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Al principio, Sofía demuestra con largos silencios su desconfianza, pero a medida que pasan los días, se acomoda a su situación y aprovecha el deseo de don Ramón y Eulalia de conquistarla para conseguir cuanto quiere.

Los gitanos no regresan, ni se vuelve a saber de ellos. La niña nunca comprende por qué su madre no volvió a buscarla si decía quererla tanto. Tenía razón su padre al decir que los payos no eran gente de confiar, pero tampoco él había vuelto. Crece con la identidad extraviada. A veces tiene sueños largos y detallados en los que se ve gitana bailando en un círculo o leyendo fortunas y de los que se despierta llorando porque no logra jamás verle la cara a la madre, pero la mayor parte del tiempo sueña que los gitanos la rechazan porque tiene sangre de payos. No puede decidir qué es y en los juegos infantiles cambia de rol con gran facilidad, asimilándose a los demás o amenazándolos con los poderes mágicos de su oscura raza de origenque podrían convertirlos en sapos o en príncipes encantados según cumplan o no con sus deseos. 

Sus memorias de antes del Diría se compactan en un agujero negro que le deja para siempre horadado el corazón. 

En el pueblo hay tres bandos: el que acepta su infortunio, el que sigue augurando desgracias para cuando ella crezca y las que acostumbradas a la magia deciden tomarla bajo su protección. 

Don Ramón y Eulalia se dividen las responsabilidades de su crianza. Actuando como pareja, sin serlo, se ocupan de que a la niña nole falte nada. Cada uno se encariña con ella a su modo y, en poco tiempo, Sofía les cambia la vida y se les vuelve indispensable. Ella los quiere a su manera y juega el juego de ser la hija de ambos, aprovechando la silenciosa competencia de los viejos por su amor para lograr la mayor ventaja. Da muestras de cualidades femeninas y hacendosas en las largastardes en que Eulalia le enseña a coser y cocinar; pero también hace la fiesta de don Ramón demostrando su capacidad de jinete en briosos caballos pura sangre y acompañándolo en las rondas del pago de planillas y en excursiones al Mombacho, el volcán trunco que es un mundo contenido en sí mismo. 

La niña los seduce y los acompaña. Para ellos no importan sus incontables travesuras en las que se esconde, se disfraza y miente a más no poder, ni el hecho de que el primer año escolar que pasa en la hacienda, cuando don Ramón la lleva al internado de monjas más prestigioso de la zona —el colegio de María Auxiliadora en Granada— las monjas mandan a llamar al finquero a los tres meses y se declaran incompetentes para administrar la educación de la niña, argumentando que no tienen juicio para interpretar los problemas que se han presentado: Sofía parece tener doble personalidad, le dicen, es inteligente y hace las tareas, pero las normas y las reglas dela escuela no existen para ella. Llega tarde a las clases, se viste como le da la gana, furtivamente saca de la biblioteca libros que no son para su edad y no guarda en el baño las muestras de recato que se exigen de las internas. 

—¡Viejas llenas de prejuicios! —maldice don Ramón, llevándosela e inscribiéndola en la escuela del Diría.

La educación de Sofía es complementada por maestros privados traídos de Managua quienes se encargan de elevar sus conocimientos. Resulta una alumna aceptable y don Ramón y Eulalia concluyen que el internado nole asentaba y cada uno para sus adentros, lo interpreta como una muestra de amor de la muchacha, que no quiere estar separada de ellos. Así envejecen felices creyendo cuidarla.

Sin ruido ha transcurrido el tiempo. Sofía está por terminar el bachillerato, ya es una mujer de diecisiete años y don Ramón dice que pronto tendrá que pensar en casarse. Quiere que se case con alguien que pueda manejar la hacienda, heredar junto con ella El Encanto. 

—No esté pensando en morirse, papá —le dice Sofía. 

Pero él sabe que la muerte se acerca. De noche la siente pasar arrastrando las faldas bajo su ventana. Él la espanta, le grita que sevaya, que aún tiene asuntos pendientes y no le está abriendo la puerta. Siente la urgenciade ver el futuro, arreglar las cosas para que la Sofía quede segura y feliz como él ha logrado mantenerla todos estos años. A la Eulalia la ha compensado de sus cuidados. Ya están altos los árboles de la casa que le construyó en la propiedad, para evitar que tuviera que viajar todos los días a cuidar a la muchacha. 

Los dos, como un matrimonio distante, lahan visto tomar estatura en las piernas, engrosar las caderas. La Eulalia le ha trenzadoel rebelde pelo negro, don Ramón se ha encargado de los libros y de traerle los maestros especiales de Managua; le han consolado las pesadillas y le han abrazado los silencios hoscos de la adolescencia. 

Sofía los llama padre y madre, aunque siempre que puede, pide que le vuelvan a contar cómo eran los gitanos que acamparon aquella noche en el Diriá. 

«Son los fantasmas más vivos de mi vida» suele decirle Eulalia a su amiga Engracia. Quizás don Ramón y ella se equivocaron manteniendo vivo el recuerdo tenue en la niña, dice. Hubiera sido mejor que se olvidara degitanos y carromatos. Pero ¡qué va! La muchachita lo llevaba en la sangre. Y para colmo, nunca más se había vuelto a ver gitanos por allí. Si hasta a ella le parecía estar hablando de un sueño cuando la muchacha, cada tantos meses, volvía a pedirle otra vez que le hablara de los gitanos. Ya está grande, ¿verdad?, decía la Eulalia; ahora don Ramón andaba con la obsesión decasarla. En un mes más se bachilleraba y él había decidido hacerle una gran fiesta. No paraba de llegar gente de Masaya y de Managua con encargos, que si las gallinas, los cerdos, los dulces de Diriomo, la orquesta de Managua, las sillas, la costurera midiéndole el vestido. 

Sofía tiene un cuarto grande a la orilla del jardín. Las dos puertas de madera sólida, altas y pintadas de rojo color sarro se abren hacia el corredor y el espacio de luz y flores al medio de la casa. Su cama es de bronce con capiteles de reina y mosquitero. Para verse de cuerpo entero, su papá don Ramón le regaló en sus quince años un espejo de luna con arabescos y ángeles que buscan el techo por falta de cielo. A la orilla del espejo hay un ropero de tres cuerpos de donde Eulalia sacael vestido de organza amarilla. Sofía, sentada en la cama, la mira y se mira de reojo en el espejo. 

—Qué lindo quedó —dice la Eulalia, acariciando la falda de volantes— vamos, mijita, no seas mala, ponételo, quiero ver cómo te queda... 

—Va pues —dice la Sofía, y lo toma de los brazos de Eulalia y entra con él al baño, dando una voltereta. 

En el baño se lo pone. Se mira al espejo y se acomoda el pelo hacia atrás para que se le vean los hombros. Le gusta cómo se ve. Está excitada con la idea de la fiesta, la idea de crecer y entrar al mundo real, el mundo de los adultos, atisbado apenas a través de la curiosidad de sus ojos oscuros. No tiene modales finos. Ella misma se pone las manos en la boca e imita el sonido de trompetas antes desalir del baño, caminando despacio como ha visto hacer a las mujeres espléndidas de las películas en el cine de Diriamba.

Eulalia deja ir un silbido imitando a cualquier mozo cortador de café. Sofía no ríe. Se contiene la risa y sigue caminando hasta llegar al centro, frente al espejo y hacer una reverencia a su propia imagen que se inclina.Luego se vuelve y responde al nuevo silbido de Eulalia con una carcajada. 

«Ay, tenías que haberla visto, Engracia —diría la Eulalia a su amiga—, se veía tan vaporosa, tan fina y sin embargo, cuando se rió, fue como si toda la infancia hubiera desaparecido; era toda una gitana morena, con los ojos esos y aquel pelo ensortijado, el pelambre crespo cayéndole sobre media cara... Me dio miedo, Engracia. Nunca hemos visto nosotros nadie así. Parecía una artista de cine... ¿Cómo es que se llama una que es toda voluptuosa y que tiene cara de pecadora?... Lo tengo en la punta de la lengua... Sí, sí. La Sofía Loren. Esa misma. Esa misma.» 

Don Ramón también tiene miedo de la Sofía. Hubiera preferido que fuera como Gertrudis, su mejor amiga: que tuviera la placidez ingrávida y mansa de una virgen morena. Últimamente, ya ni le gusta llevarla a recorrer a caballo las hondonadas donde crece el café o pedirle que lo acompañe los díasde pago a la hacienda vecina que ahora le pertenece. Las miradas de los mozos no podrían ser más claras y eso que las disimulan por él. Hay que casarla pronto. De eso está convencido, incluso tiene ya varios candidatos, muchachos jóvenes y trabajadores. No son muchas las opciones; el país, con tantos años de guerra de por medio, no abunda en hombres casaderos pero hay unos cuantos y él se ha encargado de invitarlos a todos a la fiesta. 

Con el almanaque Brístol fijan la fecha de la celebración del bachillerato, para asegurar que haya luna llena. 

Los patios donde se seca el café, convertidos en escenario festivo,relumbran bajo la luz blanca y las ristras de bujías. A caballo, enjeep y a pie, van llegando los invitados de guayaberas de colores. La Nidia, la Lola y laVerónica brillan en sus vestidos satinados y espolvoreados de escarcha, otras llevan los guantes largos con que amadrinaron más de un casamiento. Hasta Fermín, el más humilde, se ha comprado ropa nueva para el bachillerato de la Sofía. La orquesta tiene violín, bajo, guitarras y trompetas. Intercala rancheras con merengues y cumbias. Hay cerveza de sifón y una mesa larga donde se ven en fila botellas de ron, platos de limones, picheles de agua, Coca-Colas y panas de aluminio colmadas de hielo. Del fondo del patio se viene el olor dúlcete de la carne asada y el chivo que se asa enterrado entre piedras y carbones. La Eulalia no se da abasto saludando a sus comadres, al alcalde, a todos los que han venido del Diriá a celebrar. Sentado bajo el gran chilamate, don Ramón preside la mesa de honor donde la muchacha sonríe a todos, mientras bebe Coca-Cola. 

No avanza mucho la noche cuando el bailese pone en lo fino. La orquesta, ya entonada, suelta merengue tras merengue y ya en la mesa de honor sólo quedan los viejos que miran a los jóvenes bailando. 

Baila Sofía y los hombres no pierden la ocasión de mirarla bailar. Sitúan a sus parejas de manera que puedan enfocar a la Sofía con los ojos entre vuelta y vuelta. El vestido amarillo de organza se convierte en vestido rojo de bailaora de flamenco. Nunca ha dejado de fascinarles la historia de la muchacha. Todos la conocen porque desde los juegos infantiles no dejaron de buscarle a la Sofía la magia de su nacimiento. Ahora creen comprenderla y los que pueden la asedian para que les conceda el don de tocarle la cintura menuda y ver si ella se deja apretar más que las otras. Las muchachas están inquietas y sienten que pierden la competencia. Se empeñan en demostrar sus habilidades y hay meneos violentos de hombros y movimientos de palo de mayo en medio de las cumbias. Las más osadas regañan a los novios; ¿y qué es lo que ves para allá? ¿Estás bailando conmigo o qué? Se carga la pista de murmullos y pisotones mal disimulados, pero Sofía no se da cuenta de nada. Para ellasólo existe ese momento triunfal e imagina que con las caderas y los brazos está lanzando alaire los libros y los cuadernos, los lápices y los maestros. 

Rene deja de bailar y no le quita los ojos de encima. Se hace a un lado y la queda viendo dar vueltas con Rogelio. Aprieta los puños de celos y se seca el sudor. Es con él que se va a casar la Sofía, se promete a sí mismo. Y cuando sea su mujer, nadie más le va a tocar ni un pelo de la cabeza. Él mismo la va a acompañar a la iglesia los domingos y la va a mantener cargada como escopeta de hacienda, preñada, hasta que se le acabe la cinturita y se le pongan dulces y maternales esos ojos oscuros que brillan demasiado, que son un peligro para ella que ni cuenta se da cómoqueda viendo a los idiotas que se derriten cuando ella los mira. 

Bota el cigarrillo, lo apaga duro con el pie, y aprovechando el instante entre pieza y pieza, se acerca a Rogelio y le dice que lodeje bailar con Sofía. Rogelio intuye su determinación y se aparta, se aleja en buscade la mesa donde se diezma el ron. 

—Sólo conmigo no has bailado —le dice René. 

Y ella sonríe y le hace un gesto con el pelo y la cintura indicando que eso pronto se remedia porque la música empieza a sonar de nuevo. 

Rene es un gran bailarín. En las fiestas enJinotepe le hacen rueda los amigos y las muchachas se mueren por bailar con él. Con Sofía, se desata en sus mejores pasos. Le hace dar vueltas complicadas y pronto los dos bailan como pareja de competencia. Los demás se detienen a mirarlos. René fija los ojos en los de ella y la hace moverse a su ritmo. Hasta don Ramón, la Eulalia y los mayores de la mesade honor, se acercan a la pista del patio de secar café a mirar qué bien bailan los muchachos.Sofía se siente eufórica porque René la lleva como ella habría llevado a su pareja sile hubiera tocado ser hombre. Le gustan los ojos intensos que no dejan de mirarla, igual que se miran las parejas que bailan en las portadas de los long-plays. Cuando el baile termina, siente que René le gusta. Se va con él a acompañarlo al ron con Coca-Cola bajo el mango y cuando la fiesta termina y todos se van, sabe que muy pronto tendrá novio. 
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