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A partir de este momento les compartiré uno de los libros que me ha gustado leer y que trae consigo muchos mensajes positivos de la vida diaria y de la lucha de las mujeres que también han sido destacadas en la historia. Dividiré cada capitulo por pagina para brindarles una lectura confortante y adecuada a su ritmo de lectura. Tratare de publicar lo mas pronto posible cada capitulo de este libro de Rosa Montero titulado La ridícula idea de no volverte a ver.

Una joven estudiante muy sabia
Pájaros con las pechugas palpitantes
El fuego domestico del sudor y la fiebre
Elogio a los raros
Radio actividad y mermeladas
La bruja del caldero
Aplastando carbones con las manos desnudas
Una cuestión de deditos
Pero me esfuerzo
Una sonrisa ferozmente alentadora
Unas viejas a las que se deshacen
La ultima vez que uno sube a una montaña
Escondido en el centro del silencio
El canto de una niña
Agradecimientos
Apéndice
Notas
Créditos



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Ella el dijo que todavía arrastraba pasado en sus venas, que tenia miedo de llegar mal o tarde, de perderla.

Entonces huiré - le contesto. No me busques hasta que las ganas de saber que podríamos ser si nos diésemos una oportunidad sean mas grandes que tus dudas.

- Cuanto tiempo tengo? - le pregunto

- Hasta que me encuentres o te olvide.
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El mundo aparece si abro los ojos

y desaparece si los cierro.
Esta mañana he puesto mis manos sobre mi rostro
y las he abierto bajo un cielo azul , donde mis ojos asustados 
han encontrado a unas gaviotas.

El mundo, querida
es tener antojo de café mientras llueve
es extrañarte y extrañar tu sombra 

es saber que la música existe y puedo repetir infinitamente esos sonidos en mi memoria
es la sombra que proyectan las cosas que veo y no comprendo
 son las estrellas que mueren a miles de año luz
el ruido que hace el mar al chocar con rocas milenarias
es el vigilante nocturno con la cara triste, porque en la lejanía esta su familia y la extraña mucho
es la muerte que nos aguarda y nos besa en cada esquina

es un remolino en el horizonte

una bienvenida

un adiós.
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Si me dieran a elegir, yo elegiría
esta salud de saber que estamos muy enfermos,
esta dicha de andar tan infelices.
Si me dieran a elegir, yo elegiría
esta inocencia de no ser un inocente,
esta pureza en que ando por impuro.
Si me dieran a elegir, yo elegiría
este amor con que odio,
esta esperanza que come panes desesperados.
Aquí pasa, señores,
que me juego la muerte.
de “El juego en que andamos”
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En la cocina de Xintal, doña Carmen, Samuel y Sofía toman café. A lo lejos se oye el aullido intermitente delos monos congos y en las ramas de los árboles bajos, cinco pájaros azules los miran. Doña Carmen y Samuel comentan la ola de chismes y rumores que se han desatado en el pueblo. Hasta hay quienes se han atrevido a decir que Sofía está escondida en el propio infierno y que ella fue quien arregló para que su mejor amiga se enamorara del marido y así salir de los dos. Samuel mira a Sofía de reojo. Siempre que la ve no puede dejar de recordar las sensaciones que tuvo cuando la llevó a caballo la noche en que convocaron a Eulalia. Por respeto a sus amigas no se ha atrevido a insinuarle nada a la muchacha, pero piensa que bien le vendría a ella instruirse sobre la magia deja carne y así poder discernir si su rebeldía le venía de la sangre o de la mera frustración de haberse casado con aquel energúmeno de Rene. Ajena a los pensamientos del hombre, Sofía trata de convencerlos de que la acompañen los tres en su recorrido de regreso a la hacienda de su infancia, pero ellos insisten en que ningún beneficio le va a traer que la vean acompañada de los más connotados brujos de millas a la redonda.

 —Ya estamos muy viejos para andar en caravana como Reyes Magos —ha concluido Samuel.

 —Pero ustedes son mis amigos y a ustedes,mal que bien, los respetan —dice Sofía.
 —Nos respetan cuando les conviene, cuando piensan que podemos solucionarles sus problemas... entonces nada importa que seamos brujos, pero con igual facilidad, nos lo echan en cara.
 Si querés, yo te puedo acompañar
—se ofrece Samuel.

—Mejor que la acompañe la Carmen -interviene Xintal, insistiendo en que nada ominoso sucederá. Ya ha consultado ella en la madrugada la poza del agua caliente y la ha visto vestida de reina, dominando vasallos y castillos.

—Tu signo son los oros —le dice—. Con oro cerrarás las bocas que te maldicen.

Cuando ve que su insistencia es inútil, Sofía va a su habitación a recoger la bolsa de lona con la que hace un mes saliera de su casa.

 Xintal la abraza bajo el árbol de genízaro del patio. Se moja las manos y las pasa por la cara de Sofía. Luego le pide que imagine una estrella con los ojos cerrados y trace con su mano un círculo de aire. Después debe abrir los ojos y cruzar el escudo.

—La estrella te protegerá —dice y da un manotazo en el árbol. Los pájaros azules levantan vuelo y hacen círculos sobre los caballos mientras Sofía y doña Carmen los montan. Salen las dos mujeres, perdiéndose al poco rato vereda abajo.

 Samuel las ve partir, admirando la curva delas caderas de Sofía que se perfila sobre el caballo.

 Sofía deja que el animal encuentre su propio ritmo en los trechos donde la tierra arcillosa del volcán mojada por las lluvias, se torna resbaladiza y traicionera. Siente nostalgia de abandonar aquel recinto de árbolesmultitudinarios. La fertilidad, el verdor y la belleza de aquellos parajes, contrastan con lo seca y arisca que se palpa por dentro. ¿Qué le esperará? Muchos de los trabajadores del Encanto la conocen desde niña y la servirán, obligados por el afecto de toda una vida sin conocer nada más que la obediencia y lealtad a don Ramón. Con los que no hay afecto de por medio, usará los oros, como dice Xintal. En tiempos de pobrezas y dificultades económicas, pocos podrían rechazar los salarios que ella pensaba pagar.

Ante esos números sobraría quienes se arriesgaran a ser convertidos en sapos y culebras por sus supuestas hechicerías y pactos con el diablo porque desde niña la habían satanizado. Sonríe dándose ánimossilenciosos, afirmando los poderes de su determinación de atravesar cuanto obstáculo quisiera situarle en el camino la superchería hipócrita del Diría, que lo mismo convivía con la magia que la rechazaba. Será feliz en El Encanto, se promete y se distrae imaginandola vieja casona pintada y arreglada con muebles de mimbre que mandará a traer de Masatepe y Granada. No ha terminado de formular la idea, de imaginarse la camioneta llegando a la finca con las sillas y las mesas, cuando en un fogonazo, similar al que acompaña en la sangre de los sabios el gran descubrimiento, se percata de que ya no necesitará que alguien los escoja por ella, ella misma podrá ir en el jeep a buscarlos, a verlos, a tocarlos y regatear los precios. Podrá ir allí y donde se le antoje porque ya no hay más muros, ni Renes, ni Fernandos cerrándole las puertas.

No puede reprimirse y exhala un hondo suspiro de alivio y alegría.

-¿Y deay hija, qué te dio? —Doña Carmen se vuelve a mirarla y piensa que hace mucho no recuerda haberla visto con la cara sonriente e iluminada que ahora ve bajo la sombra de los árboles. Ha vuelto a ser la muchacha de su fiesta de bachillerato, bailando a más no poder en el patio de secar café.

 —¡Ya nadie me encerrará! Nadie podrá decirme qué hacer o qué no hacer —dice Sofía—. Seré libre —dice. No se había percatado hasta que pensó en las sillas que le gustaría comprar. Ahora ella misma podría salir y escogerlas. No tendría ya que esperar que Petrona se apareciera con las ristras de pedacitos de tela para ella poder indicarle la que debía comprar. Arreglaría la casona ella, ella haría sus mandados.

 —No te vaya a dar vértigo, mija. Hasta la libertad hay que aprender a manejarla — advierte doña Carmen.

Ya han salido a la carretera. Van pasando a la orilla de casas rosadas, verdes y amarillas. La gente las ve pasar y comenta que mira la cara de alegría con que apareció la gitana bajando del cerro, con doña Carmen, la bruja.

 En pocos días, Sofía revoluciona el tiempo del Encanto que se ha quedado estático desde la muerte de don Ramón.

Las mujeres de los mozos, retrecheras al principio hasta de acercarse a la casona, ahora friegan pisos y descuelgan telarañas porque ella les ha prometido pagarles y antes sólo a sus maridos les pagaban. Brigadas de carpinteros cambian techos y tablones carcomidos por la humedad y pintores de brocha gorda renuevan el tono celeste de las paredes.

 Ya Sofía hizo el primer viaje de compras a Masaya, regresando con géneros para las cortinas, cobertones, manteles y visillos con encajes para dividir las estancias. A pesar de los consejos de doña Carmen, quien le repiteque se cuide del vértigo pero la asiste divertida, y de Engracia que mira alarmada los cargamentos de muebles y más muebles de mimbre, camas y sillas, ella se ha dejadollevar por sus entusiasmos de improvisada decoradora, sacando de la casa cuanta silla desvencijada y mesa carcomida encuentra. «Son "antiques", son "antiques"» gime Fausto, peroella persiste en la renovación total. Ya se ha corrido en el pueblo la voz de que Sofía está botando muebles y no ha dejado de llegar a la finca más de algunade las que habían jurado no hablarle, buscando que le regale los que ya no ocupará, pero que ellas pueden reparar y usar por otros cuantos años

Varias riñas se han armado en las cantinas porque los mozos del Encanto andan orondos y hasta retan a los que hablan mal de la patraña, porque nadie de las fincas vecinas va a ganar los salarios que ellos devengarán por iguales oficios.

—Sos una fiera —dice Fausto—. Estás comprando a todo el mundo.

—Es la manera más fácil y segura de que lo quieran a uno —responde ella—, a nadie le importa trabajar para el diablo, si el diablo paga bien.

Incluso Fausto, agotado de pleitos interminables por enderezar los rumbos de la cultura nacional, ha renunciado a su lucha por hacer cine y ha aceptado el honroso título de «administrador» de la hacienda, comprometiéndose con Sofía a fingirse macho autoritario y de voz ronca, para que los campesinos, que no tienen piedad por los derechos de los homosexuales, lo respeten.

 —Blue jeans y camisa a cuadros —le advierte Sofía— Las camisetas de lagartitos las dejas para los domingos.  +

Don Prudencio, quien ha concluido finalmente con los traspasos de la herencia y ha cumplido con iniciar los trámites del divorcio, ha recibido su comisión en un cheque adjunto a la carta en que se le agradece su lealtad y se prescinde de sus servicios.

 —No le voy a estar pagando para que me mire con esa cara de reprobación
-dice Sofía.

Fausto, a quien el viejo, por las mismas razones, tampoco le hace ninguna gracia, se ha ofrecido a conseguir un nuevo abogado.

 «Sobran», asegura.

 Los planes tienen contemplado un jeep nuevo y un chofer.

 —Ya Danubio maneja por instinto. Es una colección de ancianos la que hay en esta casa.

 No hay quién en los alrededores no comente lo que pasa en El Encanto. Patrocinio, la lideresa de las lenguas viperinas no para de advertirles a todos que se cuiden y no se engañen. A ella nadie le va a decir que aquello no es producto del pacto que la gitana tiene con el diablo, si mira todas las cosas que ha mandado traer y los salarios que está pagando. Dentro de poco sale panzona y nos receta el Anticristo.

Pero en el Diriá, no sólo de magia vive la gente; la lógica de Sofía va ganando terreno y de los que antes hablaban sin medir las exageraciones, ya hay quienes callan y piensan para sus adentros que nada malo puede traerles si la dueña del Encanto les compra una buena provisión de granos o les alquila las yuntas de bueyes para arar los campos. Hasta el romance de Rene y Gertrudis ha dejado de ser noticia caliente, opacado por los cuentos de la bonanza económica que la largueza de la Sofía con su nueva fortuna va a traer a los que trabajen para ella en el pueblo.

Gertrudis habría querido no haber dejado de ser amiga de Sofía para poder asomarse y ver las maravillas que se decía había en El Encanto.

 —Tiene como tres juegos de sala distintos —comenta la Verónica— y un mosquitero de encajes en su cuarto y se dio a hacer un baño de azulejos con regadera y hasta un inodoro para hacer pipí que le trajeron de Managua y que Fausto que sabe francés dice que se llama «bidé». A don Pascual le compró todas las ollas y vieras cómo tiene el jardín de adentro. ¡Parece que se trajo todo el Mombacho! Como una reina se acomodó esa mujer. Y ni la mitad de los reales de don Ramón ha gastado. Dice don Prudencio que ni


nos imaginamos lo que ese señor había ahorrado en su vida. Por rectitud profesional no nos dijo la cantidad, pero dice que es enorme...

—Te fijas —comenta Gertrudis en un gesto de grandeza— te fijas que no es que se lo haya dado el diablo.

Pero la Verónica no está muy convencida porque para ella alguien que gasta de esa forma, comete pecado.

 Sólo con Rene no puede Gertrudis hablar de Sofía. La única vez que lo hizo, cuando empezaban los comentarios, él le había gritado que nunca, nunca más quería oír hablar de esa mujer en su presencia.
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“Hay en tus ojos una guerra
un camino que no llega
una ceguera de amor.
Hay en tus ojos un río que agua no lleva
unos pies que se alejan
¿y yo sin ti a dónde voy?
Hay en tus ojos la noche que me sueñas
y que no estoy.
Y que me atrapas y que me sueltas.

Hay capricho
cenizas
de mi pasión.
¿A dónde vamos tú y yo?

Dime dónde, en qué rincón
cuál es el cerrojo
que encierra el misterio que no se resolvió.

¿A dónde vas sin mí?
¿A dónde van tus ojos sin mi corazón?”
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El amor se puede comparar con una noche de verano: cálida y hermosa, pero siempre llega la mañana: fría y solitaria. El corazón siempre se entrega de una a tres veces en la vida, pero la primera es la mas dolorosa: es la que nunca se olvida. 

Cada vez que lo recuperamos, no vuelve a ser el mismo, nos convertimos al principio en escépticos, pero el tiempo todo lo cura. Toda buena obra, como todo buen artista; con un dialogo te puede pasar de la risa al llanto, del amor al odio. Es por eso que todo ser humano nunca debe olvidar que el corazón se entrega al primero que lo busca y no al primero que lo visita.
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Mientras me recuesto en mi cama despues de un dia cansado llegas a mi mente, vienen esas memorias de mi vida contigo y es ahi cuando mi nostalgia comienza a apoderarse de mis manos que me obligan a plasmar letras, letras que siempre han sido y serán tuyas, aunque tal vez jamás sepas de ellas y sobre todas esas historias que inventó mi cabeza ingenua de los sueños que siempre quisimos cumplir juntos, de esas promesas que dijiste que cumplirias para verme sonreir y que ahora las has olvidado. Te recuerdo tanto que aveces puedo sentir la calidez que tu cuerpo le daba al mio llegando a casa mientras habia una fuerte tormenta o tus labios cuando me besaste en la calle 6 bajo esa lampara que parpadeaba esa noche. Aun puedo escuchar el ruido del tren cuando gritaste por primera vez un "te amo". Te recuerdo en el momento que me levanto por las mañanas y siempre estabas tu para darme los buenos dias. Pero te juro que te recuerdo tanto que ya no estoy segura si solo fuiste mi sueño o eres mi pasado.
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Hay instantes en la vida en que creemos haber caído en un agujero oscuro y profundo del que no lograremos salir jamas, como si una bomba hubiera estallado sobre nosotros y hubiese destrozado nuestras vidas con un toque ligero y limpio. Todo lo que hemos vivido hasta ese momento se derrumba, se destruye, desaparece de la faz de la tierra y entonces nos preguntamos que va a ser de nosotros, como vamos a hacer para volver a sonreír. Lo peor de todo es que salimos a la calle y vemos que la gente sigue sonriendo, los niños siguen jugando en el parque, las parejas siguen besándose como si no hubiera mañana. Nada ha cambiado, todo permanece igual, solo tu eres distinto.
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Despacio han pasado los días para Sofía, pero con Xintal se siente feliz y a veces quisiera no irse nunca de allí, de aquel lugar escondido en la vegetación, que nadie puede ver porque el rancho tiene colores de camaleón y se confunde entre arbustos y árboles centenarios, cuyas copas dan una sombra perenne. La rústica vivienda tiene paredes de tablones, techo de viejas tejas y sobre las piedras canteras que forman la cocina, crece una enredadera de buganvilias que se trenza sobre el techo y aparece sobre los huecos que forman las ventanas. Más de una vez, cuando hace viento, las flores moradas aparecen como condimentos en el arroz y los cocimientos de verduras. La cocina divide el espacio entre los dos cuartos de piso de tierra apelmazada y en ella pasan las dos mujeres la mayor parte del día, porque Xintal se especializa en cocimientos capaces de curar desde la picadura de las culebras hasta el dolor de las menstruaciones. Ollas de barro y calderos de tosco aluminio se agrupan sobre estanques que también exhiben una gran profusión de recipientes de vidrio donde hay líquidos verdes, ámbar y rojo encendido, así como hierbas y otras sustancias indescriptibles. En la habitación donde duerme Sofía, hay sacos de granos y efigies de barro de mujeres de vientres protuberantes y grandes mamas, que Xintal decora para vender en el mercado como amuletos para la esterilidad. En el cuarto de la vieja, se apilan muebles desvencijados de otros tiempos y un altar a una diosa de largas piernas, desnuda y con un carcaj de flechas al hombro. La vivienda se prolonga hacia el patio donde está el horno para las estatuillas y el pan, y un rudimentario huerto que produce tomates, lechugas, pipianes, rábanos, culantro, perejil, pepinos, frutas y cebollas. Bajo un árbol de genízaro, se ve el lavadero y al fondo la casa de la letrina

. —No me hace falta salir de aquí más que una vez al mes —dice la vieja—, la ciudad no es buena para el espíritu.

 Hay momentos en que Sofía tiene la sensación de estar en algún lugar de tiempos muy remotos, donde los relojes se guiaran por cielos y estrellas diferentes. No se cansa de observar y hablar con la vieja cuyo misterio la ronda y forma halos de luz, arco iris tenues a su alrededor. A ratos, en la cocina, Sofía ha creído verla tornarse transparente, y mirar las lenguas de fuego del fogón surgir entre los pliegues de su ropa.

 Hace mucho que no siente la paz y tranquilidad que la cercanía de esta mujer le inspira. Por las mañanas, se levanta cuando el amanecer apenas empieza a trazar las líneas de los bosques de ceibos, guanacastes, genízaros, jiñocuagos y laureles del volcán y junto con la vieja, enciende las brasas del fuego y pone a hervir agua para café. Xintal se baña en el patio con el agua de pozas azules que hay en el Mombacho y que, a diario, le lleva un niño rubio y extraño, mudo de nacimiento; luego se baña Sofía en la misma agua cristalina, un agua tibia y confortante.

 —¿Cómo es que el agua es tibia cuando debe hacer tanto frío allá arriba, en las pozas que decís hay en el cráter? —le preguntó a Xintal la primera vez.

 —Las entrañas del volcán la calientan hasta la ebullición —le dijo ella— Cuando llega aquí, el agua está tibia, cuando el niño la recoge, el agua hierve. Ya ves, en ninguna ciudad hay estos lujos... —sonrió maliciosa—, ¡agua caliente a domicilio! ¡El volcán cuida a sus criaturas!

Xintal habla de diosas y no de dioses.

Para ella, la tierra es la mayor de las divinidades, la madre de todos los frutos y de toda la vida. No cree ella en dioses mezquinos que necesitan templos oscuros donde ser adorados y hombres célibes que cuiden sus casas.

 —La Diosa anda en los vientres de las mujeres y en el falo de los hombres, porque allí es donde comienza la vida desde donde todo lo demás se genera. Sólo la oscuridad de las almas extrañadas de la naturaleza, ha podido inventar un dios macho con una madre virgen, para quien el placer que produce la vida es pecado.

Ella ha sido bruja por generaciones, le dice. Las brujas están encargadas de conservar la sabiduría ancestral de mujeres, que desde tiempos remotos, antes de que se las persiguiera y se las obligara a la docilidad, veneraban la tierra y conocían el secreto de las buenas cosechas, los poderes mágicos de las plantas y las entrañas de ciertos animales. Xintal afirma que puede leer en la luna el paso de las estaciones, las premoniciones sobre inviernos o sequías, así como el ciclo de las sangres menstruales y los partos.

Sofía no sabe si creer sus fabulosas historias en las que afirma haberse codeado con Adán y Eva y tener más de treinta hijos regados por el mundo. Un día hasta le dice que ella había conocido a la mujer de cuya estirpe procedían los gitanos.

 La antigüedad de Xintal era obvia, todo su cuerpo estaba arrugado, pero nadie vivía tanto tiempo, se decía Sofía, para no dejarse llevar por la elocuencia de la mujer contándole de épocas anteriores a todo. La verdad es que nunca había oído hablar de esas cosas y los cuentos de Xintal eran fascinantes, mejores que los de las Mil y una noches.

 A veces la mujer se quedaba en trance mientras hablaba, como si pudiera ver a lo lejos las imágenes vivas de su memoria en el aire de la sombra bajo el genízaro.

En la fascinación de aprender de la vieja el oficio de las mujeres antiguas, se le ha pasado el tiempo a Sofía casi sin darse cuenta. De día cocina con Xintal filtros y recetas, cocciones mágicas y emplastos milagrosos y aprende a conocer los métodos indígenas para hacer que la tierra produzca buenas cosechas. De noche, Xintal le pide que se siente a la orilla del fuego de la cocina y le suelte la trenza del pelo. Ella lo hace con gran docilidad y se queda silenciosa, pasando el peine una y otra vez por el largo pelo entrecano de la mujer, mientras aquella habla y habla sus historias encantadas y le muestra cómo leer la fortuna en el té de hojas de limonaria, las fechas de ritos anteriores a toda memoria, el idioma del viento en las hojas de los árboles anunciando tormentas o temblores de tierra, cómo se corta el cordón de un niño o de una niña para que sean independientes y no repitan los errores o carguen las maldiciones de los padres, cómo leer el futuro en el agua de las pilas quietas en el amanecer...

 Nadie que la viera allí, reconocería en ella la mujer briosa que salió a caballo una noche de tormenta. Diría se que la sangre se le ha amansado bajo el influjo maternal de la vieja.

 —Te estoy preparando para la vida —le dice Xintal— porque nada va a ser fácil para vos.

 Sofía no ha resistido la tentación de preguntarle sobre su origen, pero, lo mismo que con Eulalia, nada ha podido sacar en claro. Ni las brujas más sabias parecieran poder descorrer el misterio de su pasado. Xintal le repite que tenga cuidado con el tiempo circular de su madre, pero ella no entiende de qué círculos se trata. La vieja le ha pronosticado un gran amor y Sofía se ha reído para sus adentros. «Se lo dicen a todas las mujeres», piensa, «pero yo soy diferente. No me van a contar cuentos de pajaritas preñadas.»



Sin premoniciones, duerme bien en una hamaca colgada de los horcones del rancho. Antes de dormir oye el viento en la selva del volcán, moviéndose y silbando entre la humedad del musgo que crece sobre los árboles y los cubre de encaje verde, oye las chicharras cantando alto, los monos aullando en el denso habitat del Mombacho.

 Sin duda quien más genuinamente ha sufrido la huida de Sofía es En gracia.

 La vergüenza la persigue por las calles del Diriá y con costo se atreve a ir a la iglesia bajo las miradas de burla y reprobación de las gentes del pueblo. A pesar de dudas que la mantienen insomne y del episodio del entierro de don Ramón que la hizo distanciarse un poco de Sofía, el corazón de En gracia sigue fiel al cariño por la muchacha y no deja de repetir insultos callados para quienes acuerpana Rene y no son capaces de darse cuenta de que nadie sino él es culpable de la escapada de la pobre esposa. «¡Mira vos a quién se le ocurre encerrar a una muchacha joven y pensar que en estos tiempos ella se va a quedar tan mansa y tranquila! Si ahora las mujeres ya no son como éramos nosotras, tan dundas y sumisas. Ahora van a trabajar, se ganan la vida solas, escogen y dejan a sus maridos...» Monólogos interminables la acompañan en sus oficios domésticos y en las compras del mercado, pero por mucho esfuerzo que hace no puede evitar que la martiricen las afirmaciones vociferantes de las marchantesque, mientras venden tomates y verduras, comentan con saña, para que ella las escuche, que por fin se le salió la mala sangre a la gitana, si hasta le puso al marido citatoria de divorcio por los periódicos... ¿Y qué dice usted, niña En gracia? Cuídese, no vaya a ser que ese cuervo le saque los ojos.

Rene no puede dar crédito a sus ojos cuando abre el periódico y lee el edicto citándolo para dilucidar la demanda de divorcio: «Cítase por Edictos al señor Rene Galeno Duarte para que, dentro de cinco días, después de la tercera publicación, comparezca a este Juzgado del Distrito Civil de Masaya a alegar lo que tenga a bien en la solicitud de Divorcio Unilateral que, por voluntad de una de las partes, le interpone la señora Sofía Solano, bajo los apercibimientos de nombrarle Guardador si no comparece. Dado en el Juzgado Civil del Distrito de Masaya...»

 Zoila, la doméstica que ha tomado el lugar de Petrona, contaría después cómo el señor tras golpear la mesa con el puño y gritar repetidas veces «Hija de puta», «la puta que te parió», se había levantado de la mesa tirando al suelo la silla y la había emprendido contra la vajilla de la mesa, la jofaina, el espejo y la pana de lavarse las manos situada en una esquina a la entrada del comedor, las cortinas de visillo que separaban al comedor de la sala... «Acabó con todo, don Rene, ^b sólo me persignaba y rezaba en la cocina, rogando que no se le ocurriera venir a tirar todas las porras, pero me imagino que lo que quería era quebrar cosas, porque después se fue al cuarto que dicen que era el costurero de doña Sofía y desbarató todos los muebles a patadas».

 ¡Nunca en sus treinta y cuatro años de vida, Rene se había pensado capaz de matar a nadie; hasta cuidado tuvo de no pegarle a la Sofía a pesar de todas las que le hizo, pero ahora no tendría asco en matarla si pudiera tenerla en frente! ¡Desvergonzada hija de mala madre que se atrevía a exhibirlo como imbécil delante de todo Nicaragua, en aquella edición que circulaba a lo largo y ancho del territorio nacional! El hasta había estado dispuesto a perdonarle la escapada e instalarla bien cuando la encontrara, darle una casa, si ella quería separarse, porque ahora con lo dela Gertrudis, hasta bien le salía lo de la separación: ella podía quedarse sola, si esa era su voluntad, y él irse a vivir con la Gertrudis a otra parte, sin causar tanto escándalo. Pero eso del divorcio era distinto. La Sofía era su mujer para siempre y aunque no viviera con ella y él viviera con otra, sus derechos nadie podía quitárselos. Seguro la rufiana tendría algún querido. ¿Para qué se  iba a querer divorciar una mujer decente? Las que se divorciaban eran las putas vergonzantes que tenían algún enredo escondido

.Pero ¿quién sería el hijueputa que él ni cuenta se había dado? ¡Que ni soñara ella que él iba a ir a hacer el ridículo en ese Juzgado con el montón de cabrones que se aparecían por allí! ¡Que viera cómo se divorciaba sin él! Desde la mentada revolución todas las mujeres se creían moneditas de oro, independientes. ¡La putería era lo que se había fomentado con esas leyes!

 El hombre no sabe qué hacer con las manos, le duelen los nudillos donde la piel se ha desgarrado. Le tenía que suceder esto hoy precisamente cuando tiene una reunión de trabajo importante en Masaya. Imagina las caras de sus conocidos, las miradas de soslayo. Ya no podrá seguir ocultando lo de Sofía, diciendo que la mandó en viaje de compras a Costa Rica para que se olvidara de la muerte del papá.

Entra a la habitación a lavarse las manos y echarse agua fría en la cara. Nunca se debió haber casado. Se hubiera salido de la iglesia aquel día y nada de esto le estuviera pasando...

 El teléfono repica y sale del baño a responderlo. Es Gertrudis. La voz de Gertrudis, tan suavecita.

 —¿Viste el periódico, Rene? —Sí, lo vi.

 Lo dice con tono de a quien nada le importa. No va él delante de la mujer que recién ha conquistado a mostrar lo profundo que se le ha herido el orgullo. Más tarde pensará que fue el amor el que lo iluminó y le hizo ver claro qué decir, pero al oír la voz de Gertrudis la explicación de la huida de Sofía y de lo que está por acontecer se le viene clara a la cabeza.

 —Está furiosa porque sabe que te quiero —dice y le cuenta la nueva versión de los hechos: Sofía se había ido la noche en que él, en un arranque de sinceridad, le confesó estar enamorado de Gertrudis. Terrible había sido su reacción, platos y adornos de la habitación habían rodado por los suelos y a gritos le había prometido Sofía a Rene que lo haría arrepentirse, que lo convertiría en burla del pueblo. —Eso es lo que pretende con esto del divorcio —añade. Esa noche, en la cantina de Patrocinio, Rene paga los tragos de la concurrencia. Se emborracha y a todo pulmón anuncia «la verdad» de lo que había sucedido, anuncia que ahora sí va a ser feliz porque se va a casar con la Gertrudis, primero civil y cuando venga la anulación del matrimonio de Roma, se va a casar por la iglesia.

—Qué gran farsante es ese Rene —le dice doña Carmen a En gracia—. Como que nadie sabe lo compungido que ha estado desde que se le fue la Sofía y los destrozos que hizo cuando vio el edicto en el periódico...

 —Pero nadie se acordará de eso en unos días —sentencia En gracia—, la gente va a creer el cuento del hombre y no tardarán en andarle haciendo reverencias a la mosquita muerta de la Gertrudis.

En gracia se balancea bajo la enredadera de glicinias azules de la casa de doña Carmen. Hace fresco allí a pesar del calor intenso del mediodía.

 Al día siguiente, doña Carmen irá con Samuel a recoger a Sofía y llevarla de regreso al Encanto. Aunque la una trata de hacerle liviano el asunto a la otra, las dos están preocupadas por el regreso de la muchacha, que se ha empeñado en bajar del cerro y no quedarse más tiempo como habría sido aconsejable.

—Es como si quisiera desafiarlos a todos —dice doña Carmen y tamborilea los dedos sobre la mesa porque ella conoce lo que es sentir esa necesidad, lo difícil que es contenerse
cuando uno es joven y todavía no comprende que la incomprensión y la injusticia son más viejas que los ímpetus de la irreverencia.

 —Lo que debería hacer la Sofía —dice—es no hacer tanta alharaca e instalarse en su hacienda a disfrutar la herencia con la que don Ramón, desde su tumba, la ha bendecido. No sería extraño que en poco tiempo volviera a encontrar marido y hasta llegara a ser feliz.

 Ahora tiene reales y propiedades. Que viva bien y se olvide de los envidiosos. Ya tiene las tres «» del éxito, como decían en mi tiempo: cara, cuerpo y capital.

En gracia ríe pero en sus adentros no deja de estar triste y de tener malos augurios.

 La que no puede contener su alegría es Gertrudis. Aquella mañana, los futuros viajeros hacia México, Panamá, conexiones a Europa y Estados Unidos, serán atendidos por una mujer amabilísima que no para de sonreír mientras llena boletos, hace reservaciones y se mueve diligente de un lado al otro de la oficina. Su primera reacción, al ver el edicto en el periódico, fue de miedo. Imaginó claramente la reacción de Rene, porque aunque ella estuviera convencida que había dejado de querer a Sofía, conocía lo macho que era y el golpe que aquello representaría para su orgullo. Un buen rato estuvo Gertrudis pensando si debía o no llamarlo por teléfono, meditó con cuidado lo que debía decirle para hacer que él reaccionara, para que se diera cuenta que lo sucedido podía ser positivo para todos. No creyó que funcionara tan rápido y que el amor propio herido de Rene se sacara tan limpiamente de la manga la explicación y justificación de cuanto había pasado. Ella estaba convencida de que la verdad era otra. Tan sólo pocos días atrás, todavía tenía dificultades para sacar a Rene de su ensimismamiento y hacerlo que hablara de algo diferente a la búsqueda de la Sofía o lo ingrata y estúpida que ésta había sido. Ni cuenta se daba él de que ofendía y hería a su reciente enamorada con la obsesión por la esposa desaparecida. Gertrudis se tragaba su rabia y hacía coro con las preocupaciones de él, a partir de su posición de amiga de infancia de la otra. «Me estoy volviendo una falsa, calculadora», se decía, sin poder evitarlo. Cada día que pasaba sentía nacer en ella un sentimiento nuevo, jamás experimentado: el rencor y el odio. Hubiera querido que Sofía desapareciera para siempre sin dejar rastro y más de una vez en esos días, se sorprendió deseándole la muerte. Pero ya no habría más necesidad de eso, pensó, quizás tomaría algo de tiempo, pero las cosas se arreglarían; sus deseos se verían cumplidos. Nada más podía pedirle al Cielo...




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El corazón de Sofía late al paso de los cascos del caballo. Cuando ya se ha alejado unos kilómetros de la hacienda de Rene, aminora la velocidad del animal para no despertar a nadie y que nadie la vea pasar. Todo ha salido fácil, tan fácil que aún le parece mentira estar trotando a la orilla de la carretera, camino al Mombacho. Una media luna amarilla y enfermiza se asoma de vez en cuando por entre los nubarrones que ocultan el cielo. Es una noche oscura y la llovizna tenue da a las casas y a los árboles un aspecto fantasmagórico. Sofía se concentra en no perder el camino, es de las pocas rutas que conoce bien por las expediciones que cuando niña solía realizar con su papá Ramón, a quien le encantaba llevarla a oír los monos congos en el cerro. Se toca el bolsillo donde lleva la linterna de pilas que le sustrajera al marido y el revólver. Pensó no llevárselo, pero ahora se alegra de tenerlo metido en el pantalón, contra la piel de su cintura. Da miedo la oscuridad tan densa. De rato en rato enciende la linterna para alumbrar al caballo y asegurarse que no va montada sobre alguna criatura fantástica. Los temores infantiles la acosan de pronto y ruega a los santos del cielo no toparse con el jinete sin cabeza, la Carreta Nagua, el diablo amarillo o las vacas encantadas del Mombacho, personas maldecidas que gritan como gente cuando las llevan al matadero.

El caballo inicia la subida del cerro, galopando sin que Sofía le frene su carrera de pájaro. El Mombacho es un gigantesco volcán apagado, su pico trunco se ve en las tardes perdido en la neblina, sus faldas verdes de tupida vegetación son un planeta sin explorar, veredas angostas suben perdiéndose hacia fincas de café y cacao. En el camino principal hay viviendas de campesinos con patios donde ahora los aperos de labranza se adivinan amenazantes, la vegetación es inmensa, árboles sin límite se enroscan en la neblina confundiendo sus troncos. La llovizna se troca en lluvia y el caballo sigue corriendo, alejándose del camino principal por una de las tantas veredas, mientras Sofía sostiene la brida con una mano para acomodarse el capote que ha sacado de su bolsa. Pájaros nocturnos silenciosos y sorpresivos levantan vuelo buscando refugio del aguacero, ella también acorta las riendas para obligar al caballo a guarecerse bajo un árbol gigantesco cuyo tronco se abre en el centro como una cueva.

La lluvia en el volcán es un estruendo de viento, hojas y ramas estremecidas. Cuando la naturaleza inicia su baile despampanante de helechos retorcidos, Sofía siente el pánico empezar a congelarle los movimientos. Siempre le han gustado las tormentas, pero jamás recuerda haber pasado una al descampado y menos en un lugar así, donde se decía había cementerios de lagartos prehistóricos, animales encantados que de noche recuperaban su forma humana, cuevas donde habitaban brujas que cuidaban manadas de pájaros azules y los monos... los famosos monos cuyos alaridos eran los más fuertes que animal del mundo produjera sobre la tierra. Rezó a Eulalia para que no fueran ahora a gritar y le sacaran de una vez el último rescoldo de valor con que acomodó el capote en el suelo, decidiendo esperar a que pasara el cataclismo, a que amaneciera para buscar la casa de Xintal, la amiga de Samuel, una vieja también de leyenda que sólo de vez en cuando bajaba al pueblo y a quien todos recordaban haber conocido desde lejanas infancias, sin que el tiempo pareciera hacer mella sobre sus facciones arrugadísimas desde siempre.

La tormenta ilumina la oscuridad dejando ver las lianas que cuelgan de los árboles, los grupos de parásitas como manos desesperadas brotando de los troncos. De cuando en cuando, se escucha el ruido ensordecedor de árboles que caen fulminados por los rayos. Sofía se frota las manos contra las patas del caballo que relincha tratando de soltarse de las amarras. ¿Qué harían los gitanos en las tormentas?, se pregunta y no sabe por qué, al imaginarse a la caravana mecida por el rayo y la lluvia, le dan ganas de llorar y una espantosa sensación de soledad, de abandono, de no tener a nadie que la ampare.

¿Sería
cierto que amanecería y ella podría salir de allí y encontrar la casa de Xintal, o nunca más
pararía aquella lluvia y moriría de hambre y frío? No quiere oír el viento, ni ver entre la
oscuridad, pero los sonidos extraños la asustan haciéndola intuir formas de jaguares y
culebras. Por fin cierra los ojos decidida a no abrirlos más hasta el amanecer, hasta que
pueda ver y no asustarse de lo que ve.


No sabe cuánto tiempo ha pasado cuando todo se queda en silencio. La tormenta se
pierde en truenos lejanos que se escuchan a lo lejos. Todavía llueve, pero es ya una garúa
liviana. Sofía respira hondo y finalmente se queda dormida, envuelta en su capote.


Esa noche En gracia grita en el sueño. Se despierta sudando, mojada en sudor la
cotona con la que duerme y hasta la sábana. Ha soñado que la Eulalia y don Ramón, con
sus caras humanas pero con cuerpos de monos congos aullaban en el Mombacho, mientras
ella desesperada les pedía por favor que no gritaran, que se resignaran de una vez por
todas a quedarse muertos.

Rene apenas sabe dónde tiene la cabeza cuando despierta. Como todos los sábados,
se levanta al baño a echarse agua en la cara y en la boca pastosa y se asoma a la puerta
gritándole a Petrona que le lleve su limonada con sal. Acostado de nuevo en la cama, con
la almohada sobre el rostro para que la luz no le alborote más el dolor de cabeza, no se da
cuenta sino varias horas después de que ha dormido solo.

Fernando mira al piso mientras Rene despotrica a diestra y siniestra, diciendo que él
es el culpable, que él dejó salir a la mujer, que mentira que alguien iba a abrir los portones,
llevarse un caballo y él que siempre dormía con un ojo abierto, no iba a darse cuenta. Para
qué les pagaba a todos ellos, gritaba Rene, sino podían cuidar una pinche muerta y una
jodida mujer.

—Ensilla los caballos —le dice— que la vamos a ir a buscar.

Al pasar por la cocina, mira fulminante a Petrona y le dice que no vaya a ir con el
cuento donde nadie. La mujer tiembla temiendo que el patrón le vaya a pegar como ya ha
hecho otras veces, asiente con la cabeza y apenas dan la vuelta, se persigna y se mete al
cuarto a empacar sus maritales. Ni por todo el oro del mundo se va a quedar a esperar a
que regrese con la rabia de no haber hallado a Sofía.

Ni tres horas han pasado cuando ya en Diriomo, Diriá y Catarina se sabe la noticia.

A esa hora Sofía, acostada en una hamaca, duerme el desvelo de la noche anterior en
el rancho de Xintal, mientras el caballo con el que se escapó regresa al corral de la
hacienda y se pone a comer zacate pacíficamente frente al portón cerrado....
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¿Cuándo parará de llover?, se pregunta Sofía, de pie al lado de la ventana del cuarto de costura. La humedad de cuatro días de lluvia la tiene de mal humor, todo pareciera moverse más despacio y el lodo ha multiplicado los mosquitos y las bandadas de chayules diminutos.

 Acaba de despedir a Fausto quien ha salido chapaleteando lodo, furioso de ensuciarse sus zapatos blancos y de que ella se haya reído del paraguas descomunal con que se apareció. Un problema de ser marica, eso de preocuparse tanto por la ropa y los zapatos, cuando una de las mayores ventajas de ser hombre era no tener que darle tanta importancia a esas cosas. «Menos mal que reaccionó sin asombro a mis planes», se dice, «no como el abogado que parece una beata de iglesia con sus lloriqueos de que no me divorcie». Se aparta de la ventana, sin saber muy bien qué hacer. Ha decidido irse al día siguiente. Samuel, a regañadientes y no sin antes advertirle que no le tolerará desplantes, le ha conseguido un escondite seguro en la casa de una vieja, que vive perdida en los altos del Mombacho, otra hechicera, seguramente.

 Ya las hojas de floripón están guardadas en medio de pañuelos en el fondo de su gaveta de ropa interior, mañana las cocerá y tendrá que reprimirse el deseo de darle al hombre una sobredosis, pero se lo dejará sano y salvo a la buenecita de Gertrudis, piensa sonriendo, imaginándola asustada en la cama debajo de los espejos del techo.

Sale del costurero y camina sin prisa hacia la habitación, el corredor está envuelto en penumbras de lluvia, y de los canales de desagüe en el techo caen cortinas de agua que bañan de brisa el interior y suenan como livianas cataratas ahogando los sonidos de la casa.

Del ropero, Sofía saca pantalones de dril y camisas manga larga, las dobla cuidadosamente y las mete en el bolso de lona que En gracia le regalara el año anterior. De la gaveta con llave saca el atado de sus ropas de niña, las que tenía cuando apareció en el pueblo y que Eulalia le entregara una tarde hacía ya mucho tiempo. Por qué la dejaría su madre, de dónde vendría, se pregunta una vez más. Posiblemente nunca lo sabría y no importaba ya. Desde la noche en que vio a Eulalia, la esperanza de desvelar el misterio se ha desvanecido, ni la muerta había podido decirle nada muy concreto, mucho menos que ella pudiera averiguarlo cuando sólo podía ver su presente, a pesar de ser cada vez más acertada en la predicción del futuro ajeno. Lo importante, piensa, es que ella se sabe diferente. Ahora ya no tiene ataduras y puede dar rienda a llamados de su sangre con los que sigue sosteniendo una pugna sorda que esta vez tiene oportunidad de resolver tomando el control de sus propias decisiones. Pero sólo ideas vagas tiene, piensa. Y luego tiene que regresar a Diriá y vivir con todos sus fantasmas...

Se sacude el pelo de los hombros. No va ella a ponerse sentimental ahora que ya falta tan poco.

 Rene llega en la tarde y se instala en el corredor a leer el periódico. Hace días anda callado. Poco tiempo le queda para pensar tranquilo en la Gertrudis, que no sabe cómo se le ha metido entre ceja y ceja. Ya ni ganas le dan de acostarse con la Sofía y cuando lo hace, se imagina que es la otra y sueña con mujeres preñadas.

 Sofía se le acerca solícita y le pregunta si no quiere que le sirva un té de manzanilla, un café y alguna repostería para que se le calienten los huesos del tiempo húmedo. —Un trago es lo que me deberías dar —le responde, irritado de que le hable— sólo a vos se te ocurre andarme ofreciendo té y café, ¡como si yo fuera una viejita desgraciada!


Sin decir nada, porque no está para meterse en discusiones, Sofía va a la cocina y le sirve un trago descomunal de Ron Plata, llevándole en un plato aparte los limones y la sal.

 —Aquí está pues —le dice, acercándole una mesita—, pero me extraña que me digas eso, bien que te gusta el té de manzanilla.

—¡Qué me va a andar gustando! Me lo tomo para darte gusto a vos, para que no creas que soy un incivilizado, pero ya me aburrí de darte gusto. Vos sos como una gata angora, que si se la meten grita y si se la sacan, llora.

Sofía no responde nada. Se va hacia la cocina y en el camino lleva una media sonrisa burlona y piensa que ya va a ver Rene qué clase de gata angora es ella. «No habrá problema mañana», piensa, quizás ni necesite usar el té de floripón. Acaba de recordar que al día siguiente es viernes y lo más probable es que Rene llegue borracho de la cantina de Patrocinio.

 En el confesionario del padre Pío, la madera huele a humedad. Gertrudis cierra las cortinas moradas y se arrodilla. A los pocos momentos, oye la voz del sacerdote tras la rejilla, cubierta también con un trapo púrpura. Le sudan las manos a la muchacha y no levanta la cabeza ni para ver la silueta del perfil del viejo cura, cansado de oír tantos pecados al fin de la tarde.

 —Ave María Purísima. —Sin pecado concebida.

 —¿Cuándo fue la última vez que te confesaste, hija?
 —Hace un mes, padre.
 —Te escucho. —Estoy enamorada de un hombre casado, padre Pío, pero siento que ni que usted me lo pida voy a dejar de estarlo.

 El padre Pío se endereza y tose. Hombre la Gertrudis, piensa, de quien menos se lo hubiera imaginado, siempre tan religiosa y devota y ahora salirse con este pastel.

—Pero, vos sabes que eso es faltar al noveno mandamiento, es un pecado muy grave

. —Pero en este caso no, padre, porque la mujer de él no lo quiere. Él no es feliz.

 —Eso no importa, hija. Sucede con mucha frecuencia que en los matrimonios uno de los dos o los dos, dejan de sentir amor, pero lo que Dios ha unido, no lo puede separar el hombre. Además, están los hijos.

 —No tienen hijos, ni los van a tener porque ella no quiere.

—Ella no se puede oponer a los designios de Dios.

 —Eso era antes de las pastillas, padre, ahora es diferente.

 Gertrudis se arrepiente de haberlo dicho pero le es difícil controlar su ansiedad, los nervios que desde hace días no la dejan dormir y  le han alterado las funciones intestinales. No sabe por qué vino a confesarse cuando ya está decidida a no cejar en su empeño, cuando ya le untó a Rene las botas con la pomada que le diera doña Carmen y sabe, además, que la poción hizo su efecto porque Rene ronda su casa y hasta ha llegado a invitarla a almorzar a la oficina en Managua.

Le pide perdón al padre Pío y, en un arranque, se deja de contemplaciones y le cuenta toda su tragedia, omitiendo solamente su encuentro con la hechicera porque sabe que eso sí que no se lo perdona el sacerdote.

El padre la regaña, la aconseja, la persuadede que abandone su idea, a nada bueno la puede llevar. Si todos saben lo enamorado que siempre ha estado Rene de la Sofía, todas las cosas que le ha aguantado.

 —Tenés que renunciar, hijita, o no te puedo dar la absolución.

 —Padre, ¿y si él pide la anulación del matrimonio a Roma?

 —Toma años y no siempre es posible. Hay que tener razones contundentes.

 —Pero él las tendría, padre. A mí me consta que la Sofía no le ha tenido hijos porque no ha querido.

 «Traidora», se dice a sí misma, pero no puede detenerse de contarle al cura cómo ella misma se ha encargado de comprarle las pastillas en las farmacias, a través de todos estos años.

 Cuando la Gertrudis, llorando porque él nole ha dado la absolución, se levanta y sale del confesionario, el viejo inclina la cabeza y se persigna, orando calladamente para que la Virgen Santísima no permita que él también tenga que creer que el alma de la Sofía está poseída por el demonio.

En la cantina de Patrocinio, Rene se emborracha con determinación.

 Fernando, en una mesa más apartada mira al patrón y lo compadece. A él no se le ha escapado el cambio de los últimos días. Desde hace años, ha sido la sombra de aquel hombre, acompañándolo a negocios y borracheras, a visitas ocasionales a los lupanares donde las putas se lo pelean, dada su fama de superdotado. Ahora lo ve enamorado de otra mujer y le da rabia que él todavía sufra cuando por fin pareciera abrírsele una esperanza para salir del hechizo de la gitana de una vez por todas.

 Ni dos minutos lo pensaría él, se dice, todo mundo sabe lo buena que es la Gertrudis y la suerte del patrón es que ella parece corresponderle.

Esa noche, cuando llegan a la casa y Rene se duerme borracho, él también se hace el dormido y no impide que la gitana, sigilosa como una serpiente, abra los portones en la madrugada con las llaves del marido, y salga de la casa con una bolsa de lona, jalando un caballo de las bridas. Cuando oye el sonido delos cascos al galope, Fernando se levanta despacio a recoger las llaves que la mujer tirara sobre la grama y se duerme......


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—Ya no me volvás a llamar.

 Al otro lado del teléfono, Esteban se suelta en preguntas y protestas. Que cómo iban a terminar antes de haber empezado, si todavía ni siquiera se habían visto. Que, por lo menos, salieran una vez, que él la adoraba, soñaba a diario con ella, la imaginaba rubia, morena, pelirroja, gorda, flaca... «Por lo menos déjame que te vea una vez», insistía.

 —De nada serviría —responde Sofía, con determinación absoluta— No sé si vos serás diferente. Nada me lo garantiza. Lo que sé es que ya me aburrí. No tengo ganas de seguir hablando con vos y si me seguís llamando, la próxima vez te pongo a mi marido al teléfono.

 —Algo te pasó. Vos nunca me has hablado así
.
 —Así soy yo de verdad. Lo que pasa es que vos nunca me conociste. Adiós Esteban. No me volvás a llamar.

Sofía se siente contenta. Le da pena por Esteban, pero está convencida de haber hecho lo conveniente. Se queda un rato sentada a la orilla del aparato, sintiendo el poder de tomar decisiones sobre su vida correrle por la sangre. Ya poco falta. Sus planes toman forma. Se ha reunido ya varias tardes con el abogado, don Prudencio, leyendo minuciosamente las escrituras de cuanto ahora pasaba a pertenecerle, los detalles de su herencia.

Se levanta y va a la cocina donde Petrona se despierta sobresaltada de la siesta que está echando como equilibrista sonámbula sobre el taburete de tres patas de la cocina.

 —Alístate café, Petrona, que ya va a venir el abogado.

 Sofía la sustituye en el taburete y saca del fondo de su blusa, un paquete de cigarrillos. Últimamente ha hecho costumbre el fumarse uno o dos cigarrillos, siempre en la cocina. Le gusta la cocina; hay un algo de refugio antiguo, cálido, que la conforta.

A las tres, el viejo de pulcra guayabera blanca, llega puntualmente con las escrituras de traspaso, los registros, los papeles, pretendiendo, como en los días anteriores, no sospechar de la insistencia de Sofía de que no debía informarle a Rene de sus visitas y hacerlas en horas en que el marido no estuviera.

 Ella lo recibe y lo hace pasar a la mesa del comedor. Hace calor y el abogado transpira, mientras Sofía revisa los folios. Cuidadosamente examina el estado legal de sus posesiones, la lista de deudores, los impuestos que se han pagado anualmente, los registros de liquidaciones de cosechas pasadas, haciendo sin cesar preguntas al abogado, de cuyas respuestas toma nota en una libreta.

 Con el mismo aire de determinación que el abogado ha llegado a temer en los pocos días que tiene de la relación profesional con ella, Sofía habla mientras le sirve el café.

 —Me lo va a traspasar todo a mi nombre de soltera y me va a hacer el favor de poner, dentro de un mes, la demanda de divorcio a mi marido. Quiero que cite a Rene por el periódico, que lo saque en los edictos esos que se publican en los anuncios clasificados y si no se presenta, como es muy probable, usted le designa un guardador que lo represente, «ad lifem», creo que se dice.

 —Pero Niña Sofía...

—Usted es mi abogado. Si se niega, busco otro que me lo haga. Sobra quien quiera ganarse la comisión que usted va a sacar con el trámite de toda esta herencia. Como su cliente que soy, le advierto que debe guardarme el secreto y proceder como yo se lo he pedido en un mes, no antes.

Don Prudencio se reprime su orgullo de respetable abogado y piensa que su amigo don Ramón no debió jamás cobijar aquella viborita en su casa, mucho menos dejarle el producto de tantos años de trabajo honrado.No hay peor cosa que poner una hembra a mandar.

 —¿Y qué hacemos con El Encanto?  —Que la siga viendo don José. Yo le tengo confianza. Ya, por otro lado, llamé a Fausto para que me venga a dar una mano.

 —¿Y está segura que quiere vender las otras haciendas?

 —Véndame las dos que son menos productivas. Con esa plata voy a hacer unas inversiones en las dos restantes.

 —Como usted diga, mi hija, como usted diga. Permítame, sin embargo, como su abogado, advertirle que tendrá muchos problemas si se divorcia. ¿Cómo va a hacer para manejar tanta finca sola? Su marido es un hombre de experiencia, un excelente agricultor.

 —Tomaré en cuenta lo que dice, don Prudencio. Tal vez Rene quiera trabajarme de administrador —dice con cinismo—. Lo espero mañana a la misma hora para firmarle el resto de los traspasos.

 El abogado, comiéndose su amor propio herido que no vale más que la jugosa comisión que deberá recibir, da la mano a Sofía y sale, secándose el sudor con un impecable pañuelo blanco.

A esa misma hora, doña Carmen se prepara para la llegada de Gertrudis.

 Con el producto de muchos años de honrado trabajo en su cantina, ha logrado construirse una modesta vivienda de paredes de concreto y pisos de, ladrillos rojos. La puerta de la calle da a una estancia rectangular que sirve a la vez de sala, comedor. Al lado izquierdo de la misma hay un pequeño pasillo a través del cual se desemboca a la habitación de la dueña y al patio de atrás donde está la cocina y el lavadero.

 La casa está adornada con muebles de los más disímiles estilos, sillas plásticas, mecedoras de madera, rústicas mesas pintadas en color. En la pared hay una imagen de la Virgen de la Inmaculada Concepción y hay tiestos de plantas sembradas aquí y allá. El pequeño patio de doña Carmen es un verdadero herbolario: manzanillas, sábila, ruda, altamisa, floripones, hojas de aire, crecen en la tapia o en bandejas de madera acomodadas sobre el suelo o sobre bloques de piedra cantera.

En su habitación, en un estante que ella maneja con llave, hay varias hileras de frascos con etiquetas donde la mujer ha ido anotando los usos diversos de las pociones. El frasco que doña Carmen examina ahora con atención destapándolo para olerlo, contiene una especie de crema de color violáceo. Todavía está olorosa, piensa, cumplirá su objetivo. Si bien tiene otras pócimas de amor que recomienda a menudo, ésta es especial porque es para torcer el amor de una persona hacia otra y ella no acostumbra hacerle este favor a mucha gente, siendo como es una maga profesionalmente responsable. No es lo mismo cuando vienen a verla esposas con maridos desamorados o novios que no se deciden a casarse, para eso la pomada es rosada y su efecto es más retardado.

 Saca el frasco del armario y pasa una parte de su contenido a otro más pequeño que ha preparado para tal fin, hirviéndolo toda la noche en agua con sebo serenado.


Se ve en el espejo arreglándose coqueta la horquilla que le sostiene el pelo para que no se le venga sobre la cara y sale a sentarse en su mecedora a la puerta de la casa. Sabe que Gertrudis no tardará mucho.

A las cinco y quince la divisa doblando la esquina, caminando con la cabeza baja. Desde que doña Carmen le propusiera darle algo para conseguir lo que quiere, se ha pasado debatiendo entre golpes y contragolpes de su conciencia entrenada para no desviarse jamás del camino de la virtud.

 Aunque ha sido criada en el Diriá y está familiarizada con las recetas de pociones mágicas, a Gertrudis nunca le ha parecido correcto andar torciendo el destino. Como católica, además, se ha criado en el respeto al matrimonio. Sin embargo, en este caso lo virtuoso no está claro. Es cierto que hay de por medio un matrimonio por la iglesia, pero ya en estos tiempos como comprobó ella leyendo la revista Hola que una azafata de Iberia dejara olvidada sobre su mesa, los matrimonios pueden disolverse y, si no, ¿cómo era que varias parejas reales y del jet set habrían logrado anulaciones papales en matrimonios que no sólo se habían consumado, sino que habían durado años y producido varios retoños? Por otro lado, nadie saldría perjudicado, ni sería ella culpable de infligirle dolor a nadie. Estaba segura de que sólo era cuestión de tiempo para que Sofía dejara a Rene; él por su parte era desgraciado... El camino de la virtud no podía ser tan torcido de pasar por alto estas circunstancias atenuantes para su comportamiento. Hasta el padre Pío coincidiría con ella, si aplicara con lógica el catecismo. Se acerca a doña Carmen, preguntándose si ella también pensará lo mismo.

 —Buenas tardes, hija —saluda doña Carmen, levantándose de su silla e indicando a la muchacha que pase adelante.
 —Buenas tardes responde Gertrudis, sintiéndose nerviosa y temiendo el tener que dar explicaciones a doña Carmen, pero ésta, como si le leyera el pensamiento, va directa al grano.

 —Aquí tengo lo que quiero darte —dice la mujer mayor, tomando el frasco de una mesa—. Vos agarras este frasquito y esta pomada que hay dentro, se la echas a esa persona, ya sea en el cuerpo o en alguna parte de sus cosas. Se la podes untar hasta en los zapatos. No importa donde, lo importante es que sea en algo que él use.

Gertrudis mira el frasco con la pomada, lo queda viendo largo rato sin decir nada.

—Y deay, muchacha, te quedaste alelada?

 —¿Y qué hace esto, doña Carmen?

—No vas a tener que esperar ni quince días para que el sujeto ese sienta que no puede vivir sin vos. Prepárate que se va a enamorar sin remedio. Esta poción no tiene antídoto —dice la mujer, sonriendo maliciosa.

—¿Y cómo sabe que yo quiero que alguien se enamore de mí?

 —¿Y vos no sabes que yo soy maga? Todo sé yo con sólo una mirada, y no te voy a mencionar nombres para que no te pongas más incómoda, pero yo pienso que haces bien. Va a ser lo mejor para todos.
—Me da miedo —dice Gertrudis casi entre dientes—. No sé si voy a poder.

 —Miedo de qué, muchacha, el que en esta vida no se arriesga, mejor estaría muerto, y esto que te doy es garantizado, es una receta que viene directo desde el más allá, comprobada. Créemelo y a nadie le digas que yo te la he dado porque, en toda mi vida, sólo dos veces la he ocupado.

Sólo me atrevo a darle direcciones al amor, cuando estoy segura que va a ser lo más conveniente.

 —¿Así que usted piensa que no estoy tentando al destino?

 —Yo creo que más bien el destino te está tentando a vos, y cuando el destino nos hace señas, es mejor oírlo —dice doña Carmen, acercándose y dándole una palmadita en la espalda.

 Gertrudis da una última mirada dudosa al frasco, lo mete en su cartera y se despide presurosa de doña Carmen, quien desde la puerta ve cómo se aleja caminando rápido...




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Han pasado ya nueve días desde la muerte de don Ramón. Rene, a despecho de Sofía, ha insistido en la tradicional celebración fúnebre del novenario en la hacienda de ambos. No va a cargar él —le dice— con reputación de mal agradecido y mal hijo. Sofía encogiendo los hombros, rehúsa involucrarse en los preparativos. En gracia, doña Carmen y Petrona han tratado de sacarla de su indiferencia sin resultado. Finalmente, ha sido Gertrudis quien instalada en la casa, ha tomado las riendas de la celebración.

 Figuras de negro, algunas genuinamente compungidas y otras por compromiso, invaden por la tarde, después de la misa de cinco, la casa del matrimonio doliente donde en largas mesas con manteles blancos se sirven los tragos, las bocas y los refrescos. Fernando, el mandador, anda ocupado en la asada del ternero y los chanchos sacrificados para agasajar a los asistentes. En el Diría, los nueve días católicos son un sincretismo de antiguas religiones indígenas, que por tradición obligan a celebrar magníficamente la despedida final del muerto, una vez rezado el novenario.

Sentada en el cuarto de costura, vestida de negro y sola, Sofía habla con el muerto y se rebela contra aquella costumbre, rehusándose al banquete en su memoria. No ha querido salir de allí, a pesar de la insistencia de Gertrudis quien con la mayor dulzura ha tratado de disuadirla de su aislamiento, haciendo esfuerzos para convencerla de que los nueve días son un rito más antiguo que ellas,y que es una sana manera de recordar a los familiares que el dolor debe dar paso a la vida que sigue transcurriendo.

—Es una tradición, Sofía, ¿por qué te tenés que poner en contra de todo?

 —Es una tradición estúpida. Ocupar a los muertos para tener excusa de emborracharse y comer gratis. No quiero verlos

. —Pero es gente que quería a tu papá Ramón. Vos sabes cómo lo apreciaban.

 —No quiero ver a nadie.

 Por fin Gertrudis desiste y Sofía se queda acomodada en su sofá, mirando a través de la ventana la tinta negra que empieza a manchar las limonarias con la oscuridad de una noche sin luna.

 Mientras los demás beben y comen, esta figura sola repasa recuerdos con la minuciosidad de un avaro que contara una y otra vez las prendas dejadas en empeño. Cuando nadie la ve, como ahora, puede llorar largo tiempo sin poder controlar sollozos que parecieran nacerle del vientre, íntimamente sabe que no llora sólo la muerte del viejo, sino el miedo a la libertad que ahora puede escoger y cuya incertidumbre teme. En sus meditaciones antes de la muerte del anciano, imaginaba que no bien él muriera, ella tomaría camino y ni Rene, ni nadie, volvería jamás a saber de ella. Imaginaba llamar a Esteban, su desconocido amante verbal, para que la sacara de allí y se la llevara a Managua o a algún otro país lejano. Varias veces se imaginó en España, buscando los famosos gitanos de quienes  supuestamente descendía, pero sus fantasías habían dejado de serlo, era el momento de actuar y no podía decidir qué rumbo dar a sus pasos, ni cómo proceder.

Por de pronto, había descartado a Esteban:no saldría de un hombre para irse a enredar con otro. Esteban había sido un dulce entretenimiento para su soledad, pero no se iba a engañar de nuevo creyendo que le iría bien con él. Era mejor cortarlo y olvidarlo para empezar su nueva vida. Lo de España era puro romanticismo, ¡qué se iba a montar en avión ella que con costo había andado en jeep y a caballo! Además el pasaje, según Gertrudis, costaba una fortuna y no valía la pena empezar a dilapidar una herencia que bien administrada, podría mantenerla más que holgadamente en el pueblo.

Por muy nómada que hubiera sido su ascendencia ya ella había echado raíces en el Diría y allí se quedaría.

Había heredado una cuantiosa suma, pero la mayor parte de la riqueza de la que ahora era dueña, estaba invertida en tierras y fincas, que ella no estaba dispuesta a abandonar.

Se levanta y empieza a pasearse por la habitación. No se considera mujer de miedos y desconciertos. «Es el cansancio del duelo», se dice, para explicar el dolor que la ha llevado por primera vez a mediar la exactanoción de una soledad hasta entonces atenuada inadvertidamente por la presencia del viejo. Tendrá que celebrar los nueve días ella también, piensa, levantarse al día siguiente y darse cuenta que la vida no se ha detenido, que no la está esperando, que transcurre.

 Pronto tendrá que cocer de nuevo las flores blancas y dormir al marido, esta vez para escaparse.

 En la casa, atendiendo a todos y moviéndose con presteza de un lado al otro, Gertrudis no descansa. Ha mandado a poner mesas en el patio al otro lado del muro donde empiezan los cafetales, bajo los chilamates de raíces velludas, para servir allí las bandejas con las carnes, el chicharrón recién frito, los lomos de cerdo y las costillas con el acompañamiento de anchos chileros de vidrio con tapas de madera.

Ya los invitados levantan la voz al calor delos tragos y el ambiente pierde su tono luctuoso. Sólo las mujeres —que no beben para no poner en entredicho su decencia— mantienen la compostura: piernas cerradas y manos sobre el regazo, sentadas en las sillas al lado de los maridos, sin dejar, sin embargo, de sonreír y participar recatadas en el convivió.

Rene está satisfecho. Anda de mesa en mesa vigilando que los comensales tengan ensalada, arroz y tortillas en abundancia, que no falten las botellas de ron, las Coca-Colas, el hielo y los imprescindibles limones. De cuando en cuando dirige su mirada hacia Gertrudis y sonríe complacido, pensando cómo no se habría fijado en ella antes, esa mujercita sí tenía madera de esposa, de hembra paridora y buena mamá, no como la Sofía que ni siquiera tenía la decencia de aparecerse y saludar a la gente que venía a darle el pésame por la muerte del papá.

 Doña Carmen no pierde ni el más mínimo pestañeteo de la Gertrudis. Para ella todo está claro. Ella le podría dar un filtro a la muchacha que pondría a Rene a sus pies antes de que pasaran ocho días. Así la Sofía se liberaría del marido y saldría limpia, limpia de todo aquel enredo; en papel de víctima para más suerte, porque a las dejadas nadie las menospreciaba, sino que les tenían lástima.

 —Gertrudis, vení ve —se decide por fin doña Carmen.

La muchacha se acerca solícita. —Aja, doña Carmen, ¿quiere que le sirva algo?

 —Yo te puedo servir a vos —dice la vieja mirándola a los ojos—
Si llegas mañana en la tarde a mi casa, yo te voy a dar algo con lo que vas a conseguir lo que más querés.

Gertrudis se ruboriza y como desde niña sabe de la clarividencia y los filtros de doña Carmen, no halla qué decir.

 —Ya sabes —le dice la vieja— A las cinco te espero en mi casa. Y se aparta de ella sin esperar respuesta..

A las once de la noche se van los últimos invitados. Rene va a dejar a Gertrudis y regresa casi a la una. Sofía lo siente llegar, lo oye desvestirse quieto en el baño, lavarse los dientes y acostarse a su lado ya con olor a resaca. Espera las imprecaciones, las sacudidas sacándola del sueño que finge, la cópula violenta, pero Rene no se mueve. Se queda acostado, con las manos debajo de la cabeza, viendo el espejo del techo, recordando la forma de la cara de la Gertrudis, cómo se había puesto colorada, lo bien que sabía agarrarse las faldas para bajarse del jeep sin enseñar los calzones como la Sofía.

 Al día siguiente, doña Carmen llega a la hacienda muy de mañana con el cuento de ayudar a limpiar.

 Golpea la puerta del costurero y antes de que la muchacha le diga que pase, entra.

 —Perdóname, hijita, que entre así pero tengo que hablarte. Directa, sin dar muchas vueltas, doña Carmen le cuenta sus sospechas y el plan que ha urdido para liberarla de Rene.

 —Haga lo que quiera. De todos modos yo lo voy a dejar. Ya me lo había dicho Fausto, pero yo no le creía. ¡Pobre Gertrudis!

 —¿Pero vos querés que te ayude o no? Yo ya te armo ese romance. Tengo una pomadita que si la Gertrudis se la unta a Rene en cualquier parte, hasta en las propias botas, no va a haber quien lo detenga.

 —Désela —dice Sofía, riendo—. Me encantaría ver a Rene mareado con sopa de calzón... Yo lo que necesito, doña Carmen, es hacerle otro té de floripón y escaparme. Ya lo pensé. Dígale a Samuel si no sabe de algún lugar donde me pueda esconder unos días.

 —Samuel quedó arisco con vos de la vez pasada, pero se lo voy a decir. Lo que yo pienso es que te deberías esperar. Cuando Rene ande persiguiendo a la Gertrudis va a perder el interés de tenerte encerrada y vas a poder salir. Además si lo dejas cuando ellos ya estén enredados, vas a salir como mártir, todo el mundo lo va a entender y no vas a tener problemas con nadie.

 —No me importa lo que piense la gente y además, prefiero hacer papel de mala que de mártir. ¿Cuándo me puede traer los floripones?

 —Tenés que tener cuidado. Si se te pasa la mano, podes matarlo. ¿Y qué pensás hacer después que te escondas?

 —Eso es asunto mío —y se levanta dando por terminada la conversación.

 Doña Carmen sale pensando en lo retentada que es la mujercita esa, le recuerda cuando ella era joven y armaba escándalos de amor con un amante negro de la Costa Atlántica, que por fin se había ido a lavar carros a Miami. A él le gustaba que ella gritara como gata perseguida cuando estaban haciendo el amor. «Grita más duro» le decía, «¡que te oiga todo el barrio!» La Carmen sonríe recordando cómo una mañana, después de una noche de amor espectacular, los chavalos del vecindario habían esperado que salieran en la mañana para aplaudirlos. Era ese hombre quien la convenció para ponerle a la cantina el nombre «El Ganchazo» para desafiar a los que, envidiosos, la mal querían.

 El problema era la juventud, se dice, ya ahora, vieja, todos la respetan, pero nadie le puede quitar ese dulce sabor de lo bailado. Después de todo, para eso era joven uno y la pobre Sofía no se merecía aquel encierro desgraciado. Como mujer, no podía dejar de ayudarla, aunque a veces le dieran ganas de bajarle los calzones y darle una buena nalgueada para que se dejara de malacrianzas...
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Esa noche, después del entierro, Sofía seha retirado temprano a su habitación, dejando a Rene en la sala con Gertrudis y Fausto, quien es el único que se percata del padecer de la amiga. Nunca se le ha escapado la manera desvalida con que mira a Rene, la fuerza con que proyecta su amor como un aire espeso y dulce, que hace que las moscas vuelen alrededor del hombre mareadas por un espejismo de miel. Pero ni Rene, ni Sofía lo han notado jamás. «Sos iluso vos», le dijo Sofía una vez que él se atreviera a insinuárselo.

Fausto mira a Gertrudis con lástima. Está callada y confundida en el junco de los asientos. Lleva un vestido negro, simple, en su cuerpo sin demasiadas sinuosidades, el pelo le llega justo debajo de las orejas y se curva cayéndole sobre los ojos. Inclinada hacia adelante como está, tiene oculto el rostro, pero Fausto nota a través del pelo negro, que los ojos de la mujer no pierden ni un gesto del objeto de su atención. «Les iría mucho mejor a los dos, si Sofía no estuviera por el medio», piensa Fausto y se levanta con la intención de dejarlos solos.

—Voy a dar una vuelta por el cafetal antes de irme —dice, y se pone de pie.

Gertrudis no atina a reaccionar para detenerlo. A Rene le tiene sin cuidado que se quede o se vaya, está echado para atrás en su asiento, fumando, con las piernas cruzadas, sus ojos fijos ausentes en las sombras que se reflejan en la parte superior de las botas, aún bruñidas por la lustrada que les diera aquella mañana, explayando su desconcierto de marido extrañado y yerno de luto, en el betún y el cepillo. Lustrarse los zapatos siempre había sido para él una terapia.

Gertrudis también le mira las botas. Piensa con un escalofrío, porque desearle mal a nadie no es harina de su costal, que la Sofía debiera desaparecer, irse, para dejarla a ella con aquel hombre que nunca ha querido. No puede entender cómo marido y mujer se han soportado todos aquellos años. Ambos protagonizan una lucha de voluntades indoblegables y en el forcejeo parecen encontrar el estímulo que los mantiene unidos.

Rene deja ir una bocanada de humo. Ella se revuelve incómoda en el asiento. Está a punto de levantarse, buscar a Fausto y pedirle que la vaya a dejar a su casa en Diriomo, cuando él le habla.

—Estuvo bien el entierro, ¿no te parece Gertrudis? Don Ramón debe estar tranquilo.

Ella asiente, dice que sí y habla de las coronas fúnebres, el discurso del padre Pío, la cantidad de dolientes. Habla de cualquier cosa, presa de un nerviosismo dicharachero en el que no se reconoce y que sólo después de un buen rato logra detener.

Rene la observa con una mirada entre seria y divertida.

—Se te soltó la lengua —le dice—. Nunca te había oído hablar tanto.

Y siguen hablando hasta que llega Fausto de regreso de su caminata y le pregunta a Gertrudis si quiere que la lleve porque ya se va.

Ella se levanta y tiene que hacer un esfuerzo para no olvidar que cuando uno se despide de los familiares de un muerto recién enterrado, no lo hace con una gran sonrisa.
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Rene está de bruces en la pila del baño, echándose agua fresca para borrar las pesadillas y la modorra de la noche anterior, cuando escucha el sonido de los caballos, los gritos de Petrona mezclados con la voz de José, el mandador del Encanto.

Se anuda una toalla a la cintura y va a salir del cuarto a averiguar qué pasa, cuando Sofía abre la puerta de golpe y entra encendida y desafiante como si alguien la hubiera insultado.

 —Me haces el favor de ordenarle a Fernando que me ensille el caballo, ¿o es que no voy a poder ni ir a ver sola el cadáver de mi papá?

Rene la mira con absoluto desconcierto, tomado de sorpresa por la muerte y el reclamo de ella. Con las piernas peludas grotescas y los pies descalzos, va al corredor bajo la mirada lagrimosa de Petrona y ordena a Fernando que ensille el caballo.

 Sofía mientras tanto se cambia de ropa. Se pone pantalones y camisa negra, se amarra el pelo en la nuca y se cruza, al salir, con Rene que viene de regreso a la habitación.

 —Cálmate —le dice él— Ándate a la casa y yo me voy a hacer cargo de la caja y todo eso. Allá nos vemos.

Ella no le contesta. Lo mira desde otra parte y apura el paso hasta el portón donde Fernando termina de ensillar el caballo.

 No llora Sofía en el camino hacia la casa-hacienda. La mañana es rala y húmeda, tiembla la luz en el follaje de la vegetación lavada por la lluvia de la noche anterior. Las lluvias de septiembre. Aprieta las espuelas en las ancas del caballo. Viaja en el aire sintiendo que otra vez la muerte no la esperó. Tampoco vio morir a don Ramón, el viejo se fue sin despedirse, igual que su madre, igual que Eulalia. El abandono rodeaba su vida sin que ella pareciera poder hacer nada por evitarlo. Seguro Eulalia convocó al viejo desde su asiento en la espiral del tiempo, para que ella quedara libre de las ataduras de la obligación, del deber, del agradecimiento.

Los resiente a los dos, a Eulalia y a Ramón, repitiendo sin querer la desaparición de sus padres, los dos muriéndose como si no tuvieran familia, solos durante la noche, quizás hasta sin darse cuenta de la transición. Los dos quedándose instalados en el sueño, ya sin poder salir de su textura de neblina amarillenta, del sepia de los daguerrotipos antiguos, del tiempo inmóvil.

 Antes de media hora, desciende frente a la entrada de la casa-hacienda de paredes celestes y techo rojo. Las mujeres del mandador y de los trabajadores de la finca están ya moviéndose para organizar los ritos mortuorios. Figuras negras agitándose en un hormigueo de actividad la interrumpen en su camino hacia la habitación de don Ramón musitándole cuánto lo sienten, mostrándole sus lágrimas de dolor. Ella no se detiene ni siquiera ante En gracia que, hecha cargo de la situación, está al lado de la cama disponiendo el ajuar del muerto que yace sobre el lecho enfundado tranquilamente en su pijama azul.

En gracia intenta abrazarla, pedirle su opinión sobre el traje y la camisa blanca que ha previsto como mortaja, pero Sofía ya está frente a la muerte y esos detalles le suenan demasiado a preocupaciones de vivos.

 Don Ramón tiene las manos dobladas sobre el pecho y las mujeres le han anudado un pañuelo en la quijada. Sofía recuerda la risa del viejo cuando ella alguna vez le preguntó si la muerte daba dolor de muelas.

La cara del anciano luce amarilla y terrible. La piel parece pegada a los huesos y la
boca muestra un rictus de dolor. Ella siente ganas de llorar. El hombre había sufrido.
Seguramente le sobrevendría en la noche el ataque al corazón. Y había estado solo, igual
que Eulalia.

Sofía se sienta en la cama y pasa la mano por la cabeza del viejo.

Ella conocía su rebelión contra la muerte. Él le hablaba de cómo intentaba burlarla,
espantarla haciéndole muecas. Su boca mostraba la última mueca, una mueca que sabría
fútil pero que el viejo habría hecho en señal de rebeldía, terco en oponerse al fin de la vida
hasta el último aliento, porque don Ramón nunca estuvo de acuerdo con que la vida
durara tan poco. «La Naturaleza, tan sabia para otras cosas, no ha sido sabia con las
personas» —decía. Los árboles, argumentaba él, vivían hasta cuatrocientos años. Mientras
más viejos eran, más fuertes y monumentales se alzaban en medio de la vegetación. Sus
troncos enseñaban el paso de los inviernos y la solidez de las raíces.

En cambio, los seres humanos, tenían que pasar un largo aprendizaje para llegar a la
madurez y a la sabiduría, pero no bien la alcanzaban empezaban a declinar hacia la
decrepitud y la muerte. No era justo.

Sobre el hombro de Sofía, En gracia insiste en que hay que vestir al difunto. Su voz la
saca de la agridulce intimidad que sostiene con el cadáver.

—Yo no lo toco —dice— Hágalo usted con las otras mujeres que tienen experiencia
en estas cosas.

—Pero, hijita, es tu papá...

—Era mi papá. Ahora está muerto y ya no se entera de nada.

Dejando a En gracia conmovida y pensando que últimamente la muchacha se
comporta más como hija del diablo que como hija de Dios, Sofía sale al patio y no se le
ocurre nada mejor que montar en el caballo y frente al duelo y la agitación de los que
atienden los menesteres de la muerte, salir al  galope, dejando tras de sí una estela de
polvo, la rabia de Fernando y manos que hacen las cruces.

Sofía se interna por veredas, vadeando siembros de plátanos y depresiones donde se
inician los cafetales que suben por las faldas del Mombacho. El cerro se va haciendo más
palpable a medida que van quedando atrás los caseríos, las iglesias de ladrillos rojos, la
gente mirándola sin saber qué pensar. Para entrar al camino que se abre paso hacia lo alto
del volcán, Sofía tiene que salir a la carretera.

No bien sale, se topa con el carro de Fausto, quien simultáneamente frena y suena el
claxon ruidosamente, obligándola a detenerse.

Terencia, que vive en la parte de atrás de la iglesia a medio construir situada en la
esquina entre la carretera y el camino al cerro, contará después cómo Fausto bajó del
automóvil y estuvo hablando largo rato con Sofía sin que ella bajara del caballo, hasta que
el hombre volvió a poner en marcha el carro y la gitana se fue detrás de él, mansa.

El entierro es una mancha oscura regándose sobre el asfalto de la carretera en el calor
de las cuatro de la tarde. La carroza fúnebre, en un tiempo orgullo de la funeraria «La
Católica», muestra su color celeste desteñido de carrocería reparada una y otra vez. El
chofer bosteza y se seca el sudor. Sofía se dedica a observarlo para ver si puede imitar la
compostura con que su trabajo lo obliga, en las muchas caminatas postreras a las que
cotidianamente debe servir de maestro de ceremonias. A su lado, Rene marcha con el
cuerpo flojo, esperando sin duda que llegue la noche para imprecarla por haber salido otra
vez a caballo.

 Casi la baja del animal agarrándola del pelo cuando apareció con Fausto frente a la casa-hacienda. No lo hizo por consideración al cadáver del viejo, extendido rígido sobre el ataúd negro de metal. Jodida la Sofía. Total que a él le tocaba respetar al muerto más que a ella y eso que don Ramón era su padre adoptivo, que tanto esfuerzo había puesto en la crianza de la mal nacida esa... y él que creyó que se había compuesto. Sofía mira a Rene de reojo y piensa que poco falta ya para no tener que verlo más, para irse de allí y no volver. No logra que la muerte la conmueva. A tan poca distancia de su conversación con Eulalia, la partida de don Ramón parece sólo un tránsito necesario, un apartarse para dejar que la vida de ella fluya fuera del círculo de tiempo del que, según Eulalia, debe salir. Así lo interpreta ella: una señal para romper el tiempo igual de su vida con Rene, antes de que se vuelva circular y se estanque como agua de charca sucia y maloliente.

 Nadie más que Petrona y Fausto caminan cerca de la «mal nacida», como la llaman los que frecuentan la cantina de Patrocinio. Doña Carmen y En gracia no tienen problemas con las lágrimas, más bien ante el silencio de los deudos principales, se sienten en la obligación de balar como corderos, no vaya a ser que el espíritu de don Ramón mal interprete aquel silencio como desamor. Bajo la batuta sollozante de las dos mujeres, lloran la Lola, la Nidia, la Verónica; llora Terencia y caminan sobrios y adustos Julio, Fermín, Florencio, Fernando, el alcalde y todos cuantos son vecinos del Encanto o conocieron en vida al difunto.

El padre Pío, vestido de morado va a la cabeza de la procesión fúnebre, guiando el rebaño al que llamó en la misa de réquiem a imitar la honradez y el sentido de justicia de don Ramón. Lleva en la mano el crucifijo y el agua bendita que regará sobre la tierra donde para el fin de los tiempos descansará su ejemplar feligrés. Ni qué pensar que Sofía seguirá el ejemplo de Ramón de dar a la iglesia abundantes limosnas, a pesar de que con una mínima parte de lo que había heredado, podrían concluirse la escuela y la sacristía que aún estaban sin techo. Esa muchacha nunca sabría dónde andaba el corazón, piensa el padre Pío. Él se rehúsa a seguirle la corriente a las que, como Patrocinio —que ahora caminaba remolona con el marido en el cortejo— aducen que la muchacha es un engendro del diablo, atribuirle todo a la brujería es un mal del pueblo. Las confesiones de la Sofía eran iguales que las de cualquiera a esa edad, aunque era cierto que hacía más de un año que no ponía pie en el confesionario. Tendría que apartar un tiempo e ir a hacerle una visita, se dice el sacerdote, mientras se acercan al cementerio colorido ubicado en una falda del terreno al lado de la carretera.

 ¿Por qué pintarán las cruces y las tumbas de celeste, rosado y verde aguamarina?, se pregunta Sofía.



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Sofía escucha con la cabeza baja lo que dice doña Carmen y también siente miedo. Está a punto de decir que no, cuando doña Carmen empieza a esbozar el plan de cómo harán para sacarla escondida de la casa sin que nadie se entere. Eso sí le interesa. Oye con los ojos bien abiertos que existe una receta de té de floripón que haría dormir a Rene y Fernando un sueño pesado del que nada podría despertarlos hasta el amanecer. Cuando duerman, le sacarán a Rene de la camisa las llaves del portón y saldrán. Samuel las estará esperando con unas bestias detrás del muro para llevarlas a su rancho. Nadie se enterará de nada, le dice. La Petrona será su cómplice.

La posibilidad de poseer la receta del té de floripón, convence a Sofía. Lo que le interesa es la fórmula del somnífero que hará dormir a Rene.

Eso sí puede cambiarle la vida.

Faltan pocos días para hacer descender a Eulalia al ámbito de los vivos. Sofía ahuyenta las imágenes. Llama a Esteban por teléfono más que de costumbre, obligando a la secretaria a sacarlo de las sesiones del Juzgado bajo cualquier pretexto. Esteban no entiende, pero regresa a la sala de sesión con la mirada brillante de amor y hace defensas vehementes de casos en los que ni él mismo cree.

Eulalia anda flotando alrededor de Sofía y ella le huye por los corredores de la casa, escondiéndose en el huerto, deshierbando las plantas de tomate y arrancando antes de tiempo las lechugas. Petrona anda nerviosa quebrando copas y vasos. Sólo doña Carmen llega tranquila por las tardes a sentarse con Sofía y explicarle lo que se requiere para servir de médium de un espíritu en pena. A Sofía yale parece verse sentada al lado de Samuel con los ojos cerrados, «dejando que la mente seponga en blanco» para que el espíritu de Eulalia entre en ella y hable por su boca. En la semana de los preparativos, apenas si puede comer por el nerviosismo y un día antes de la noche señalada, Rene la encuentra vomitando en el baño después de la cena y le ayuda a sostener la cabeza y se comporta muy tierno con ella, creyendo que, por fin, está embarazada.

Sofía sonríe fingiendo agradecimiento. Se deja secar la cara con la toalla, todo el tiempo pensando en las hojas de floripón que tiene escondidas entre la ropa interior.

A las cuatro de la tarde del miércoles empiezan los preparativos. Petrona, doña Carmen y Sofía se encierran en la cocina. El cuarto de cocina es amplio y en él conviven lo antiguo y lo moderno. Rene insistió en construir una cocina de leña para estar prevenido en las épocas en que, por las guerras o los desastres, escaseaba el gas butano en el país.

Petrona usa la cocina de gas para hornear pasteles bajo la supervisión de Sofía, a quien le da de vez en cuando por probar un libro de recetas españolas que le regalara Fausto; el resto del tiempo, la doméstica teme las historias de explosiones y prefiere la leña que abunda en la casa. Hay una mesa de fórmica en el medio,con taburetes de trípode que se conocen como «patas de gallina» y dos sillas de asiento enjuncado, herencia de la Eulalia. De clavos acomodados a lo largo de la pared cuelgan cacharros y ollas de todos los tamaños. Una mata de bananos madura en una esquina, cerca de la refrigeradora que sobresale en el ambiente con un aire esbelto de blanca aristocracia.

Hay dos ventanas en la cocina; una da al frente de la casa y la otra mira hacia el jardín donde Sofía cosecha legumbres. Petrona cierra la que da al frente y se sacude las manos en el delantal sin saber por qué.

—No cerrés la ventana — le dice doña Carmen— Nadie tiene que pensar que estamos haciendo algo a escondidas.

  La muchacha obediente la abre de nuevo.

 Sofía está sentada en una de las butacas enjuncadas, mirando con ojos fijos los preparativos de doña Carmen, quien sobre un trozo de madera, machaca suavemente las hojas de floripón. Levanta los ojos y le dice a Petrona que no se preocupe. «Mandé a Fernando a traerme unas naranjas al Encanto.Estamos solas.» Petrona se tranquiliza y se ocupa de las galletas de jengibre, la cajeta de coco y los caramelos de limón. Servirán a Rene postres después de la cena, acompañados por té de hierbabuena. Ya Sofía lleva días ensayando a darle té antes de la hora de dormir, con el cuento de que las infusiones ayudan al descanso y al buen funcionamiento de los riñones. Rene asiente porque sabe que es conveniente estimular los cultivos caseros de su mujer.

Doña Carmen pone a hervir agua en una cacerola renegrida. —Con dos hojas es suficiente -dice, espolvoreando en el agua las hojas machacadas— , el té de floripón puede hacer dormir, pero también puede matar si se nos pasa la dosis. Sofía le ayuda a Petrona a enrollar las bolitas de caramelo de limón en el azúcar. Las tres mujeres guardan silencio. Se escucha el sonido del agua, el hervor de la miel, el raspar del caramelo sobre los gránulos de dulce. En la cocina, las tres semejan brujas antiguas, brujas sin espanto, ni escobas, brujas blancas,diosas ocupadas en la fragua del sueño de los hombres. Oficio antiguo, de mujer.

 Petrona, de vez en cuando, levanta los ojos y mira a Sofía. No sabe qué tiene ella que le produce miedo. La quiere pero la teme. Nunca ha querido creer los cuentos de algunas mujeres del pueblo como Patrocinio y otras que a pesar de esto, no dejan de llegar a que les lea las cartas; piensan que la gitana es hija del demonio o que el diablo sólo espera el momento para llevársela por los aires, poseerla y dejarla preñada del Anticristo. Sofía es buena con ella, le regala ropa y zapatos viejos, pero no tan viejos que ella no pueda usarlos y verse mejor que muchas otras en la misa de los domingos. Además, Eulalia la crió y todos saben lo buena que era Eulalia a pesar de su manía de encerrarse a llorar a los hijos. Doña Carmen le inspira respeto. No estaría ayudándole a Sofía si creyera que ella mantenía vínculos con el diablo. Ella tampoco lo creía. Sólo porque era huérfana hablaban mal de ella; y por aquella ocurrencia del caballo el día que se casó.

 Petrona levanta los ojos y mira a Sofía, sus dedos largos dando forma a la melcocha de limón, rodando y volviendo a rodar sobre el azúcar como si estuviese tocando otra cosa con expresión perdida, ida, hipnotizada.

 Petrona se frota los brazos para que no le suba el escalofrío.

 Doña Carmen espera que haya buena luna; que el floripón haga efecto, que todo salga bien y Eulalia se manifieste. Esta mañana se bañó con agua de canela para ahuyentar los malos espíritus y las envidias que irradian malas vibraciones. No puede negar que tiene el estómago algo jugado, la misma sensación que la invade un momento antes de voltear las cartas, cuando les lee el Tarot a los hijos y no sabe si al voltear los naipes alguna mala desgracia aparecerá en los arcanos y ella no sabrá qué decir.

Pero nada tiene que temer de Eulalia, se dice. Hay muertos cuyo conjuro puede traer hasta disturbios en el clima por lo rabioso de sus aflicciones, pero está segura que las señales de Eulalia no son problema de remordimientos, ni de culpas ocultas que haya dejado sin resolver. Sabe que la forma en que se le manifiesta a la Sofía es una de las maneras en que el amor sigue manteniendo la energía después de la muerte, porque de seguro no tuvo tiempo de revelarle a la muchacha misterios que, quizás, le harían la vida más llevadera.

 Sofía no quiere aceptar que tiene miedo. El miedo no es para ella. Ella es diferente. Aunque nunca ha dejado de humillarle la manera en que los ojos silenciosos de los demás le esgrimen el abandono de su oscura y errante procedencia, desde que empezaron a asomársele los recuerdos se siente indomable, dueña de otra noción del tiempo y el espacio, de un conocimiento distinto de la muerte y del origen de la vida. Los gitanos eran portadores de misterios arcanos y desde siempre pudieron aprisionar el futuro y el pasado en luminosas bolas de cristal. Para ellos la muerte era sólo otra dimensión, una curva de la esfera moviéndose a otra velocidad. Eulalia estaría allí, retenida con sus secretos. Su sangre gitana la encontraría. No tenía por qué tener miedo.

 Si tan sólo Eulalia pudiera darle indicios, rumbos, latitudes o longitudes. El mundo es enorme y desconocido. Si tan sólo pudiera abrazarla una vez más, volver por un instante a sentirse Sofía de trenzas y lazos en la mecedora del corredor de la tarde, pequeña como para acomodarse en el pecho de Eulalia. Ella sí quiso a esa mujer. A ella y a don Ramón. Por eso está aún allí esperando que muera don Ramón, que la muerte la libere de ese amor para siempre.

 El té está preparado. Doña Carmen revuelve el agua incolora donde hay un leve perfume a sueños prohibidos. Las tres mujeres se asoman al agua y ven el reflejo de sus ojos como si se asomaran al umbral de una dimensión ignota donde réplicas fieles de sí mismas viven y las miran.

Arreglan los dulces en la bandeja. Petrona saca el mantel bordado que Rene le trajo de regalo a Sofía en un viaje que hizo a Panamá y lo extiende sobre la mesa. Doña Carmen se acerca al espejo que hay en el corredor sobre el lavamanos esmaltado. Se mira, se echa agua en la cara, se humedece las manos para alisarse las hebras de pelo que se le han salido del moño que ajusta, volviendo a ensartar las peinetas.

 —Bueno, hija —dice a Sofía— Ahora ya sabes lo que tenés que hacer. A las once te espero con Samuel detrás del muro.

 Y se despide.

Sofía pone a cocer el té de hierbabuena para que cuando Rene llegue sienta el olor desde la puerta. Mueve la cuchara de palo en el agua, lentamente, sin poder evitar la sensación que ha experimentado toda la tarde de estar flotando, de observar los objetos, la luz que cae sobre el jardín deshilachando azules y malvas, como si estuviera muy lejos, como si ella misma fuera un espíritu. Sólo la presencia de Petrona con su nerviosismo haciendo tintinear los cacharros de la cocina mientras los lava en el fregadero, mantiene estático el tiempo de la realidad.

 Las dos se miran y se llevan los dedos a los labios como si estuvieran jugando, cuando se escucha el sonido del jeep de Rene, la voz de Fernando que abre las trancas del portón.

Sofía sale de la cocina, secándose las manos en el delantal. Sonríe con sonrisa de esposa haciendo que Rene se pregunte de nuevo si es que su mujer no estará embarazada. Está cambiada desde hace días, anda como sin hacer ruido, hundida en sí misma como ha visto que sucede a las mujeres cuando tienen un ser escondido en las entrañas con quien parecen estar hablando secretos. La abraza, pasándole afectuoso el brazo por los hombros, llevándosela para adentro de la casa, hacia la sombra del interior que huele a hierbabuena. Ya está harto del nuevo experimento de ella, esto de servirle infusiones y darle galletas y dulces después de la cena. Vaya a saber, se dice, de qué novela habrá sacado estas ideas refinadas que no van con él; pero en fin, tratará de decírselo con delicadeza, no vaya a ser que esté realmente en estado y el disgusto pueda afectarla.

 Se tomará el té y fingirá que le halaga aquel ridículo escenario de cenar con mantel bordado, con los platos acomodados como para una comida de señoritos de ciudad. A quién se le habrá ocurrido sugerirle esa excentricidad, cuando a él lo que le gusta es comer sin camisa, sin formalidades, con sus buenas tortillas y plátanos cocidos, la cuajada en su hoja de chagüite, el chilero con su tapa de madera. Así ha cenado hasta hace pocos días, cuando Sofía le pidió que la dejara «atenderlo», «fingir» que estaban en un restaurante. Y él por halagarla, porque se divirtió con la ocurrencia los dos primeros días, le dijo que sí, pero ahora ya se está aburriendo de las infusiones, de la ceremonia. Y le pregunta, al final de la cena, si no le importa que se quite la camisa, para tomarse el té que ella le ofrece ahora en la taza de loza floreada.

 Como advirtiera doña Carmen, el sueño llegare lativamente rápido. Rene no sabe por qué de golpe siente el cansancio ablandarle los huesos. Sofía lo ayuda a llegar a la cama. Lo desviste como si estuviese borracho. Él la oye moviéndose para quitarle la ropa, las botas; la ve sobre él y le parece que su cara se ha vuelto traslúcida, que puede ver a través de la piel de ella la figura de una mujer desvistiendo a un hombre repetido hasta el infinito en los espejos.

 Mientras Rene sueña con parejas copulando y niños que lloran bajo tupidos mosquiteros, Sofía, acompañada por Petrona, que le ha aplicado la misma receta a Fernando, se anuda en el cuello el rebozo celeste que le cubre la cabeza y sale por el portón que la doméstica vuelve a cerrar con las llaves incautadas.

El cielo está oscuro. Nubes zoomorfas semejando monstruos que guardarán el rumbo circular de la luna, dan a la noche una atmósfera espectral. Sofía camina de prisa al lado del muro que circunda la casa, hasta llegar a la parte de atrás donde ya la esperan Samuel y doña Carmen montados en sendos caballos. Samuel la ayuda a subir detrás de su montura. Sofía se sujeta de la cintura del hombre y pronto los animales avanzan a trote rápido, cortando por veredas la ruta hacia la casa del hechicero.

Samuel siente el calor del pecho de la muchacha sobre su espalda, el roce de sus piernas cerca de la parte baja de las caderas. No hay nada suave en ella, piensa. No puede siquiera percibir miedo. Le parece verla oteando la noche del campo, territorio ignoto desde sus encierros. Sofía mira las sombras delos elequemes, la figura retorcida de los troncos de los chilamates, las ramas de donde cuelgan, como harapos, manojos de raíces, el intermitente aleteo plateado de las luciérnagas. Sus ojos, sus poros, absorben la densa oscuridad, respirándola, gustándola. Aprieta más fuerte la cintura de Samuel cuando los caballos, ya en el cauce más alejado que desemboca en el sendero hacia el rancho del hombre, rompen en un galope cadencioso, que mueve sus caderas haciéndolas oscilar rítmicamente. El hombre escucha la respiración agitada de ella, siente la euforia de la mujer metiéndosele por la camisa y por el pantalón.

 Al llegar y detenerse los caballos, le ayuda a bajar en un roce de alientos alterados y piensa que los demonios de la gitana no huelen a azufre, sino a reseda y a ninfas bañadas en las pozas oscuras donde la luna cada noche sumerge sus misterios.

Doña Carmen mira a todos lados cerciorándose de que nadie merodea cerca del rancho, antes de entrar al recinto apretado de la única habitación de Samuel.

Después del aroma enloquecedor de la noche, Sofía no puede evitar un gesto de repulsa al entrar en la estancia donde habrá de tener lugar la ceremonia: candelas de sebo amarillentas están dispuestas en círculo, despidiendo efluvios rancios que se mezclan con olores a sudores viejos, a la palma ahumada de las paredes y al polvo acumulado en los sacos de granos que Samuel guarda en una de las esquinas..


 El hombre ha puesto frente al círculo de candelas gruesas y cortas, el catre a manera de asiento para los tres. Frente al catre, al otro lado del círculo, hay una banqueta dispuesta para que el fantasma de Eulalia pueda sentarse y descansar del largo viaje que están a punto de obligarla a emprender con los antiguos conjuros.

Sobre la cocina de leña, hay más candelas y unos cacharros de barro donde arden hierbas despidiendo humos negruzcos y acres.

—Faltan quince minutos para las doce —dice Samuel— Guardaremos silencio, pensaremos en Eulalia y a las doce empezaremos.

 Sientan a Sofía en el medio. Samuel se acomoda a su lado izquierdo y doña Carmen a su derecha. Se toman las manos. Sofía los vecerrar los ojos y los cierra a su vez. Los abre de nuevo y recorre la vivienda del brujo, el desorden de su pobreza, el altar con la Virgen de las espadas. Lo mira de reojo a su izquierda, sin camisa, brillándole el sudor en el fondo cobrizo de la piel que pareciera metal bruñido a la luz de las candelas. La mano de él está inerme en la de ella. Ha dejado de ser hombre para convocar a los espíritus. No es muy viejo Samuel, piensa, tendrá cincuenta años seguramente bien vividos y fornicados. Recuerda que Gertrudis hacía algún tiempo le había contado que una amiga que le consultó sobre un mal de amor, recibió la siguiente respuesta: «mal de varón, sólo con varón se quita». Y ella, de tanto estar encerrada, se está volviendo perversa: primero las fantasías que imagina con Fernando y ahora con Samuel. En el caballo, ha sentido lo mismo que cuando se encierra horas y horas enel baño a encontrarle razón a las pasiones de los libros y a los condenados placeres de la carne. Fue suficiente la cercanía del brujo para que el orgasmo le reventara entre las piernas, igual que cuando se toca hablando por teléfono con Esteban. «Todas las gitanas son putas.» Eso le había dicho Rene el día que se casaron. Quizás tenía razón. O era, como había leído Fausto, que su raza venía de una mujer que existió antes de Eva y que hizo el amor con Adán sin quedar marcada por el pecado original. Ella no entendía el pecado como parecían entender lo Gertrudis, Petrona y hasta Eulalia. Ella era diferente. Cerró los ojos, tratando de pensar en Eulalia, en la infancia remota, el día en que bajó del cerro y la vio por primera vez. Apenas lo recordaba. Su memoria era una serie de fotos fijas, nada fluido, nada como un cuento que uno pueda narrarle a otra persona: Eulalia cosiendo en la máquina haciéndole vestidos; Eulalia supervisando la construcción de la casa que don Ramón le mandó a construir para que Sofía la tuviera cerca del Encanto, ella jugando entre los ripios, los bloques y las varillas, robándose mangos, con Eulalia visitando a doña Carmen y a las señoras que hacían cajetas en enormes peroles de barro en Diriomo. Eulalia detenida en una risa cuando le modeló el vestido de su bachillerato; la mirada de horror de Eulalia, cuando entró en la iglesia el día que se casó y la vieja se le acercó y le quitó la tierra de la cara con un pañuelo mojado en su propia saliva, y la expresión de angustia de Eulalia cuando regresó de la luna de miel, y después sus consejos para sobrellevar el encierro, las recetas de cocina, el planchado del quiebre de los pantalones de Rene, los cuellos de las camisas...

—Ya es hora —dice Samuel y se levanta.

Doña Carmen también se levanta. Los dos se van al lado del círculo donde está el taburete que han dispuesto para Eulalia. Se arrodillan uno a cada lado de la banqueta. Samuel ha tomado uno de los cacharros de barro con las hierbas que sueltan humo acre y las dispersa formando un círculo alrededor del mueble, mientras ambos emiten un sonido sin palabras que suena a pechos huecos y lamento.

Sofía cierra los ojos, como le instruyera doña Carmen, trata de poner la mente en blanco, concentrarse en el sonido de los dos hasta que siente que los pulmones se le están llenando de ese sonido y que ella también se está convirtiendo en un lamento, en ansia de ser niña, niña corriendo detrás de las cometas en el mirador de Catarina, cometas de periódicos con papelillo en las colas, corriendo detrás de los garrobos, de las lagartijas a las que cortaban las colas para verlas moverse con vida propia ya despegadas del cuerpo...

 —Eu, eu, eu, eu... —el sonido de dos vocales entonado por las voces lejanas del hombre y la mujer inclinados junto al taburete, entra en Sofía y se hace viento... «lalia, lalia, lalia» siente que dice y siente que la llama «Eulalia» con todo su ser; las lágrimas le corren por las mejillas y tiene frío: Eulalia, Eulalia, Eulalia y sopla el viento las candelas y cuando Sofía abre los ojos, sólo están encendidas las que estaban en el suelo y Eulalia está sentada sobre el taburete, fumándose su punto chilcagre de las tardes, como si nada.

 —No te le acerques —advierte Samuel a Sofía, adivinando el impulso de ella de abrazar a Eulalia— ni cruces el círculo de las candelas.

El hechicero y doña Carmen se levantan despacio y caminan en cuclillas alrededor del círculo, hasta volver a sentarse al lado de Sofía en el catre y tomarse de las manos.

 —Te hemos llamado por la Sofía —dice doña Carmen.

—La Sofía me llamó —dice Eulalia— Quería que yo la abrazara. Lo sentí en todas las raíces de la tierra empujándome para fuera.

 —¿Cómo estás, mamá Eulalia? —pregunta Sofía.

 —Aburrida, hijita. La muerte es un largo aburrimiento. No hay días, ni noches; es un tiempo que no se mueve.
 —Te fuiste sin decirme adiós.. .
—Y por eso no acabo de irme. -¿Sufriste?

 —No. Fue rápido. Fue como hundirse en un pantano negro lodoso y volver a encontrar a un montón de conocidos hablando todo lo que no dijeron en vida. Los muertos están llenos de palabras sin sonido.

 —¿Y por qué me abriste la memoria?

 —Desde donde yo estoy, el tiempo es una espiral. Es posible ver hacia abajo todos los días hasta el momento de la muerte. El pasado es de los muertos; en cambio el futuro ya no lo vemos porque hemos dejado de movernos. Sin movimiento, el tiempo no existe. Viajé en la espiral hasta tu pasado, Sofía. Ahora lo conozco y era necesario que sintieras necesidad de conocerlo.

 —¿De dónde soy, de dónde vengo, quién soy? —pregunta Sofía. Tantas preguntas y el temor de que Eulalia se esfume otra vez.

 —Tu pueblo viene andando por siglos. No son de ninguna parte. Vos naciste en un lugar árido y sin volcanes en tiempo de calor, pero tu país no existe porque los gitanos no tienen país; venís de un hombre y una mujer igual que todos, de Sabino y Demetria, pero no sé sus apellidos porque no me atreví a bajar hasta el nacimiento de ellos, por miedo de perderme y no poder regresar; sos esto que sos, hijita, lo que tocas cada mañana al levantarte, lo que soñas despierta y dormida, lo que no sos aún...

 —Esas no son respuestas, mamá Eulalia... eso no me dice nada —la desesperación va enredándose en la voz de Sofía.

Hay tiempos que suben en espiral, pero hay tiempos que giran en círculo. Eso pude ver en mi viaje hacia tu pasado. Tu tiempo es un círculo. Lo que se vivió antes de vos, lo volverás a vivir y eso es peligroso. Témele al amor y a sus arranques, témele a tus manos, lío no sé cómo se rompen los círculos del tiempo. Soy muy vieja y los muertos ya nada podemos aprender, pero sé que hay círculos que se rompen. Los he visto desde las esquinas de la espiral donde muero, hay círculos que los vivos logran romper. Ojalá rompas el tuyo. Tenés que buscar los símbolos, Sofía; encontrando tu pasado, encontrarás tu futuro... —¡No te vayas, mamá Eulalia...! —grita Sofía. Pero ya Eulalia ha desaparecido. Apenas se ve el tizón de su purito chilcagre, cruzando el aire hacia el espacio donde de nuevo seguirá estando, mirando las espirales y los círculos inmóviles.

 Sofía se queda quieta un momento. Se levanta, cruza el círculo de las candelas, toca el taburete, mira a Doña Carmen y a Samuel, manotea en el aire con ojos de loca, sale a la puerta y regresa.

La adivina y el hechicero no se mueven. Observan cómo la muchacha torna del profundo desconcierto con el cuerpo tenso. La ven pasar del estupor a la furia de todas las preguntas que dejara Eulalia sin respuesta. Sofía se desata en patadas y puñetazos. Patea candelas, patea la banqueta donde estuvo Eulalia, grita, jura, maldice, agarra la noche a manotazos.

—¡Esto fue todo! ¡Para esto me trajeron! ¡Para que no me dijera nada! ¡Para que me hablara del pasado en parábolas! ¡Para que se volviera a morir con sus secretos! ¡Para esto estuvimos como idiotas! ¡Para esto, para esto... ni quince minutos se quedó! ¡Eulaliaaaaa! -grita.

Samuel es el primero que se mueve. Se le acerca esquivando los golpes de los multiplicados brazos de la muchacha, hasta que logra sujetarle una mano y con la otra la agarra limpiamente a bofetadas.

 —¡Ya! -4e dice— ¡Ya! ¡Diabla de mierda, ya!

 —¡Samuel! —grita doña Carmen, interviniendo— ¡No le grites así! ¡No tenés derecho! ¡Déjela!

-No ves que está histérica? —grita Samuel— ¿La voy a dejar que me desbarate toda la casa?

Doña Carmen arranca a Sofía de las manos de Samuel que la tienen sujeta por los brazos. La acerca a su pecho abundante. Sofía los está mirando a los dos con cara de estupor. Se resiste al abrazo de la mujer y se toca el ardor de los golpes de Samuel en las mejillas.

—Llévenme a mi casa —casi escupe—. Ahora mismo. ¡Nada tengo que hacer aquí con ustedes!

 Ciertamente, Eulalia habló poco esa noche. Ella sabía que, al día siguiente, Sofía sería libre y lloró desde la muerte....