Sofía escucha con la cabeza baja lo que dice doña Carmen y también siente miedo. Está a punto de decir que no, cuando doña Carmen empieza a esbozar el plan de cómo harán para sacarla escondida de la casa sin que nadie se entere. Eso sí le interesa. Oye con los ojos bien abiertos que existe una receta de té de floripón que haría dormir a Rene y Fernando un sueño pesado del que nada podría despertarlos hasta el amanecer. Cuando duerman, le sacarán a Rene de la camisa las llaves del portón y saldrán. Samuel las estará esperando con unas bestias detrás del muro para llevarlas a su rancho. Nadie se enterará de nada, le dice. La Petrona será su cómplice.
La posibilidad de poseer la receta del té de floripón, convence a Sofía. Lo que le interesa es la fórmula del somnífero que hará dormir a Rene.
Eso sí puede cambiarle la vida.
Faltan pocos días para hacer descender a Eulalia al ámbito de los vivos. Sofía ahuyenta las imágenes. Llama a Esteban por teléfono más que de costumbre, obligando a la secretaria a sacarlo de las sesiones del Juzgado bajo cualquier pretexto. Esteban no entiende, pero regresa a la sala de sesión con la mirada brillante de amor y hace defensas vehementes de casos en los que ni él mismo cree.
Eulalia anda flotando alrededor de Sofía y ella le huye por los corredores de la casa, escondiéndose en el huerto, deshierbando las plantas de tomate y arrancando antes de tiempo las lechugas. Petrona anda nerviosa quebrando copas y vasos. Sólo doña Carmen llega tranquila por las tardes a sentarse con Sofía y explicarle lo que se requiere para servir de médium de un espíritu en pena. A Sofía yale parece verse sentada al lado de Samuel con los ojos cerrados, «dejando que la mente seponga en blanco» para que el espíritu de Eulalia entre en ella y hable por su boca. En la semana de los preparativos, apenas si puede comer por el nerviosismo y un día antes de la noche señalada, Rene la encuentra vomitando en el baño después de la cena y le ayuda a sostener la cabeza y se comporta muy tierno con ella, creyendo que, por fin, está embarazada.
Sofía sonríe fingiendo agradecimiento. Se deja secar la cara con la toalla, todo el tiempo pensando en las hojas de floripón que tiene escondidas entre la ropa interior.
A las cuatro de la tarde del miércoles empiezan los preparativos. Petrona, doña Carmen y Sofía se encierran en la cocina. El cuarto de cocina es amplio y en él conviven lo antiguo y lo moderno. Rene insistió en construir una cocina de leña para estar prevenido en las épocas en que, por las guerras o los desastres, escaseaba el gas butano en el país.
Petrona usa la cocina de gas para hornear pasteles bajo la supervisión de Sofía, a quien le da de vez en cuando por probar un libro de recetas españolas que le regalara Fausto; el resto del tiempo, la doméstica teme las historias de explosiones y prefiere la leña que abunda en la casa. Hay una mesa de fórmica en el medio,con taburetes de trípode que se conocen como «patas de gallina» y dos sillas de asiento enjuncado, herencia de la Eulalia. De clavos acomodados a lo largo de la pared cuelgan cacharros y ollas de todos los tamaños. Una mata de bananos madura en una esquina, cerca de la refrigeradora que sobresale en el ambiente con un aire esbelto de blanca aristocracia.
Hay dos ventanas en la cocina; una da al frente de la casa y la otra mira hacia el jardín donde Sofía cosecha legumbres. Petrona cierra la que da al frente y se sacude las manos en el delantal sin saber por qué.
—No cerrés la ventana — le dice doña Carmen— Nadie tiene que pensar que estamos haciendo algo a escondidas.
La muchacha obediente la abre de nuevo.
Sofía está sentada en una de las butacas enjuncadas, mirando con ojos fijos los preparativos de doña Carmen, quien sobre un trozo de madera, machaca suavemente las hojas de floripón. Levanta los ojos y le dice a Petrona que no se preocupe. «Mandé a Fernando a traerme unas naranjas al Encanto.Estamos solas.» Petrona se tranquiliza y se ocupa de las galletas de jengibre, la cajeta de coco y los caramelos de limón. Servirán a Rene postres después de la cena, acompañados por té de hierbabuena. Ya Sofía lleva días ensayando a darle té antes de la hora de dormir, con el cuento de que las infusiones ayudan al descanso y al buen funcionamiento de los riñones. Rene asiente porque sabe que es conveniente estimular los cultivos caseros de su mujer.
Doña Carmen pone a hervir agua en una cacerola renegrida. —Con dos hojas es suficiente -dice, espolvoreando en el agua las hojas machacadas— , el té de floripón puede hacer dormir, pero también puede matar si se nos pasa la dosis. Sofía le ayuda a Petrona a enrollar las bolitas de caramelo de limón en el azúcar. Las tres mujeres guardan silencio. Se escucha el sonido del agua, el hervor de la miel, el raspar del caramelo sobre los gránulos de dulce. En la cocina, las tres semejan brujas antiguas, brujas sin espanto, ni escobas, brujas blancas,diosas ocupadas en la fragua del sueño de los hombres. Oficio antiguo, de mujer.
Petrona, de vez en cuando, levanta los ojos y mira a Sofía. No sabe qué tiene ella que le produce miedo. La quiere pero la teme. Nunca ha querido creer los cuentos de algunas mujeres del pueblo como Patrocinio y otras que a pesar de esto, no dejan de llegar a que les lea las cartas; piensan que la gitana es hija del demonio o que el diablo sólo espera el momento para llevársela por los aires, poseerla y dejarla preñada del Anticristo. Sofía es buena con ella, le regala ropa y zapatos viejos, pero no tan viejos que ella no pueda usarlos y verse mejor que muchas otras en la misa de los domingos. Además, Eulalia la crió y todos saben lo buena que era Eulalia a pesar de su manía de encerrarse a llorar a los hijos. Doña Carmen le inspira respeto. No estaría ayudándole a Sofía si creyera que ella mantenía vínculos con el diablo. Ella tampoco lo creía. Sólo porque era huérfana hablaban mal de ella; y por aquella ocurrencia del caballo el día que se casó.
Petrona levanta los ojos y mira a Sofía, sus dedos largos dando forma a la melcocha de limón, rodando y volviendo a rodar sobre el azúcar como si estuviese tocando otra cosa con expresión perdida, ida, hipnotizada.
Petrona se frota los brazos para que no le suba el escalofrío.
Doña Carmen espera que haya buena luna; que el floripón haga efecto, que todo salga bien y Eulalia se manifieste. Esta mañana se bañó con agua de canela para ahuyentar los malos espíritus y las envidias que irradian malas vibraciones. No puede negar que tiene el estómago algo jugado, la misma sensación que la invade un momento antes de voltear las cartas, cuando les lee el Tarot a los hijos y no sabe si al voltear los naipes alguna mala desgracia aparecerá en los arcanos y ella no sabrá qué decir.
Pero nada tiene que temer de Eulalia, se dice. Hay muertos cuyo conjuro puede traer hasta disturbios en el clima por lo rabioso de sus aflicciones, pero está segura que las señales de Eulalia no son problema de remordimientos, ni de culpas ocultas que haya dejado sin resolver. Sabe que la forma en que se le manifiesta a la Sofía es una de las maneras en que el amor sigue manteniendo la energía después de la muerte, porque de seguro no tuvo tiempo de revelarle a la muchacha misterios que, quizás, le harían la vida más llevadera.
Sofía no quiere aceptar que tiene miedo. El miedo no es para ella. Ella es diferente. Aunque nunca ha dejado de humillarle la manera en que los ojos silenciosos de los demás le esgrimen el abandono de su oscura y errante procedencia, desde que empezaron a asomársele los recuerdos se siente indomable, dueña de otra noción del tiempo y el espacio, de un conocimiento distinto de la muerte y del origen de la vida. Los gitanos eran portadores de misterios arcanos y desde siempre pudieron aprisionar el futuro y el pasado en luminosas bolas de cristal. Para ellos la muerte era sólo otra dimensión, una curva de la esfera moviéndose a otra velocidad. Eulalia estaría allí, retenida con sus secretos. Su sangre gitana la encontraría. No tenía por qué tener miedo.
Si tan sólo Eulalia pudiera darle indicios, rumbos, latitudes o longitudes. El mundo es enorme y desconocido. Si tan sólo pudiera abrazarla una vez más, volver por un instante a sentirse Sofía de trenzas y lazos en la mecedora del corredor de la tarde, pequeña como para acomodarse en el pecho de Eulalia. Ella sí quiso a esa mujer. A ella y a don Ramón. Por eso está aún allí esperando que muera don Ramón, que la muerte la libere de ese amor para siempre.
El té está preparado. Doña Carmen revuelve el agua incolora donde hay un leve perfume a sueños prohibidos. Las tres mujeres se asoman al agua y ven el reflejo de sus ojos como si se asomaran al umbral de una dimensión ignota donde réplicas fieles de sí mismas viven y las miran.
Arreglan los dulces en la bandeja. Petrona saca el mantel bordado que Rene le trajo de regalo a Sofía en un viaje que hizo a Panamá y lo extiende sobre la mesa. Doña Carmen se acerca al espejo que hay en el corredor sobre el lavamanos esmaltado. Se mira, se echa agua en la cara, se humedece las manos para alisarse las hebras de pelo que se le han salido del moño que ajusta, volviendo a ensartar las peinetas.
—Bueno, hija —dice a Sofía— Ahora ya sabes lo que tenés que hacer. A las once te espero con Samuel detrás del muro.
Y se despide.
Sofía pone a cocer el té de hierbabuena para que cuando Rene llegue sienta el olor desde la puerta. Mueve la cuchara de palo en el agua, lentamente, sin poder evitar la sensación que ha experimentado toda la tarde de estar flotando, de observar los objetos, la luz que cae sobre el jardín deshilachando azules y malvas, como si estuviera muy lejos, como si ella misma fuera un espíritu. Sólo la presencia de Petrona con su nerviosismo haciendo tintinear los cacharros de la cocina mientras los lava en el fregadero, mantiene estático el tiempo de la realidad.
Las dos se miran y se llevan los dedos a los labios como si estuvieran jugando, cuando se escucha el sonido del jeep de Rene, la voz de Fernando que abre las trancas del portón.
Sofía sale de la cocina, secándose las manos en el delantal. Sonríe con sonrisa de esposa haciendo que Rene se pregunte de nuevo si es que su mujer no estará embarazada. Está cambiada desde hace días, anda como sin hacer ruido, hundida en sí misma como ha visto que sucede a las mujeres cuando tienen un ser escondido en las entrañas con quien parecen estar hablando secretos. La abraza, pasándole afectuoso el brazo por los hombros, llevándosela para adentro de la casa, hacia la sombra del interior que huele a hierbabuena. Ya está harto del nuevo experimento de ella, esto de servirle infusiones y darle galletas y dulces después de la cena. Vaya a saber, se dice, de qué novela habrá sacado estas ideas refinadas que no van con él; pero en fin, tratará de decírselo con delicadeza, no vaya a ser que esté realmente en estado y el disgusto pueda afectarla.
Se tomará el té y fingirá que le halaga aquel ridículo escenario de cenar con mantel bordado, con los platos acomodados como para una comida de señoritos de ciudad. A quién se le habrá ocurrido sugerirle esa excentricidad, cuando a él lo que le gusta es comer sin camisa, sin formalidades, con sus buenas tortillas y plátanos cocidos, la cuajada en su hoja de chagüite, el chilero con su tapa de madera. Así ha cenado hasta hace pocos días, cuando Sofía le pidió que la dejara «atenderlo», «fingir» que estaban en un restaurante. Y él por halagarla, porque se divirtió con la ocurrencia los dos primeros días, le dijo que sí, pero ahora ya se está aburriendo de las infusiones, de la ceremonia. Y le pregunta, al final de la cena, si no le importa que se quite la camisa, para tomarse el té que ella le ofrece ahora en la taza de loza floreada.
Como advirtiera doña Carmen, el sueño llegare lativamente rápido. Rene no sabe por qué de golpe siente el cansancio ablandarle los huesos. Sofía lo ayuda a llegar a la cama. Lo desviste como si estuviese borracho. Él la oye moviéndose para quitarle la ropa, las botas; la ve sobre él y le parece que su cara se ha vuelto traslúcida, que puede ver a través de la piel de ella la figura de una mujer desvistiendo a un hombre repetido hasta el infinito en los espejos.
Mientras Rene sueña con parejas copulando y niños que lloran bajo tupidos mosquiteros, Sofía, acompañada por Petrona, que le ha aplicado la misma receta a Fernando, se anuda en el cuello el rebozo celeste que le cubre la cabeza y sale por el portón que la doméstica vuelve a cerrar con las llaves incautadas.
El cielo está oscuro. Nubes zoomorfas semejando monstruos que guardarán el rumbo circular de la luna, dan a la noche una atmósfera espectral. Sofía camina de prisa al lado del muro que circunda la casa, hasta llegar a la parte de atrás donde ya la esperan Samuel y doña Carmen montados en sendos caballos. Samuel la ayuda a subir detrás de su montura. Sofía se sujeta de la cintura del hombre y pronto los animales avanzan a trote rápido, cortando por veredas la ruta hacia la casa del hechicero.
Samuel siente el calor del pecho de la muchacha sobre su espalda, el roce de sus piernas cerca de la parte baja de las caderas. No hay nada suave en ella, piensa. No puede siquiera percibir miedo. Le parece verla oteando la noche del campo, territorio ignoto desde sus encierros. Sofía mira las sombras delos elequemes, la figura retorcida de los troncos de los chilamates, las ramas de donde cuelgan, como harapos, manojos de raíces, el intermitente aleteo plateado de las luciérnagas. Sus ojos, sus poros, absorben la densa oscuridad, respirándola, gustándola. Aprieta más fuerte la cintura de Samuel cuando los caballos, ya en el cauce más alejado que desemboca en el sendero hacia el rancho del hombre, rompen en un galope cadencioso, que mueve sus caderas haciéndolas oscilar rítmicamente. El hombre escucha la respiración agitada de ella, siente la euforia de la mujer metiéndosele por la camisa y por el pantalón.
Al llegar y detenerse los caballos, le ayuda a bajar en un roce de alientos alterados y piensa que los demonios de la gitana no huelen a azufre, sino a reseda y a ninfas bañadas en las pozas oscuras donde la luna cada noche sumerge sus misterios.
Doña Carmen mira a todos lados cerciorándose de que nadie merodea cerca del rancho, antes de entrar al recinto apretado de la única habitación de Samuel.
Después del aroma enloquecedor de la noche, Sofía no puede evitar un gesto de repulsa al entrar en la estancia donde habrá de tener lugar la ceremonia: candelas de sebo amarillentas están dispuestas en círculo, despidiendo efluvios rancios que se mezclan con olores a sudores viejos, a la palma ahumada de las paredes y al polvo acumulado en los sacos de granos que Samuel guarda en una de las esquinas..
El hombre ha puesto frente al círculo de candelas gruesas y cortas, el catre a manera de asiento para los tres. Frente al catre, al otro lado del círculo, hay una banqueta dispuesta para que el fantasma de Eulalia pueda sentarse y descansar del largo viaje que están a punto de obligarla a emprender con los antiguos conjuros.
Sobre la cocina de leña, hay más candelas y unos cacharros de barro donde arden hierbas despidiendo humos negruzcos y acres.
—Faltan quince minutos para las doce —dice Samuel— Guardaremos silencio, pensaremos en Eulalia y a las doce empezaremos.
Sientan a Sofía en el medio. Samuel se acomoda a su lado izquierdo y doña Carmen a su derecha. Se toman las manos. Sofía los vecerrar los ojos y los cierra a su vez. Los abre de nuevo y recorre la vivienda del brujo, el desorden de su pobreza, el altar con la Virgen de las espadas. Lo mira de reojo a su izquierda, sin camisa, brillándole el sudor en el fondo cobrizo de la piel que pareciera metal bruñido a la luz de las candelas. La mano de él está inerme en la de ella. Ha dejado de ser hombre para convocar a los espíritus. No es muy viejo Samuel, piensa, tendrá cincuenta años seguramente bien vividos y fornicados. Recuerda que Gertrudis hacía algún tiempo le había contado que una amiga que le consultó sobre un mal de amor, recibió la siguiente respuesta: «mal de varón, sólo con varón se quita». Y ella, de tanto estar encerrada, se está volviendo perversa: primero las fantasías que imagina con Fernando y ahora con Samuel. En el caballo, ha sentido lo mismo que cuando se encierra horas y horas enel baño a encontrarle razón a las pasiones de los libros y a los condenados placeres de la carne. Fue suficiente la cercanía del brujo para que el orgasmo le reventara entre las piernas, igual que cuando se toca hablando por teléfono con Esteban. «Todas las gitanas son putas.» Eso le había dicho Rene el día que se casaron. Quizás tenía razón. O era, como había leído Fausto, que su raza venía de una mujer que existió antes de Eva y que hizo el amor con Adán sin quedar marcada por el pecado original. Ella no entendía el pecado como parecían entender lo Gertrudis, Petrona y hasta Eulalia. Ella era diferente. Cerró los ojos, tratando de pensar en Eulalia, en la infancia remota, el día en que bajó del cerro y la vio por primera vez. Apenas lo recordaba. Su memoria era una serie de fotos fijas, nada fluido, nada como un cuento que uno pueda narrarle a otra persona: Eulalia cosiendo en la máquina haciéndole vestidos; Eulalia supervisando la construcción de la casa que don Ramón le mandó a construir para que Sofía la tuviera cerca del Encanto, ella jugando entre los ripios, los bloques y las varillas, robándose mangos, con Eulalia visitando a doña Carmen y a las señoras que hacían cajetas en enormes peroles de barro en Diriomo. Eulalia detenida en una risa cuando le modeló el vestido de su bachillerato; la mirada de horror de Eulalia, cuando entró en la iglesia el día que se casó y la vieja se le acercó y le quitó la tierra de la cara con un pañuelo mojado en su propia saliva, y la expresión de angustia de Eulalia cuando regresó de la luna de miel, y después sus consejos para sobrellevar el encierro, las recetas de cocina, el planchado del quiebre de los pantalones de Rene, los cuellos de las camisas...
—Ya es hora —dice Samuel y se levanta.
Doña Carmen también se levanta. Los dos se van al lado del círculo donde está el taburete que han dispuesto para Eulalia. Se arrodillan uno a cada lado de la banqueta. Samuel ha tomado uno de los cacharros de barro con las hierbas que sueltan humo acre y las dispersa formando un círculo alrededor del mueble, mientras ambos emiten un sonido sin palabras que suena a pechos huecos y lamento.
Sofía cierra los ojos, como le instruyera doña Carmen, trata de poner la mente en blanco, concentrarse en el sonido de los dos hasta que siente que los pulmones se le están llenando de ese sonido y que ella también se está convirtiendo en un lamento, en ansia de ser niña, niña corriendo detrás de las cometas en el mirador de Catarina, cometas de periódicos con papelillo en las colas, corriendo detrás de los garrobos, de las lagartijas a las que cortaban las colas para verlas moverse con vida propia ya despegadas del cuerpo...
—Eu, eu, eu, eu... —el sonido de dos vocales entonado por las voces lejanas del hombre y la mujer inclinados junto al taburete, entra en Sofía y se hace viento... «lalia, lalia, lalia» siente que dice y siente que la llama «Eulalia» con todo su ser; las lágrimas le corren por las mejillas y tiene frío: Eulalia, Eulalia, Eulalia y sopla el viento las candelas y cuando Sofía abre los ojos, sólo están encendidas las que estaban en el suelo y Eulalia está sentada sobre el taburete, fumándose su punto chilcagre de las tardes, como si nada.
—No te le acerques —advierte Samuel a Sofía, adivinando el impulso de ella de abrazar a Eulalia— ni cruces el círculo de las candelas.
El hechicero y doña Carmen se levantan despacio y caminan en cuclillas alrededor del círculo, hasta volver a sentarse al lado de Sofía en el catre y tomarse de las manos.
—Te hemos llamado por la Sofía —dice doña Carmen.
—La Sofía me llamó —dice Eulalia— Quería que yo la abrazara. Lo sentí en todas las raíces de la tierra empujándome para fuera.
—¿Cómo estás, mamá Eulalia? —pregunta Sofía.
—Aburrida, hijita. La muerte es un largo aburrimiento. No hay días, ni noches; es un tiempo que no se mueve.
—Te fuiste sin decirme adiós.. .
—Y por eso no acabo de irme. -¿Sufriste?
—No. Fue rápido. Fue como hundirse en un pantano negro lodoso y volver a encontrar a un montón de conocidos hablando todo lo que no dijeron en vida. Los muertos están llenos de palabras sin sonido.
—¿Y por qué me abriste la memoria?
—Desde donde yo estoy, el tiempo es una espiral. Es posible ver hacia abajo todos los días hasta el momento de la muerte. El pasado es de los muertos; en cambio el futuro ya no lo vemos porque hemos dejado de movernos. Sin movimiento, el tiempo no existe. Viajé en la espiral hasta tu pasado, Sofía. Ahora lo conozco y era necesario que sintieras necesidad de conocerlo.
—¿De dónde soy, de dónde vengo, quién soy? —pregunta Sofía. Tantas preguntas y el temor de que Eulalia se esfume otra vez.
—Tu pueblo viene andando por siglos. No son de ninguna parte. Vos naciste en un lugar árido y sin volcanes en tiempo de calor, pero tu país no existe porque los gitanos no tienen país; venís de un hombre y una mujer igual que todos, de Sabino y Demetria, pero no sé sus apellidos porque no me atreví a bajar hasta el nacimiento de ellos, por miedo de perderme y no poder regresar; sos esto que sos, hijita, lo que tocas cada mañana al levantarte, lo que soñas despierta y dormida, lo que no sos aún...
—Esas no son respuestas, mamá Eulalia... eso no me dice nada —la desesperación va enredándose en la voz de Sofía.
Hay tiempos que suben en espiral, pero hay tiempos que giran en círculo. Eso pude ver en mi viaje hacia tu pasado. Tu tiempo es un círculo. Lo que se vivió antes de vos, lo volverás a vivir y eso es peligroso. Témele al amor y a sus arranques, témele a tus manos, lío no sé cómo se rompen los círculos del tiempo. Soy muy vieja y los muertos ya nada podemos aprender, pero sé que hay círculos que se rompen. Los he visto desde las esquinas de la espiral donde muero, hay círculos que los vivos logran romper. Ojalá rompas el tuyo. Tenés que buscar los símbolos, Sofía; encontrando tu pasado, encontrarás tu futuro... —¡No te vayas, mamá Eulalia...! —grita Sofía. Pero ya Eulalia ha desaparecido. Apenas se ve el tizón de su purito chilcagre, cruzando el aire hacia el espacio donde de nuevo seguirá estando, mirando las espirales y los círculos inmóviles.
Sofía se queda quieta un momento. Se levanta, cruza el círculo de las candelas, toca el taburete, mira a Doña Carmen y a Samuel, manotea en el aire con ojos de loca, sale a la puerta y regresa.
La adivina y el hechicero no se mueven. Observan cómo la muchacha torna del profundo desconcierto con el cuerpo tenso. La ven pasar del estupor a la furia de todas las preguntas que dejara Eulalia sin respuesta. Sofía se desata en patadas y puñetazos. Patea candelas, patea la banqueta donde estuvo Eulalia, grita, jura, maldice, agarra la noche a manotazos.
—¡Esto fue todo! ¡Para esto me trajeron! ¡Para que no me dijera nada! ¡Para que me hablara del pasado en parábolas! ¡Para que se volviera a morir con sus secretos! ¡Para esto estuvimos como idiotas! ¡Para esto, para esto... ni quince minutos se quedó! ¡Eulaliaaaaa! -grita.
Samuel es el primero que se mueve. Se le acerca esquivando los golpes de los multiplicados brazos de la muchacha, hasta que logra sujetarle una mano y con la otra la agarra limpiamente a bofetadas.
—¡Ya! -4e dice— ¡Ya! ¡Diabla de mierda, ya!
—¡Samuel! —grita doña Carmen, interviniendo— ¡No le grites así! ¡No tenés derecho! ¡Déjela!
-No ves que está histérica? —grita Samuel— ¿La voy a dejar que me desbarate toda la casa?
Doña Carmen arranca a Sofía de las manos de Samuel que la tienen sujeta por los brazos. La acerca a su pecho abundante. Sofía los está mirando a los dos con cara de estupor. Se resiste al abrazo de la mujer y se toca el ardor de los golpes de Samuel en las mejillas.
—Llévenme a mi casa —casi escupe—. Ahora mismo. ¡Nada tengo que hacer aquí con ustedes!
Ciertamente, Eulalia habló poco esa noche. Ella sabía que, al día siguiente, Sofía sería libre y lloró desde la muerte....