué Fernando? Te voy a prestar un libro que siempre recuerdo cuando me traes a la hacienda...
Le prestará el libro, él comerá la manzana y ella podrá actuar sus fantasías.
—No sé leer, doña Sofía —contesta Fernando.

Se baja rabiosa. Le da rabia Rene que tiene un mandador que ni siquiera sabe leer. Le ordena a Petrona que le prepare el agua tibia del baño y se baña como desaforada, intentando hacer ella de hombre consigo misma, pero el placer no viene, se lo lleva la cólera.

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Les comparto el libro Sofia de los presagios de autoria nicaragüense Gioconda Belli, espero sea de su agrado y deleite, ire agregando poco a poco los capitulos hasta completarlo:

A la edad de siete años, la pequeña Sofía se pierde entre la gente en medio de una vehemente discusión de sus padres y del desplazamiento atropellado de los gitanos. Aunque el destino le brinda otros padres entrañables y un mundo nuevo, también la enfrenta a muchas situaciones dolorosas y a la prepotencia patriarcal de René, un marido que la encierra y la priva de su libertad. Protegida por seres dotados de una sabiduría milenaria, la sangre y la rebeldía gitanas de Sofía se imponen a través de rituales y ceremonias antiguas, que la conducen hacia su verdadero origen y a dar, por fin, con el amor de su vida. Sofía de los presagios nos permite adentrarnos en el mundo mágico de una de las grandes narradoras de nuestro tiempo. Como ya hiciera en La mujer habitada, Gioconda Belli dibuja un personaje femenino fascinante, guiado por su instinto natural, que se perfila como el epicentro de un universo literario cargado de sensualidad, erotismo y feminidad.

I
V
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—Mi mujer es machorra -llora Rene borracho en la cantina de Crescencio.

El piso de tierra despide olor a tierra mojada; de la enredadera de campánulas azules que sirve de techo a las cuatro mesas de madera que componen el «restaurante-bar», se desprenden veloces gotas de agua. Patrocinio, la esposa de Crescencio, riega todas las tardes sin piedad de los clientes, segura de que los efluvios del agua tienen un efecto benéfico sobre el ardor que el alcohol produce en la sangre.

Desde el mostrador, Patrocinio mira a Rene con lástima. Observa cómo últimamente el hombre ha perdido la compostura, lamentándose abiertamente de su paternidad frustrada. Todos los viernes hace lo mismo: llega a las cuatro y bebe sin detenerse hasta las nueve o diez de la noche, alternando la soledad con paréntesis en que decide ser sociable y beber con amigos borrachos de otras mesas.

«Pobrecito», piensa Patrocinio comunicándose por telepatía con Crescencio, quien la mira y asiente. A ella nunca le gustó la tal Sofía. Era absurdo creer que un ser tan extraño, venido de la profundidad de la noche, podía ser igual que ellos. A pesar de lo acostumbrados que estaban todos en el Diría a convivir con hechizos y sortilegios, a ella, desde niña, la «gitana» le produjo repelos. «No es de este mundo», solía afirmar cuando algún comentario se hacía sobre la muchacha. Ellano se creía ese cuento de que los padres la hubieran abandonado. ¡Qué va! ¡Quién va andar abandonando así una criatura! Fácil le había salido al diablo meterles una hija de las tinieblas en el pueblo con aquel cuento de que los gitanos la habían dejado botada. ¡Yel pobre Rene haberse casado con ella! Patrocinio recordaba muy bien las historias del día de la boda. A Crescencio y a ella no los habían invitado gracias a Dios, pero toda la gente había compadecido al pobre Rene teniéndose que casar con aquella mujer sucia.

A quién se le iba a pasar desapercibido el designio satánico de que no se casara de blanco, sino llena de tierra, con polvo hasta en las pestañas. Y no es que Rene fuerala gran maravilla, pero era unbuen muchacho, ni peor ni mejor que todos los demás. Y ¡claro que no le iba a tener un hijo a él esa mujer! Seguro que el diablo subiría cualquier noche a preñarla. No debían ser casualidades todas las desgracias que habían pasado en el país durante tantos años y, para colmo, aquella cosa arisca de la tierra que le agarraba por estar temblando o dejándose arrasar por huracanes. ¡Seguro que de Nicaragua iba a salir el Anticristo! Por eso ella se alegraba de que la mujer de Rene no pariera. Él era el único que no sedaba cuenta de que era una bendición que su mujer fuera machorra, de que mientras más tarde la preñara Satanás, mejor para todos. Él sólo pensaba en que la gente iba a creer que para nada ocupaba su virilidad, aquel miembro grandote que se le repintaba en los pantalones y que lo había hecho famoso en la escuela donde le apodaban «el turcudo», porque decían que podía lanzar el chorro de orines más largo que cualquier otro chavalo por el tamaño de manguera que le salía entre las piernas. Con lo bien dotado que era debería dejar de lamentarse y encontrar cómo alumbrarle las entrañas a alguna mujer. Sobraba quien lo deseara. Hasta se rumoreaba que Gertrudis, la mejor amiga de la Sofía esa, estaba secretamente enamorada de Rene y por eso se había ido a trabajar a Managua para no caer en la tentación.

Patrocinio se seca las manos en el delantal, se baja del banco rústico de tres patas del bar y ajustándose las chinelas plásticas entre los dedos de los pies, camina hacia la mesa de Rene, acerca una silla y se sienta.

-No te estés quejando, Renecito -le dice—, no te luce.
Rene la mira desde el espacio quebradizo y acuoso de su borrachera.
—Mi mujer es machorra, doña Patrocinio —dice, arrastrando la voz que parece quedársele atascada entre los dientes.
—Y qué, pues, ¡qué perdés vos que sea machorra! Vos no sos el culpable. Si tanto querés tener un hijo, tenelo con otra mujer. ¡Sobra quien quiera tener hijos en este país!
Ya él lo ha pensado. Tiene incluso vistas varias perspectivas, pero en el fondo, teme comprobar la acusación de Sofía de que es él y no ella la razón de que no lleguen los hijos. Además, él se había jurado no andar dejando hijos regados por el mundo, tener los suyos, propios, tener una familia decente. Y qué bonitos le hubieran salido los chavalos con Sofía, piensa mientras se echa otro trago, pero es lajodida la que tiene el vientre cerrado, aunque mil doctores opinen lo contrario; ni siquiera parpadear la ha visto cuando su miembro enorme la penetra, es como hacer el amor con una muerta.

—Es que yo no quiero andar dejando hijos regados, doña Patrocinio, no quiero —y golpea un puño sobre la mesa—. No quiero, ¡pero por Dios que no me va a quedar de otra!
—Una cosa es tenerlos y otra dejarlos regados —dice doña Patrocinio— Vos los podes tener y no desconocerlos; les das tu nombre, los crias... y, además, la Sofía, ¿qué te va a poder decir? Vos estás en tu derecho. No es tu culpa que ella sea machorra.

—Tráigame otra media de ron y no me esté dando consejos que no soy ningún niño —le dice Rene con los ojos como vidrio cortado.

Patrocinio se levanta de la mesa. No se ofende. Desde hace cuánto que ha querido decirle a Rene lo que acaba de atreverse a pronunciar. Ella sabe que la semilla de sus palabras no se sofocará ni quedará estéril en el alcohol de sus venas. La vio entrar directo a su corazón. No es lo mismo que se lo digan los hombres. Su palabra de mujer, en estas cosas, vale mucho más que las de todos sus amigos. Y es que las otras mujeres, hasta algunas de las que dominan las hierbas, son unas timoratas. Tienen miedo de que la Sofía se dé cuenta y las hechice, porque alguien inventó que no hay contraconjuros contra los hechizos poderosos de su raza. Hasta la Engracia, que es tan beata y que se ha echado encima la maternidad de la gitana desde la muerte de Eulalia, le tiene miedo.

Pero ella ya se cansó de estar jugando el juego del diablo. Por miedo, resulta que todos le están guardando las espaldas a la Sofía esa. Total que la acaban protegiendo. ¿Y al pobre Rene? ¿Quién protege al pobre Rene?

Crescencio regresa de traer leña y Patrociniose mete a su habitación en la parte de atrás de la casa de tablas. Saca, de debajo de la cama de lona, unas candelas que tiene guardadas para cuando se va la luz. Son dos candelas largas y blancas de cebo fino. Arrima un banco de madera al calendario de la pared con la imagen coloreada de la Virgen Santísima que les llevara de regalo de Navidad el repartidor de La Prensa, y enciende las candelas, por si acaso.
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A los cuatro años de casada Sofía, muere Eulalia.

—Quién iba a pensarlo, hija —dice don Ramón en el entierro— ¡quién iba a pensar que yo iba a durar más que ella!

El cortejo fúnebre se aglomera alrededor del cementerio pequeño y colorido del Diriá. No hay quien no llore a la Eulalia. No hay quien no vea pasar por la mente imágenes vivas de la mujer cuyos restos yacen cubiertos por el velo de novia de Sofía, en el catafalco de madera de pino.

Rene toma del brazo a su mujer y trata de consolarle las lágrimas.

Sofía se suelta con violencia y camina hasta quedarse sola en un extremo de la fosa que cavan los mozos de la hacienda.

Desde que se casó, se ha puesto más alta e imponente. Durante el entierro, llora, sintiéndose por primera vez infinitamente huérfana.

Después de la muerte de Eulalia, Rene la deja salir todas las tardes a visitar a don Ramón. Pero no sale sola. Fernando, el mandador, le lleva el caballo de las bridas todo el camino de ida y vuelta.

La muerte de Eulalia tiene un efecto extraño sobre Sofía. Don Ramón lo nota. Anda nerviosa e irritable. Parece un pájaro enjaulado brincando de un lado al otro contra los barrotes. Don Ramón teme que se acabe golpeando y en las noches en que siente la muerte rondándole, la echa a gritos, porque no puede dejar sola a la Sofía. Sin embargo, la muerte le hace cada vez menos caso y él lo sabe. Últimamente le ha visto la cara.

La ha visto asomarse impúdica, sin velo, por la ventana de su cuarto.

—Tenés que calmarte, hijita —le dice a laSofía, viéndola golpear el suelo con la punta del pie, sin parar.

Sofía se mece en la butaca de respaldar alto del corredor. Se mece y se mueve en la silla. Asiente con la cabeza, pero sigue moviéndose.

—¿Has hablado con Fausto? —
Fausto dice lo mismo que usted. Dice que me calme. No sé por qué me dicen eso. Yo estoy igual.
Pero no está igual y ella lo sabe. Cuando vade regreso a la hacienda, odia a Fernando quien camina despacio llevando las bridas del caballo.

La tentación de fugarse e irse a rodar mundo en vez de pretender la pasividad de esposa «decente» que se espera de ella, la acosa, y de no ser por don Ramón, ya estaría lejos de allí sin saber muy bien dónde. Sus habilidades de agorera le han ganado fama en los alrededores y le permiten una distracción que Rene no impide por considerarla intrascendente. Últimamente, sin embargo, estádistraída y los significados de los arcanos se le escapan. No encuentra paz ni sosiego en la costura; ni siquiera en la lectura, que durante algún tiempo la entretuvo y la sacó de los muros de la casa llevándola a lugares remotos y extraños. Por las noches se queda fija viendo la televisión, hipnotizada y ausente. Cuando Fausto la llama, habla y habla con él y luego olvida qué le dijo.

—Parece una sonámbula caminando por la casa —dice Petrona a Engracia.

—Yo creo que no se le pasa la muerte de Eulalia. Y don Rene se está poniendo cada día más furioso. Un día de estos la va a agarrar del pelo y la va a zarandear. Ya le he visto la intención en los ojos varias veces.

El día de la misa de mes de la Eulalia, Sofía va a la iglesia con Rene. Don Ramón la nota más tranquila. Nota, incluso, un brillo denovedad y alegría en sus ojos y piensa que ya se le está pasando la desesperación de la muerte.

Sentada en la banca de la iglesia, Sofía no oye los rezos del cura.

Piensa en la voz del hombre desconocido con el que habló por teléfono la tarde anterior. El mismo que hacía cuatro días llamóa la casa marcando un número equivocado y que, desde entonces, no ha dejado de llamarla todos los días.

-Aló. ¿Es el 4022 de Masaya?
—No, está equivocado. Llamó al Diriá.
-¿Qué número?
-El 4122.
—Perdóneme pero tiene una voz muy bonita. ¿Cómo se llama?
—Sofía.
—También su nombre es bonito. ¿Y qué hace usted?
—Soy gitana. Leo la buena fortuna.
—Tiene una voz muy joven para ser pitonisa.
—Soy joven. ¿Y usted quién es?
—Me llamo Esteban. Soy abogado.
—Mucho gusto.
—Bueno, perdone la interrupción, pero mealegra haber hablado con usted. Tal vez me puede leer la fortuna por teléfono...
—¿No me podría llamar mañana?
—Claro que sí —y la voz del hombre suena entre divertida y cómplice.
—Me llama mañana, ¿de verdad?
—Sí Sofía, con mucho gusto la voy a llamar.

Así se lo cuenta a Eulalia en la iglesia. Por si acaso, en algún lugar, Eulalia puede oírla. No ha podido reconciliarse con su muerte tan imprevista. Siente que Eulalia, igual que su madre, la abandonó sin darle ninguna explicación. Se refuta a sí misma argumentando la ceguera de la muerte, pero en el fondo resiente y duele la pérdida de su madre adoptiva y entre los dos sentimientos se establece un balance que pone el hecho de su muerte a una respetable distancia.

Rene piensa que su mujer está rezando y agacha la cabeza intentando rezar, intentando no distraerse mirando a todos los demás que parecen absortos en el recuerdo de Eulalia que flota en medio del humo de los cirios y el cántico del sacerdote que entona el «Cordero que quita los pecados del mundo. Ten piedad de nosotros».

Después de la misa, los del pueblo se reúnen en El Encanto y comen cerdo asado y plátanos, bajo la sombra de los chilamates.

Las matronas no cesan de recordar a Eulalia, como es tradicional en esas celebraciones fúnebres; mientras los hombres discuten de precios y fertilizantes en una esquina del patio de secar café.

Sofía habla con Engracia y doña Carmen, soplándose la cara con un abanico de palma.

El vacío que la muerte de Eulalia le hiciera aflorar, ha ido cediendo a la novedad de las llamadas telefónicas, la excitación de tener un amigo que le ayude a transgredir el espacio de su encierro, otro secreto que ahora sólo ella conoce.

—Estoy segura que la Eulalia murió feliz —dice Engracia.
—Por lo menos, murió sin darse cuenta—responde doña Carmen— En eso tuvo suerte. Yo si algo le pido a Dios es que me lleve así también, en el sueño. Acostarme un día y ya está; pasar dormida al otro mundo.

—A mí me hubiera gustado despedirme de ella —dice Sofía— Nunca se me va a quitar esa sensación extraña de río haberme despedido de ella. Lo último que le dije fue «nos vemos mañana» y ahora ese «mañana» ya no va a existir jamás.

-Si, mijita. Para los que nos quedamos es triste —dice Engracia— Pero para el que se muere, es mejor no tener que despedirse. Yome acuerdo cuando se murió mi mamita... aquel desfile interminable frente a la cama y la pobre señora, afligida de saber que ya se iba de viaje... »

Para mí que eso es crueldad. Ahora que estoy vieja comprendo el miedo que ella tenía; ¡cómo lloraba! Nosotros creíamos que lloraba por la despedida. Ahora me doy cuenta que lloraba de puro miedo.

Sofía no entiende por qué tendría uno que llorar de miedo a la hora de morirse. La muerte era algo tan remoto. Se le viene a la mente el recuerdo de un carromato en llamas. Apenas si tiene recuerdos de antes del Diriá; pero oyendo hablar a Engracia y doña Carmen, tiene la visión instantánea de la ceremonia fúnebre de su abuelo gitano. Los gitanos quemaban el carromato del difunto con todas sus posesiones.

—¿Y qué irá a pasar con sus cosas? —pregunta distraída— Los gitanos las queman. Queman todas las cosas de los difuntos.

Engracia se contiene el impulso de persignarse. Jamás antes escuchó a Sofía referirse a su origen. Doña Carmen la mira curiosa.

-¿Cómo decís? —le pregunta.

—Acabo de recordar el entierro de mi abuelo gitano. No me acuerdo de su cara, ni nada. Sólo recuerdo que le prendieron fuego a su casa, a la carreta donde él vivía. Yo debía ser muy chiquita; pero recuerdo las llamaradas y todas las mujeres gritando.

—Santo Dios —dice Engracia—. Mejor que ni teacordes de esas cosas, hijita, vos ya no sos de esa gente. Acordate que esa gente te dejó botada.

«Me dejaron botada», piensa Sofía. Desde niña se lo han repetido tantas veces, casi de forma inmisericorde, sin percatarse de la desolación, el agujero en el pecho que le abrían cada vez que le recordaban el inexplicable abandono de los suyos. Ella siempre ha querido entender su destino torcido. A veces culpa a los gitanos de que la madre no haya vuelto. Quizás no la dejaron regresar a buscarla. Frecuentemente pensó que Eulalia esperaba el momento para revelarle el misterio. Más de una vez la imaginó en su lecho de muerte, dándole a conocer el oscuro secreto de su origen. Pero Eulalia murió mientras dormía. Ya nadie podría responderle.

—Me hubiera gustado despedir a Eulalia —dice, y se levanta. Camina despacio, abanicándose con el abanico de palma, hasta acercarse a don Ramón y quedarse sentada, en silencio, al lado del viejo.

La mano de don Ramón acaricia la espalda de Sofía. Cae la noche y las luciérnagas aparecen y desaparecen, las bujías en los postes se encienden alumbrando a los concurrentes; sus voces con la oscuridad se hacen más altas, intercalándose con risotadas. En una esquina, Rene ríe con sus amigos finqueros. Nadie me conoce, piensa Sofía, todos me han visto desde niña y sin embargo, nadie me conoce. ¿Qué pensarían aquellas gentes de ella?, se pregunta, ¿qué pensarían si supieran, por ejemplo, las veces que ha deseado que Fernando, al llevarla de regreso a la hacienda jalando la brida del caballo, haga un acto de locura, la meta en los cafetales y le haga un amor apasionado como el leñador de una novela que leyó o las veces que ha planeado envenenar a Rene con estricnina desde que leyó Castigo Divino, la novela de Sergio Ramírez, que ha sido tan celebrada en los periódicos y en la televisión? No quiere admitir —le parece perverso— que también ha deseado la muerte de don Ramón, la muerte de esa obligación que le condena a estar allí fingiendo ser una apacible mujer casada.

«Debería ser mala e irme de una vez», piensa, y se arrepiente de inmediato cuando don Ramón vuelve a pasarle la mano por la espalda.

—¿Aló? ¿Sofía?
—Sí.
—Es Esteban.
—¿Qué tal?
—Aquí trabajando, pensando en vos.
Silencio.
—¿Estás bien?
—Más o menos.
—¿Estás triste?
—Aburrida más bien.

Sofía se deja llevar por el tono de voz de Esteban. Lo imagina guapo y dulce, aunque no pocas veces le ha entrado la duda de estar equivocada y que más bien puede tratarse de un hombre barrigón y repulsivo. Descarta la idea sin embargo; ya que está jugando a la fantasía, se dice, lo puede imaginar tan hermoso como le parezca, al menos su voz es ronca y pastosa, agradable. Hablan de sus vidas respectivas: él le cuenta de sus frustraciones cotidianas en los Juzgados, los papeleos, los casos innumerables de divorcio que, desde que se cambió la legislación y el divorcio es unilateral, tiene que atender casi a diario. «Los males de amor van a acabar conmigo», le dice. Sofía pregunta y pregunta. «Pareciera que te querés divorciar», dice Esteban. «Algún día lo voy a hacer» contesta Sofía. El no entiende cómo una mujer como ella soporta un matrimonio sin amor, dejando que se le pase el tiempo. No puede conciliar al personaje rebelde de sus fantasías, con la mujer que argumenta responsabilidades filiales para continuar aquel contrato. Sofía lo desconcierta y le fascina.

—Fausto te ha estado llamando bastante —comenta Engracia, como quien no quiere la cosa.

Sofía la mira, no dice nada y al otro día llama a Fausto y le pide que vaya a visitarla.

Fausto llega en su carro blanco medio destartalado. Se ha dejado crecer los bigotes y lleva unos bluejeans apretados y su eterna camiseta de lagartito.

Sofía ríe al verlo acercarse. Fausto siempre le provoca una sensación extraña, más que un amigo lo considera una amiga. Puede fácilmente imaginarlo vestido con indumentaria femenina. «Es maricón», le dice Rene, y a ella le parece muy bien que lo sea. Por lo menos Rene la deja en paz con él.

Sofía lo lleva a su cuarto de costura. Ya allí, abre las ventanas para que el viento disipe el denso calor de las tres de la tarde.

—Creo que estoy enamorada —le dice.
—Ay, muchacha, no me soltes algo así tan de repente —dice él—. ¿Se puede saber quién es el afortunado mortal?
—No lo conozco. Sólo he hablado por teléfono con él.
Fausto mueve la cabeza incrédulo.
—Quiero que lo busques para que me digas cómo es, porque en cuanto pueda me escapo con él.
—Ay, mamita, no seas tan desesperada. No vas a terminar de haber salido de uno cuando ya te vas a enredar con otro...
—¿Y qué importa? De todas maneras, uno necesita pareja.

Fausto calla y luego dice que sí, tiene razón; toda persona necesita una pareja. Piensa que si a ella él le gustara un poquito, podría reconsiderar sus inclinaciones. Ser homosexual en una sociedad como la nicaragüense, es un martirio. Ser homosexual en Nicaragua es ser un íncubo, hijo del diablo, hombre de tres patas, payaso, encarnación de la antinaturaleza. Ah desgracia de haber nacido con aquella cosa entre las piernas y no como Sofía, con la elegante hendidura, las curvas, nada tosco en su construcción de instrumento musical. El a diario se arrepiente de haber dejado Francia. Todos sus esfuerzos porque le gusten las mujeres,han terminado en rotundos fracasos.

—¿Y dónde trabaja este señor? ¿Cómo se llama?

Sofía le da los datos y le pide que jure no decirle nada a nadie, sólo él y ella conocen el secreto.

—Y, además, si la Engracia te comenta que mucho me estás llamando, invéntale cualquier cosa pero convéncela de que sos vos el que me llama. Creo que tiene sus sospechas.

Engracia reza en las noches. Tiene la casa llena de candelas, ya no encuentra dónde ponerlas. Desde que se murió la Eulalia, la vida de Sofía le cayó del cielo como una responsabilidad que nadie sino ella misma se confió para su desgracia. Y desde hace días sospecha algo extraño, algo le huele a pecado, a cosa encerrada, escondida; suficientes cosas ha visto ella en su vida para que se le pase el cutis rosado de la muchacha, sus sobresaltos cuando suena el teléfono, aquello de estarse viendo en el espejo todo el día. Se comporta igual que cualquier mujer que se enamora del hombre que no le toca. Y sin embargo, Sofía nunca sale. ¿Cómo pudo haberlo conocido? ¿A través de las tapias?, pero ya Engracia las revisó todas y no hay hendiduras; ¿en la iglesia?, sólo mujeres van a la iglesia estos días. La Engracia hasta recuerda elcuento de la mujer aquella de Catarina que se enamoró de un fantasma; la gente decía que la oía gritar de placeren las noches pero nadie vio jamás nada en esa casa. Hasta hablaba con él, tía, le decía una sobrina que vivía en el vecindario... En fin, que Sofía podía estar enamorada. A lo mejor hasta de Fausto. ¿Y si no era marica Fausto y sólo se hacía? A lo mejor fingía para que Rene no le tuviera celos. Inteligente el señor ese. Seguro que era eso.Seguro que era Fausto. Y ella, ¿qué podía hacer si no rezar? Después de todo, la pobre muchacha se merecía que alguien la quisiera. Bien ganado tendría Rene que otro se la llevara si nunca tenía un gesto para con ella, la trataba con una indiferencia que a ella le helaba la sangre en las venas.

—¿Sabes Fausto que me he estado acordando de cosas de cuando yo era niña?

Fausto la mira con curiosidad. —Es como que la muerte de Eulalia despejara un área de mi memoria. O tal vez es que tenía pereza de recordar porque pensaba que ella me guardaba los recuerdos, o no sé si ella me los devolvería en sueños después de muerta... no sé, pero poco después que murió recordé el entierro de mi abuelo y más recientemente recordé otros países donde anduvimos, países con montañas altas y nieve, países donde tuve frío. Hasta recordé ciertas palabras de la noche en que me perdí. Mi padre y mi madre se pelearon...
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Toma más de un mes instalar la línea telefónica, pero finalmente el aparato rojo timbra en la sala de la casa y Petrona, Sofía, Eulalia y Engracia, se miran y ríen y contestan el teléfono entre risas.

Sofía marca el número de Gertrudis y casi no lo puede creer cuando momentos después la voz de su amiga suena tan cercana.

Cuando Rene llega por la tarde, sonríe al ver a las mujeres tan deslumbradas por un invento tan viejo.

Esa noche, por primera vez, trata de ser tierno y hablar con Sofía antes de cumplir con el rito, que es ya rutina, de la cópula.

—Ya ves que no soy tan malo —le dice, acariciándole la cabeza.

Sofía calla y respira profundo tratando de relajarse. Todas las noches, cuando él la toca, trata de desaparecer en su cuerpo. Sólo no estando, imaginándose lejos, puede soportar aquella violación cotidiana. No le ha sido tan difícil no estar allí. Ya el mecanismo le funciona casi automáticamente. Mira a Rene desde la lejanía y asiente con la cabeza antes de cerrar los ojos y sentirlo otra vez jadeando, mientras ella se entrega a fantasías macabras de castración que la librarían de soportar aquella pieza gigantesca que parece querer romperle el corazón.

Sin embargo, esa noche Rene no le da la espalda ni duerme. Quiere hablar, quiere que hablen sobre la dificultad que ella parece tener para quedar embarazada. Son ya seis meses, de casados le dice. Seis meses en que él no ha dejado de hacer lo que le corresponde más que algunos pocos días en que el agotamiento ha podido más que la obligación. Era ya hora de que ella estuviera encinta.

—A mí también me preocupa Amiente ella—, y le cuenta que Engracia ha ofrecido traer a doña Carmen, la famosa curandera de Catarina.

—Proba —dice él—. Si no, va a haber que llevarte a Managua donde un doctor.

Doña Carmen es una mujer alta y clara —«moreno lavado», llama la gente a su color—. En su juventud fue famosa por la hermosura y porque era dueña de una cantina, conocida popularmente como «El Ganchazo», en una alusión vulgar y cariñosa al tamaño de las piernas y la entrepierna de la dueña.Allí llegaban desde Managua los artistas los sábados en la tarde a beber tragos y a entretener amores clandestinos bajo la enredadera de campanitas azules del patio de tierra. Doña Carmen era aún más conocida porque echaba las cartas y leía el futuro y también preparaba pócimas para los males de amor y las enfermedades incurables. Según se decía, tenía inmejorables conexiones con el más allá.

—Léame las cartas —Le dice Sofía, cuando Engracia sale y las deja solas en el cuarto de costura.

En su cartera de palma tejida, doña Carmen tiene un mazo de cartas envueltas en un pañuelo de seda azul. Las cartas son viejas y desteñidas, pero doña Carmen las trata con todo el respeto que el futuro se merece.

—Barájalas bien — le dice — Las cortas en tres mazos con la mano izquierda y luego las juntas y me las pasas con la misma mano.

En el cuarto hace calor. Sofía está sudando y el corazón le late deprisa. Hace lo que doña Carmen dice y le pasa el manojo de cartas.

Doña Carmen las extiende sobre la mesa formando un diseño extraño.

Tira diez cartas. Una especie de cruz al medio y al lado, cuatro cartas en fila ascendente. Luego se las queda mirando en silencio. Mira a Sofía y las cartas.

—Vas a tener una hija —dice— pero no ahora. La vas a tener dentro de algunos años.
—¿Con Rene? — pregunta Sofía.
—No. Con otro hombre.
—Y esa calavera que sale allí, ¿qué es? —pregunta Sofía.
—Te salen la muerte y la torre —dice doña Carmen— Alguien tendrá que morir y muchas cosas serán destruidas. Es la purificación a través del fuego... Vas a sufrir mucho. Está en tu destino. Pero vas a conocer el amor.

—¿Y qué más dicen las cartas?
—No tendrás problemas de dinero. Dice elTarot que debes tener cuidado con tus impulsos. Déjame ver —dice doña Carmen, inclinándose sobre las cartas, mirándolas fijamente—. Vas a perder algo muy precioso. Se te soltará de las manos.

Doña Carmen levanta los ojos de la mesa y la mira dulcemente. Le toma las manos.

—Puede ser que las cartas hayan sido influidas por tu estado de ánimo. —Trata de confortarla— No sos feliz, ¿verdad?
—Trata de confortarla —, no sos feliz, ¿verdad?
—No —dice Sofía.
— Otro día te las leeré de nuevo.

Y doña Carmen las vuelve a leer otros días. Y las cartas siguen repitiendo lo mismo. Sofía quiere que doña Carmen le enseñe a leer las cartas. Después de todo, ella viene de una raza que se considera guardiana de los secretos del Tarot. Sin embargo, recuerda la prohibición que le mencionara su madre cuando niña y el problema de su sangre mezclada. «Pero doña Carmen no es gitana, se dice, y las lee. Yo tendría más derechos que ella.»

—Pobrecita la Sofía —dice doña Carmen a la Engracia, mientras caminan por la carretera de regreso a Diriá—. Va a tener un destino bien extraño. Ya ves, parecía que se había casado bien y ahora el hombre no le perdona lo del día de la boda y la mantiene encerrada. Además, a mí que no me diga; si no queda embarazada no es porque mis remedios no funcionen, sino porque, de seguro, ella ni se los bebe. Pero, en fin, tiene razón, fe tampoco le tendría hijos a un hombreasí, a menos que supiera que me va a dejar y que voy a poder yo tranquila, sola, criar al chavalo como yo quiera. Pero ella, ¡qué sabe! No sabe ni quién la parió, la pobre...

- Cose muy bien —dice la Engracia.

Doña Carmen se convierte en asidua visitante de la hacienda. Sofía la convence de que le enseñe a tirar las cartas. Largas horas se encierran ambas en el cuarto de costura, donde Sofía ya pocas veces cose y más bien sededica a tratar de entender los misteriosos dibujos de los arcanos mayores y los significados particulares de los cincuenta y seis arcanos menores. Doña Carmen le ha regalado una baraja nueva y reluciente y a través de ella, Sofía intenta persuadir al futuro de que le entregue sus claves. En poco tiempo descubre las mágicas cualidades sociales del Tarot porque Petrona se encarga de regar la voz de sus habilidades por la hacienda y pronto las mujeres de los mozos empiezan a aparecerse por la casa a indagar el favor de sus oráculos. Sofía predice, sin preocuparse mucho, fortunas o desgracias, y sus largas horas de soledad se ven atenuadas por el conocimiento de las vidas ajenas. En cuanto a su propia vida, las cartas parecen sólo producir augurios confusos que ella atribuye a la rutina y al vacío desu existencia. Doña Carmen insiste en que debe meditar las tiradas y sacudirse el miedo de intuir su destino, pero Sofía prefiere ignorar los consejos, mientras experimenta con la suerte de otros y siente un mágico poder bailarle en la sangre cuando voltea las cartas y anuncia nacimientos o amores desafortunados, frentea la mirada expectante y muda de sus interlocutoras.

Varios meses después de obligarla a tomar las pócimas de doña Carmen en su presencia, Rene decide llevar a Sofía a Managua, donde un ginecólogo que la esposa de un amigo le recomienda.

Con las manos enfundadas en guantes plásticos,el doctor revisa a Sofía de atrás para adelante, bajo la mirada tensa de Rene, quien como marido consciente de sus deberes, no la deja entrar sola al consultorio. El examen físico no indica ningún problema. Así es a veces con las primerizas, sentencia el médico, les cuesta salir embarazadas. Es cuestión de seguir «a Dios rogando y con el mazo dando».

—Ya ves, yo estoy bien —dice Sofía a Rene, cuando van de regreso a la hacienda—. Seguramente el machorro sos vos. Deberías ir a examinarte.

Rene no vuelve a mencionar el asunto.