Toma más de un mes instalar la línea telefónica, pero finalmente el aparato rojo timbra en la sala de la casa y Petrona, Sofía, Eulalia y Engracia, se miran y ríen y contestan el teléfono entre risas.
Sofía marca el número de Gertrudis y casi no lo puede creer cuando momentos después la voz de su amiga suena tan cercana.
Cuando Rene llega por la tarde, sonríe al ver a las mujeres tan deslumbradas por un invento tan viejo.
Esa noche, por primera vez, trata de ser tierno y hablar con Sofía antes de cumplir con el rito, que es ya rutina, de la cópula.
—Ya ves que no soy tan malo —le dice, acariciándole la cabeza.
Sofía calla y respira profundo tratando de relajarse. Todas las noches, cuando él la toca, trata de desaparecer en su cuerpo. Sólo no estando, imaginándose lejos, puede soportar aquella violación cotidiana. No le ha sido tan difícil no estar allí. Ya el mecanismo le funciona casi automáticamente. Mira a Rene desde la lejanía y asiente con la cabeza antes de cerrar los ojos y sentirlo otra vez jadeando, mientras ella se entrega a fantasías macabras de castración que la librarían de soportar aquella pieza gigantesca que parece querer romperle el corazón.
Sin embargo, esa noche Rene no le da la espalda ni duerme. Quiere hablar, quiere que hablen sobre la dificultad que ella parece tener para quedar embarazada. Son ya seis meses, de casados le dice. Seis meses en que él no ha dejado de hacer lo que le corresponde más que algunos pocos días en que el agotamiento ha podido más que la obligación. Era ya hora de que ella estuviera encinta.
—A mí también me preocupa Amiente ella—, y le cuenta que Engracia ha ofrecido traer a doña Carmen, la famosa curandera de Catarina.
—Proba —dice él—. Si no, va a haber que llevarte a Managua donde un doctor.
Doña Carmen es una mujer alta y clara —«moreno lavado», llama la gente a su color—. En su juventud fue famosa por la hermosura y porque era dueña de una cantina, conocida popularmente como «El Ganchazo», en una alusión vulgar y cariñosa al tamaño de las piernas y la entrepierna de la dueña.Allí llegaban desde Managua los artistas los sábados en la tarde a beber tragos y a entretener amores clandestinos bajo la enredadera de campanitas azules del patio de tierra. Doña Carmen era aún más conocida porque echaba las cartas y leía el futuro y también preparaba pócimas para los males de amor y las enfermedades incurables. Según se decía, tenía inmejorables conexiones con el más allá.
—Léame las cartas —Le dice Sofía, cuando Engracia sale y las deja solas en el cuarto de costura.
En su cartera de palma tejida, doña Carmen tiene un mazo de cartas envueltas en un pañuelo de seda azul. Las cartas son viejas y desteñidas, pero doña Carmen las trata con todo el respeto que el futuro se merece.
—Barájalas bien — le dice — Las cortas en tres mazos con la mano izquierda y luego las juntas y me las pasas con la misma mano.
En el cuarto hace calor. Sofía está sudando y el corazón le late deprisa. Hace lo que doña Carmen dice y le pasa el manojo de cartas.
Doña Carmen las extiende sobre la mesa formando un diseño extraño.
Tira diez cartas. Una especie de cruz al medio y al lado, cuatro cartas en fila ascendente. Luego se las queda mirando en silencio. Mira a Sofía y las cartas.
—Vas a tener una hija —dice— pero no ahora. La vas a tener dentro de algunos años.
—¿Con Rene? — pregunta Sofía.
—No. Con otro hombre.
—Y esa calavera que sale allí, ¿qué es? —pregunta Sofía.
—Te salen la muerte y la torre —dice doña Carmen— Alguien tendrá que morir y muchas cosas serán destruidas. Es la purificación a través del fuego... Vas a sufrir mucho. Está en tu destino. Pero vas a conocer el amor.
—¿Y qué más dicen las cartas?
—No tendrás problemas de dinero. Dice elTarot que debes tener cuidado con tus impulsos. Déjame ver —dice doña Carmen, inclinándose sobre las cartas, mirándolas fijamente—. Vas a perder algo muy precioso. Se te soltará de las manos.
Doña Carmen levanta los ojos de la mesa y la mira dulcemente. Le toma las manos.
—Puede ser que las cartas hayan sido influidas por tu estado de ánimo. —Trata de confortarla— No sos feliz, ¿verdad?
—Trata de confortarla —, no sos feliz, ¿verdad?
—No —dice Sofía.
— Otro día te las leeré de nuevo.
Y doña Carmen las vuelve a leer otros días. Y las cartas siguen repitiendo lo mismo. Sofía quiere que doña Carmen le enseñe a leer las cartas. Después de todo, ella viene de una raza que se considera guardiana de los secretos del Tarot. Sin embargo, recuerda la prohibición que le mencionara su madre cuando niña y el problema de su sangre mezclada. «Pero doña Carmen no es gitana, se dice, y las lee. Yo tendría más derechos que ella.»
—Pobrecita la Sofía —dice doña Carmen a la Engracia, mientras caminan por la carretera de regreso a Diriá—. Va a tener un destino bien extraño. Ya ves, parecía que se había casado bien y ahora el hombre no le perdona lo del día de la boda y la mantiene encerrada. Además, a mí que no me diga; si no queda embarazada no es porque mis remedios no funcionen, sino porque, de seguro, ella ni se los bebe. Pero, en fin, tiene razón, fe tampoco le tendría hijos a un hombreasí, a menos que supiera que me va a dejar y que voy a poder yo tranquila, sola, criar al chavalo como yo quiera. Pero ella, ¡qué sabe! No sabe ni quién la parió, la pobre...
- Cose muy bien —dice la Engracia.
Doña Carmen se convierte en asidua visitante de la hacienda. Sofía la convence de que le enseñe a tirar las cartas. Largas horas se encierran ambas en el cuarto de costura, donde Sofía ya pocas veces cose y más bien sededica a tratar de entender los misteriosos dibujos de los arcanos mayores y los significados particulares de los cincuenta y seis arcanos menores. Doña Carmen le ha regalado una baraja nueva y reluciente y a través de ella, Sofía intenta persuadir al futuro de que le entregue sus claves. En poco tiempo descubre las mágicas cualidades sociales del Tarot porque Petrona se encarga de regar la voz de sus habilidades por la hacienda y pronto las mujeres de los mozos empiezan a aparecerse por la casa a indagar el favor de sus oráculos. Sofía predice, sin preocuparse mucho, fortunas o desgracias, y sus largas horas de soledad se ven atenuadas por el conocimiento de las vidas ajenas. En cuanto a su propia vida, las cartas parecen sólo producir augurios confusos que ella atribuye a la rutina y al vacío desu existencia. Doña Carmen insiste en que debe meditar las tiradas y sacudirse el miedo de intuir su destino, pero Sofía prefiere ignorar los consejos, mientras experimenta con la suerte de otros y siente un mágico poder bailarle en la sangre cuando voltea las cartas y anuncia nacimientos o amores desafortunados, frentea la mirada expectante y muda de sus interlocutoras.
Varios meses después de obligarla a tomar las pócimas de doña Carmen en su presencia, Rene decide llevar a Sofía a Managua, donde un ginecólogo que la esposa de un amigo le recomienda.
Con las manos enfundadas en guantes plásticos,el doctor revisa a Sofía de atrás para adelante, bajo la mirada tensa de Rene, quien como marido consciente de sus deberes, no la deja entrar sola al consultorio. El examen físico no indica ningún problema. Así es a veces con las primerizas, sentencia el médico, les cuesta salir embarazadas. Es cuestión de seguir «a Dios rogando y con el mazo dando».
—Ya ves, yo estoy bien —dice Sofía a Rene, cuando van de regreso a la hacienda—. Seguramente el machorro sos vos. Deberías ir a examinarte.
Rene no vuelve a mencionar el asunto.
Sofía marca el número de Gertrudis y casi no lo puede creer cuando momentos después la voz de su amiga suena tan cercana.
Cuando Rene llega por la tarde, sonríe al ver a las mujeres tan deslumbradas por un invento tan viejo.
Esa noche, por primera vez, trata de ser tierno y hablar con Sofía antes de cumplir con el rito, que es ya rutina, de la cópula.
—Ya ves que no soy tan malo —le dice, acariciándole la cabeza.
Sofía calla y respira profundo tratando de relajarse. Todas las noches, cuando él la toca, trata de desaparecer en su cuerpo. Sólo no estando, imaginándose lejos, puede soportar aquella violación cotidiana. No le ha sido tan difícil no estar allí. Ya el mecanismo le funciona casi automáticamente. Mira a Rene desde la lejanía y asiente con la cabeza antes de cerrar los ojos y sentirlo otra vez jadeando, mientras ella se entrega a fantasías macabras de castración que la librarían de soportar aquella pieza gigantesca que parece querer romperle el corazón.
Sin embargo, esa noche Rene no le da la espalda ni duerme. Quiere hablar, quiere que hablen sobre la dificultad que ella parece tener para quedar embarazada. Son ya seis meses, de casados le dice. Seis meses en que él no ha dejado de hacer lo que le corresponde más que algunos pocos días en que el agotamiento ha podido más que la obligación. Era ya hora de que ella estuviera encinta.
—A mí también me preocupa Amiente ella—, y le cuenta que Engracia ha ofrecido traer a doña Carmen, la famosa curandera de Catarina.
—Proba —dice él—. Si no, va a haber que llevarte a Managua donde un doctor.
Doña Carmen es una mujer alta y clara —«moreno lavado», llama la gente a su color—. En su juventud fue famosa por la hermosura y porque era dueña de una cantina, conocida popularmente como «El Ganchazo», en una alusión vulgar y cariñosa al tamaño de las piernas y la entrepierna de la dueña.Allí llegaban desde Managua los artistas los sábados en la tarde a beber tragos y a entretener amores clandestinos bajo la enredadera de campanitas azules del patio de tierra. Doña Carmen era aún más conocida porque echaba las cartas y leía el futuro y también preparaba pócimas para los males de amor y las enfermedades incurables. Según se decía, tenía inmejorables conexiones con el más allá.
—Léame las cartas —Le dice Sofía, cuando Engracia sale y las deja solas en el cuarto de costura.
En su cartera de palma tejida, doña Carmen tiene un mazo de cartas envueltas en un pañuelo de seda azul. Las cartas son viejas y desteñidas, pero doña Carmen las trata con todo el respeto que el futuro se merece.
—Barájalas bien — le dice — Las cortas en tres mazos con la mano izquierda y luego las juntas y me las pasas con la misma mano.
En el cuarto hace calor. Sofía está sudando y el corazón le late deprisa. Hace lo que doña Carmen dice y le pasa el manojo de cartas.
Doña Carmen las extiende sobre la mesa formando un diseño extraño.
Tira diez cartas. Una especie de cruz al medio y al lado, cuatro cartas en fila ascendente. Luego se las queda mirando en silencio. Mira a Sofía y las cartas.
—Vas a tener una hija —dice— pero no ahora. La vas a tener dentro de algunos años.
—¿Con Rene? — pregunta Sofía.
—No. Con otro hombre.
—Y esa calavera que sale allí, ¿qué es? —pregunta Sofía.
—Te salen la muerte y la torre —dice doña Carmen— Alguien tendrá que morir y muchas cosas serán destruidas. Es la purificación a través del fuego... Vas a sufrir mucho. Está en tu destino. Pero vas a conocer el amor.
—¿Y qué más dicen las cartas?
—No tendrás problemas de dinero. Dice elTarot que debes tener cuidado con tus impulsos. Déjame ver —dice doña Carmen, inclinándose sobre las cartas, mirándolas fijamente—. Vas a perder algo muy precioso. Se te soltará de las manos.
Doña Carmen levanta los ojos de la mesa y la mira dulcemente. Le toma las manos.
—Puede ser que las cartas hayan sido influidas por tu estado de ánimo. —Trata de confortarla— No sos feliz, ¿verdad?
—Trata de confortarla —, no sos feliz, ¿verdad?
—No —dice Sofía.
— Otro día te las leeré de nuevo.
Y doña Carmen las vuelve a leer otros días. Y las cartas siguen repitiendo lo mismo. Sofía quiere que doña Carmen le enseñe a leer las cartas. Después de todo, ella viene de una raza que se considera guardiana de los secretos del Tarot. Sin embargo, recuerda la prohibición que le mencionara su madre cuando niña y el problema de su sangre mezclada. «Pero doña Carmen no es gitana, se dice, y las lee. Yo tendría más derechos que ella.»
—Pobrecita la Sofía —dice doña Carmen a la Engracia, mientras caminan por la carretera de regreso a Diriá—. Va a tener un destino bien extraño. Ya ves, parecía que se había casado bien y ahora el hombre no le perdona lo del día de la boda y la mantiene encerrada. Además, a mí que no me diga; si no queda embarazada no es porque mis remedios no funcionen, sino porque, de seguro, ella ni se los bebe. Pero, en fin, tiene razón, fe tampoco le tendría hijos a un hombreasí, a menos que supiera que me va a dejar y que voy a poder yo tranquila, sola, criar al chavalo como yo quiera. Pero ella, ¡qué sabe! No sabe ni quién la parió, la pobre...
- Cose muy bien —dice la Engracia.
Doña Carmen se convierte en asidua visitante de la hacienda. Sofía la convence de que le enseñe a tirar las cartas. Largas horas se encierran ambas en el cuarto de costura, donde Sofía ya pocas veces cose y más bien sededica a tratar de entender los misteriosos dibujos de los arcanos mayores y los significados particulares de los cincuenta y seis arcanos menores. Doña Carmen le ha regalado una baraja nueva y reluciente y a través de ella, Sofía intenta persuadir al futuro de que le entregue sus claves. En poco tiempo descubre las mágicas cualidades sociales del Tarot porque Petrona se encarga de regar la voz de sus habilidades por la hacienda y pronto las mujeres de los mozos empiezan a aparecerse por la casa a indagar el favor de sus oráculos. Sofía predice, sin preocuparse mucho, fortunas o desgracias, y sus largas horas de soledad se ven atenuadas por el conocimiento de las vidas ajenas. En cuanto a su propia vida, las cartas parecen sólo producir augurios confusos que ella atribuye a la rutina y al vacío desu existencia. Doña Carmen insiste en que debe meditar las tiradas y sacudirse el miedo de intuir su destino, pero Sofía prefiere ignorar los consejos, mientras experimenta con la suerte de otros y siente un mágico poder bailarle en la sangre cuando voltea las cartas y anuncia nacimientos o amores desafortunados, frentea la mirada expectante y muda de sus interlocutoras.
Varios meses después de obligarla a tomar las pócimas de doña Carmen en su presencia, Rene decide llevar a Sofía a Managua, donde un ginecólogo que la esposa de un amigo le recomienda.
Con las manos enfundadas en guantes plásticos,el doctor revisa a Sofía de atrás para adelante, bajo la mirada tensa de Rene, quien como marido consciente de sus deberes, no la deja entrar sola al consultorio. El examen físico no indica ningún problema. Así es a veces con las primerizas, sentencia el médico, les cuesta salir embarazadas. Es cuestión de seguir «a Dios rogando y con el mazo dando».
—Ya ves, yo estoy bien —dice Sofía a Rene, cuando van de regreso a la hacienda—. Seguramente el machorro sos vos. Deberías ir a examinarte.
Rene no vuelve a mencionar el asunto.

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