Despacio han pasado los días para Sofía, pero con Xintal se siente feliz y a veces quisiera no irse nunca de allí, de aquel lugar escondido en la vegetación, que nadie puede ver porque el rancho tiene colores de camaleón y se confunde entre arbustos y árboles centenarios, cuyas copas dan una sombra perenne. La rústica vivienda tiene paredes de tablones, techo de viejas tejas y sobre las piedras canteras que forman la cocina, crece una enredadera de buganvilias que se trenza sobre el techo y aparece sobre los huecos que forman las ventanas. Más de una vez, cuando hace viento, las flores moradas aparecen como condimentos en el arroz y los cocimientos de verduras. La cocina divide el espacio entre los dos cuartos de piso de tierra apelmazada y en ella pasan las dos mujeres la mayor parte del día, porque Xintal se especializa en cocimientos capaces de curar desde la picadura de las culebras hasta el dolor de las menstruaciones. Ollas de barro y calderos de tosco aluminio se agrupan sobre estanques que también exhiben una gran profusión de recipientes de vidrio donde hay líquidos verdes, ámbar y rojo encendido, así como hierbas y otras sustancias indescriptibles. En la habitación donde duerme Sofía, hay sacos de granos y efigies de barro de mujeres de vientres protuberantes y grandes mamas, que Xintal decora para vender en el mercado como amuletos para la esterilidad. En el cuarto de la vieja, se apilan muebles desvencijados de otros tiempos y un altar a una diosa de largas piernas, desnuda y con un carcaj de flechas al hombro. La vivienda se prolonga hacia el patio donde está el horno para las estatuillas y el pan, y un rudimentario huerto que produce tomates, lechugas, pipianes, rábanos, culantro, perejil, pepinos, frutas y cebollas. Bajo un árbol de genízaro, se ve el lavadero y al fondo la casa de la letrina
. —No me hace falta salir de aquí más que una vez al mes —dice la vieja—, la ciudad no es buena para el espíritu.
Hay momentos en que Sofía tiene la sensación de estar en algún lugar de tiempos muy remotos, donde los relojes se guiaran por cielos y estrellas diferentes. No se cansa de observar y hablar con la vieja cuyo misterio la ronda y forma halos de luz, arco iris tenues a su alrededor. A ratos, en la cocina, Sofía ha creído verla tornarse transparente, y mirar las lenguas de fuego del fogón surgir entre los pliegues de su ropa.
Hace mucho que no siente la paz y tranquilidad que la cercanía de esta mujer le inspira. Por las mañanas, se levanta cuando el amanecer apenas empieza a trazar las líneas de los bosques de ceibos, guanacastes, genízaros, jiñocuagos y laureles del volcán y junto con la vieja, enciende las brasas del fuego y pone a hervir agua para café. Xintal se baña en el patio con el agua de pozas azules que hay en el Mombacho y que, a diario, le lleva un niño rubio y extraño, mudo de nacimiento; luego se baña Sofía en la misma agua cristalina, un agua tibia y confortante.
—¿Cómo es que el agua es tibia cuando debe hacer tanto frío allá arriba, en las pozas que decís hay en el cráter? —le preguntó a Xintal la primera vez.
—Las entrañas del volcán la calientan hasta la ebullición —le dijo ella— Cuando llega aquí, el agua está tibia, cuando el niño la recoge, el agua hierve. Ya ves, en ninguna ciudad hay estos lujos... —sonrió maliciosa—, ¡agua caliente a domicilio! ¡El volcán cuida a sus criaturas!
Xintal habla de diosas y no de dioses.
Para ella, la tierra es la mayor de las divinidades, la madre de todos los frutos y de toda la vida. No cree ella en dioses mezquinos que necesitan templos oscuros donde ser adorados y hombres célibes que cuiden sus casas.
—La Diosa anda en los vientres de las mujeres y en el falo de los hombres, porque allí es donde comienza la vida desde donde todo lo demás se genera. Sólo la oscuridad de las almas extrañadas de la naturaleza, ha podido inventar un dios macho con una madre virgen, para quien el placer que produce la vida es pecado.
Ella ha sido bruja por generaciones, le dice. Las brujas están encargadas de conservar la sabiduría ancestral de mujeres, que desde tiempos remotos, antes de que se las persiguiera y se las obligara a la docilidad, veneraban la tierra y conocían el secreto de las buenas cosechas, los poderes mágicos de las plantas y las entrañas de ciertos animales. Xintal afirma que puede leer en la luna el paso de las estaciones, las premoniciones sobre inviernos o sequías, así como el ciclo de las sangres menstruales y los partos.
Sofía no sabe si creer sus fabulosas historias en las que afirma haberse codeado con Adán y Eva y tener más de treinta hijos regados por el mundo. Un día hasta le dice que ella había conocido a la mujer de cuya estirpe procedían los gitanos.
La antigüedad de Xintal era obvia, todo su cuerpo estaba arrugado, pero nadie vivía tanto tiempo, se decía Sofía, para no dejarse llevar por la elocuencia de la mujer contándole de épocas anteriores a todo. La verdad es que nunca había oído hablar de esas cosas y los cuentos de Xintal eran fascinantes, mejores que los de las Mil y una noches.
A veces la mujer se quedaba en trance mientras hablaba, como si pudiera ver a lo lejos las imágenes vivas de su memoria en el aire de la sombra bajo el genízaro.
En la fascinación de aprender de la vieja el oficio de las mujeres antiguas, se le ha pasado el tiempo a Sofía casi sin darse cuenta. De día cocina con Xintal filtros y recetas, cocciones mágicas y emplastos milagrosos y aprende a conocer los métodos indígenas para hacer que la tierra produzca buenas cosechas. De noche, Xintal le pide que se siente a la orilla del fuego de la cocina y le suelte la trenza del pelo. Ella lo hace con gran docilidad y se queda silenciosa, pasando el peine una y otra vez por el largo pelo entrecano de la mujer, mientras aquella habla y habla sus historias encantadas y le muestra cómo leer la fortuna en el té de hojas de limonaria, las fechas de ritos anteriores a toda memoria, el idioma del viento en las hojas de los árboles anunciando tormentas o temblores de tierra, cómo se corta el cordón de un niño o de una niña para que sean independientes y no repitan los errores o carguen las maldiciones de los padres, cómo leer el futuro en el agua de las pilas quietas en el amanecer...
Nadie que la viera allí, reconocería en ella la mujer briosa que salió a caballo una noche de tormenta. Diría se que la sangre se le ha amansado bajo el influjo maternal de la vieja.
—Te estoy preparando para la vida —le dice Xintal— porque nada va a ser fácil para vos.
Sofía no ha resistido la tentación de preguntarle sobre su origen, pero, lo mismo que con Eulalia, nada ha podido sacar en claro. Ni las brujas más sabias parecieran poder descorrer el misterio de su pasado. Xintal le repite que tenga cuidado con el tiempo circular de su madre, pero ella no entiende de qué círculos se trata. La vieja le ha pronosticado un gran amor y Sofía se ha reído para sus adentros. «Se lo dicen a todas las mujeres», piensa, «pero yo soy diferente. No me van a contar cuentos de pajaritas preñadas.»
Sin premoniciones, duerme bien en una hamaca colgada de los horcones del rancho. Antes de dormir oye el viento en la selva del volcán, moviéndose y silbando entre la humedad del musgo que crece sobre los árboles y los cubre de encaje verde, oye las chicharras cantando alto, los monos aullando en el denso habitat del Mombacho.
Sin duda quien más genuinamente ha sufrido la huida de Sofía es En gracia.
La vergüenza la persigue por las calles del Diriá y con costo se atreve a ir a la iglesia bajo las miradas de burla y reprobación de las gentes del pueblo. A pesar de dudas que la mantienen insomne y del episodio del entierro de don Ramón que la hizo distanciarse un poco de Sofía, el corazón de En gracia sigue fiel al cariño por la muchacha y no deja de repetir insultos callados para quienes acuerpana Rene y no son capaces de darse cuenta de que nadie sino él es culpable de la escapada de la pobre esposa. «¡Mira vos a quién se le ocurre encerrar a una muchacha joven y pensar que en estos tiempos ella se va a quedar tan mansa y tranquila! Si ahora las mujeres ya no son como éramos nosotras, tan dundas y sumisas. Ahora van a trabajar, se ganan la vida solas, escogen y dejan a sus maridos...» Monólogos interminables la acompañan en sus oficios domésticos y en las compras del mercado, pero por mucho esfuerzo que hace no puede evitar que la martiricen las afirmaciones vociferantes de las marchantesque, mientras venden tomates y verduras, comentan con saña, para que ella las escuche, que por fin se le salió la mala sangre a la gitana, si hasta le puso al marido citatoria de divorcio por los periódicos... ¿Y qué dice usted, niña En gracia? Cuídese, no vaya a ser que ese cuervo le saque los ojos.
Rene no puede dar crédito a sus ojos cuando abre el periódico y lee el edicto citándolo para dilucidar la demanda de divorcio: «Cítase por Edictos al señor Rene Galeno Duarte para que, dentro de cinco días, después de la tercera publicación, comparezca a este Juzgado del Distrito Civil de Masaya a alegar lo que tenga a bien en la solicitud de Divorcio Unilateral que, por voluntad de una de las partes, le interpone la señora Sofía Solano, bajo los apercibimientos de nombrarle Guardador si no comparece. Dado en el Juzgado Civil del Distrito de Masaya...»
Zoila, la doméstica que ha tomado el lugar de Petrona, contaría después cómo el señor tras golpear la mesa con el puño y gritar repetidas veces «Hija de puta», «la puta que te parió», se había levantado de la mesa tirando al suelo la silla y la había emprendido contra la vajilla de la mesa, la jofaina, el espejo y la pana de lavarse las manos situada en una esquina a la entrada del comedor, las cortinas de visillo que separaban al comedor de la sala... «Acabó con todo, don Rene, ^b sólo me persignaba y rezaba en la cocina, rogando que no se le ocurriera venir a tirar todas las porras, pero me imagino que lo que quería era quebrar cosas, porque después se fue al cuarto que dicen que era el costurero de doña Sofía y desbarató todos los muebles a patadas».
¡Nunca en sus treinta y cuatro años de vida, Rene se había pensado capaz de matar a nadie; hasta cuidado tuvo de no pegarle a la Sofía a pesar de todas las que le hizo, pero ahora no tendría asco en matarla si pudiera tenerla en frente! ¡Desvergonzada hija de mala madre que se atrevía a exhibirlo como imbécil delante de todo Nicaragua, en aquella edición que circulaba a lo largo y ancho del territorio nacional! El hasta había estado dispuesto a perdonarle la escapada e instalarla bien cuando la encontrara, darle una casa, si ella quería separarse, porque ahora con lo dela Gertrudis, hasta bien le salía lo de la separación: ella podía quedarse sola, si esa era su voluntad, y él irse a vivir con la Gertrudis a otra parte, sin causar tanto escándalo. Pero eso del divorcio era distinto. La Sofía era su mujer para siempre y aunque no viviera con ella y él viviera con otra, sus derechos nadie podía quitárselos. Seguro la rufiana tendría algún querido. ¿Para qué se iba a querer divorciar una mujer decente? Las que se divorciaban eran las putas vergonzantes que tenían algún enredo escondido
.Pero ¿quién sería el hijueputa que él ni cuenta se había dado? ¡Que ni soñara ella que él iba a ir a hacer el ridículo en ese Juzgado con el montón de cabrones que se aparecían por allí! ¡Que viera cómo se divorciaba sin él! Desde la mentada revolución todas las mujeres se creían moneditas de oro, independientes. ¡La putería era lo que se había fomentado con esas leyes!
El hombre no sabe qué hacer con las manos, le duelen los nudillos donde la piel se ha desgarrado. Le tenía que suceder esto hoy precisamente cuando tiene una reunión de trabajo importante en Masaya. Imagina las caras de sus conocidos, las miradas de soslayo. Ya no podrá seguir ocultando lo de Sofía, diciendo que la mandó en viaje de compras a Costa Rica para que se olvidara de la muerte del papá.
Entra a la habitación a lavarse las manos y echarse agua fría en la cara. Nunca se debió haber casado. Se hubiera salido de la iglesia aquel día y nada de esto le estuviera pasando...
El teléfono repica y sale del baño a responderlo. Es Gertrudis. La voz de Gertrudis, tan suavecita.
—¿Viste el periódico, Rene? —Sí, lo vi.
Lo dice con tono de a quien nada le importa. No va él delante de la mujer que recién ha conquistado a mostrar lo profundo que se le ha herido el orgullo. Más tarde pensará que fue el amor el que lo iluminó y le hizo ver claro qué decir, pero al oír la voz de Gertrudis la explicación de la huida de Sofía y de lo que está por acontecer se le viene clara a la cabeza.
—Está furiosa porque sabe que te quiero —dice y le cuenta la nueva versión de los hechos: Sofía se había ido la noche en que él, en un arranque de sinceridad, le confesó estar enamorado de Gertrudis. Terrible había sido su reacción, platos y adornos de la habitación habían rodado por los suelos y a gritos le había prometido Sofía a Rene que lo haría arrepentirse, que lo convertiría en burla del pueblo. —Eso es lo que pretende con esto del divorcio —añade. Esa noche, en la cantina de Patrocinio, Rene paga los tragos de la concurrencia. Se emborracha y a todo pulmón anuncia «la verdad» de lo que había sucedido, anuncia que ahora sí va a ser feliz porque se va a casar con la Gertrudis, primero civil y cuando venga la anulación del matrimonio de Roma, se va a casar por la iglesia.
—Qué gran farsante es ese Rene —le dice doña Carmen a En gracia—. Como que nadie sabe lo compungido que ha estado desde que se le fue la Sofía y los destrozos que hizo cuando vio el edicto en el periódico...
—Pero nadie se acordará de eso en unos días —sentencia En gracia—, la gente va a creer el cuento del hombre y no tardarán en andarle haciendo reverencias a la mosquita muerta de la Gertrudis.
En gracia se balancea bajo la enredadera de glicinias azules de la casa de doña Carmen. Hace fresco allí a pesar del calor intenso del mediodía.
Al día siguiente, doña Carmen irá con Samuel a recoger a Sofía y llevarla de regreso al Encanto. Aunque la una trata de hacerle liviano el asunto a la otra, las dos están preocupadas por el regreso de la muchacha, que se ha empeñado en bajar del cerro y no quedarse más tiempo como habría sido aconsejable.
—Es como si quisiera desafiarlos a todos —dice doña Carmen y tamborilea los dedos sobre la mesa porque ella conoce lo que es sentir esa necesidad, lo difícil que es contenerse
cuando uno es joven y todavía no comprende que la incomprensión y la injusticia son más viejas que los ímpetus de la irreverencia.
—Lo que debería hacer la Sofía —dice—es no hacer tanta alharaca e instalarse en su hacienda a disfrutar la herencia con la que don Ramón, desde su tumba, la ha bendecido. No sería extraño que en poco tiempo volviera a encontrar marido y hasta llegara a ser feliz.
Ahora tiene reales y propiedades. Que viva bien y se olvide de los envidiosos. Ya tiene las tres «» del éxito, como decían en mi tiempo: cara, cuerpo y capital.
En gracia ríe pero en sus adentros no deja de estar triste y de tener malos augurios.
La que no puede contener su alegría es Gertrudis. Aquella mañana, los futuros viajeros hacia México, Panamá, conexiones a Europa y Estados Unidos, serán atendidos por una mujer amabilísima que no para de sonreír mientras llena boletos, hace reservaciones y se mueve diligente de un lado al otro de la oficina. Su primera reacción, al ver el edicto en el periódico, fue de miedo. Imaginó claramente la reacción de Rene, porque aunque ella estuviera convencida que había dejado de querer a Sofía, conocía lo macho que era y el golpe que aquello representaría para su orgullo. Un buen rato estuvo Gertrudis pensando si debía o no llamarlo por teléfono, meditó con cuidado lo que debía decirle para hacer que él reaccionara, para que se diera cuenta que lo sucedido podía ser positivo para todos. No creyó que funcionara tan rápido y que el amor propio herido de Rene se sacara tan limpiamente de la manga la explicación y justificación de cuanto había pasado. Ella estaba convencida de que la verdad era otra. Tan sólo pocos días atrás, todavía tenía dificultades para sacar a Rene de su ensimismamiento y hacerlo que hablara de algo diferente a la búsqueda de la Sofía o lo ingrata y estúpida que ésta había sido. Ni cuenta se daba él de que ofendía y hería a su reciente enamorada con la obsesión por la esposa desaparecida. Gertrudis se tragaba su rabia y hacía coro con las preocupaciones de él, a partir de su posición de amiga de infancia de la otra. «Me estoy volviendo una falsa, calculadora», se decía, sin poder evitarlo. Cada día que pasaba sentía nacer en ella un sentimiento nuevo, jamás experimentado: el rencor y el odio. Hubiera querido que Sofía desapareciera para siempre sin dejar rastro y más de una vez en esos días, se sorprendió deseándole la muerte. Pero ya no habría más necesidad de eso, pensó, quizás tomaría algo de tiempo, pero las cosas se arreglarían; sus deseos se verían cumplidos. Nada más podía pedirle al Cielo...
. —No me hace falta salir de aquí más que una vez al mes —dice la vieja—, la ciudad no es buena para el espíritu.
Hay momentos en que Sofía tiene la sensación de estar en algún lugar de tiempos muy remotos, donde los relojes se guiaran por cielos y estrellas diferentes. No se cansa de observar y hablar con la vieja cuyo misterio la ronda y forma halos de luz, arco iris tenues a su alrededor. A ratos, en la cocina, Sofía ha creído verla tornarse transparente, y mirar las lenguas de fuego del fogón surgir entre los pliegues de su ropa.
Hace mucho que no siente la paz y tranquilidad que la cercanía de esta mujer le inspira. Por las mañanas, se levanta cuando el amanecer apenas empieza a trazar las líneas de los bosques de ceibos, guanacastes, genízaros, jiñocuagos y laureles del volcán y junto con la vieja, enciende las brasas del fuego y pone a hervir agua para café. Xintal se baña en el patio con el agua de pozas azules que hay en el Mombacho y que, a diario, le lleva un niño rubio y extraño, mudo de nacimiento; luego se baña Sofía en la misma agua cristalina, un agua tibia y confortante.
—¿Cómo es que el agua es tibia cuando debe hacer tanto frío allá arriba, en las pozas que decís hay en el cráter? —le preguntó a Xintal la primera vez.
—Las entrañas del volcán la calientan hasta la ebullición —le dijo ella— Cuando llega aquí, el agua está tibia, cuando el niño la recoge, el agua hierve. Ya ves, en ninguna ciudad hay estos lujos... —sonrió maliciosa—, ¡agua caliente a domicilio! ¡El volcán cuida a sus criaturas!
Xintal habla de diosas y no de dioses.
Para ella, la tierra es la mayor de las divinidades, la madre de todos los frutos y de toda la vida. No cree ella en dioses mezquinos que necesitan templos oscuros donde ser adorados y hombres célibes que cuiden sus casas.
—La Diosa anda en los vientres de las mujeres y en el falo de los hombres, porque allí es donde comienza la vida desde donde todo lo demás se genera. Sólo la oscuridad de las almas extrañadas de la naturaleza, ha podido inventar un dios macho con una madre virgen, para quien el placer que produce la vida es pecado.
Ella ha sido bruja por generaciones, le dice. Las brujas están encargadas de conservar la sabiduría ancestral de mujeres, que desde tiempos remotos, antes de que se las persiguiera y se las obligara a la docilidad, veneraban la tierra y conocían el secreto de las buenas cosechas, los poderes mágicos de las plantas y las entrañas de ciertos animales. Xintal afirma que puede leer en la luna el paso de las estaciones, las premoniciones sobre inviernos o sequías, así como el ciclo de las sangres menstruales y los partos.
Sofía no sabe si creer sus fabulosas historias en las que afirma haberse codeado con Adán y Eva y tener más de treinta hijos regados por el mundo. Un día hasta le dice que ella había conocido a la mujer de cuya estirpe procedían los gitanos.
La antigüedad de Xintal era obvia, todo su cuerpo estaba arrugado, pero nadie vivía tanto tiempo, se decía Sofía, para no dejarse llevar por la elocuencia de la mujer contándole de épocas anteriores a todo. La verdad es que nunca había oído hablar de esas cosas y los cuentos de Xintal eran fascinantes, mejores que los de las Mil y una noches.
A veces la mujer se quedaba en trance mientras hablaba, como si pudiera ver a lo lejos las imágenes vivas de su memoria en el aire de la sombra bajo el genízaro.
En la fascinación de aprender de la vieja el oficio de las mujeres antiguas, se le ha pasado el tiempo a Sofía casi sin darse cuenta. De día cocina con Xintal filtros y recetas, cocciones mágicas y emplastos milagrosos y aprende a conocer los métodos indígenas para hacer que la tierra produzca buenas cosechas. De noche, Xintal le pide que se siente a la orilla del fuego de la cocina y le suelte la trenza del pelo. Ella lo hace con gran docilidad y se queda silenciosa, pasando el peine una y otra vez por el largo pelo entrecano de la mujer, mientras aquella habla y habla sus historias encantadas y le muestra cómo leer la fortuna en el té de hojas de limonaria, las fechas de ritos anteriores a toda memoria, el idioma del viento en las hojas de los árboles anunciando tormentas o temblores de tierra, cómo se corta el cordón de un niño o de una niña para que sean independientes y no repitan los errores o carguen las maldiciones de los padres, cómo leer el futuro en el agua de las pilas quietas en el amanecer...
Nadie que la viera allí, reconocería en ella la mujer briosa que salió a caballo una noche de tormenta. Diría se que la sangre se le ha amansado bajo el influjo maternal de la vieja.
—Te estoy preparando para la vida —le dice Xintal— porque nada va a ser fácil para vos.
Sofía no ha resistido la tentación de preguntarle sobre su origen, pero, lo mismo que con Eulalia, nada ha podido sacar en claro. Ni las brujas más sabias parecieran poder descorrer el misterio de su pasado. Xintal le repite que tenga cuidado con el tiempo circular de su madre, pero ella no entiende de qué círculos se trata. La vieja le ha pronosticado un gran amor y Sofía se ha reído para sus adentros. «Se lo dicen a todas las mujeres», piensa, «pero yo soy diferente. No me van a contar cuentos de pajaritas preñadas.»
Sin premoniciones, duerme bien en una hamaca colgada de los horcones del rancho. Antes de dormir oye el viento en la selva del volcán, moviéndose y silbando entre la humedad del musgo que crece sobre los árboles y los cubre de encaje verde, oye las chicharras cantando alto, los monos aullando en el denso habitat del Mombacho.
Sin duda quien más genuinamente ha sufrido la huida de Sofía es En gracia.
La vergüenza la persigue por las calles del Diriá y con costo se atreve a ir a la iglesia bajo las miradas de burla y reprobación de las gentes del pueblo. A pesar de dudas que la mantienen insomne y del episodio del entierro de don Ramón que la hizo distanciarse un poco de Sofía, el corazón de En gracia sigue fiel al cariño por la muchacha y no deja de repetir insultos callados para quienes acuerpana Rene y no son capaces de darse cuenta de que nadie sino él es culpable de la escapada de la pobre esposa. «¡Mira vos a quién se le ocurre encerrar a una muchacha joven y pensar que en estos tiempos ella se va a quedar tan mansa y tranquila! Si ahora las mujeres ya no son como éramos nosotras, tan dundas y sumisas. Ahora van a trabajar, se ganan la vida solas, escogen y dejan a sus maridos...» Monólogos interminables la acompañan en sus oficios domésticos y en las compras del mercado, pero por mucho esfuerzo que hace no puede evitar que la martiricen las afirmaciones vociferantes de las marchantesque, mientras venden tomates y verduras, comentan con saña, para que ella las escuche, que por fin se le salió la mala sangre a la gitana, si hasta le puso al marido citatoria de divorcio por los periódicos... ¿Y qué dice usted, niña En gracia? Cuídese, no vaya a ser que ese cuervo le saque los ojos.
Rene no puede dar crédito a sus ojos cuando abre el periódico y lee el edicto citándolo para dilucidar la demanda de divorcio: «Cítase por Edictos al señor Rene Galeno Duarte para que, dentro de cinco días, después de la tercera publicación, comparezca a este Juzgado del Distrito Civil de Masaya a alegar lo que tenga a bien en la solicitud de Divorcio Unilateral que, por voluntad de una de las partes, le interpone la señora Sofía Solano, bajo los apercibimientos de nombrarle Guardador si no comparece. Dado en el Juzgado Civil del Distrito de Masaya...»
Zoila, la doméstica que ha tomado el lugar de Petrona, contaría después cómo el señor tras golpear la mesa con el puño y gritar repetidas veces «Hija de puta», «la puta que te parió», se había levantado de la mesa tirando al suelo la silla y la había emprendido contra la vajilla de la mesa, la jofaina, el espejo y la pana de lavarse las manos situada en una esquina a la entrada del comedor, las cortinas de visillo que separaban al comedor de la sala... «Acabó con todo, don Rene, ^b sólo me persignaba y rezaba en la cocina, rogando que no se le ocurriera venir a tirar todas las porras, pero me imagino que lo que quería era quebrar cosas, porque después se fue al cuarto que dicen que era el costurero de doña Sofía y desbarató todos los muebles a patadas».
¡Nunca en sus treinta y cuatro años de vida, Rene se había pensado capaz de matar a nadie; hasta cuidado tuvo de no pegarle a la Sofía a pesar de todas las que le hizo, pero ahora no tendría asco en matarla si pudiera tenerla en frente! ¡Desvergonzada hija de mala madre que se atrevía a exhibirlo como imbécil delante de todo Nicaragua, en aquella edición que circulaba a lo largo y ancho del territorio nacional! El hasta había estado dispuesto a perdonarle la escapada e instalarla bien cuando la encontrara, darle una casa, si ella quería separarse, porque ahora con lo dela Gertrudis, hasta bien le salía lo de la separación: ella podía quedarse sola, si esa era su voluntad, y él irse a vivir con la Gertrudis a otra parte, sin causar tanto escándalo. Pero eso del divorcio era distinto. La Sofía era su mujer para siempre y aunque no viviera con ella y él viviera con otra, sus derechos nadie podía quitárselos. Seguro la rufiana tendría algún querido. ¿Para qué se iba a querer divorciar una mujer decente? Las que se divorciaban eran las putas vergonzantes que tenían algún enredo escondido
.Pero ¿quién sería el hijueputa que él ni cuenta se había dado? ¡Que ni soñara ella que él iba a ir a hacer el ridículo en ese Juzgado con el montón de cabrones que se aparecían por allí! ¡Que viera cómo se divorciaba sin él! Desde la mentada revolución todas las mujeres se creían moneditas de oro, independientes. ¡La putería era lo que se había fomentado con esas leyes!
El hombre no sabe qué hacer con las manos, le duelen los nudillos donde la piel se ha desgarrado. Le tenía que suceder esto hoy precisamente cuando tiene una reunión de trabajo importante en Masaya. Imagina las caras de sus conocidos, las miradas de soslayo. Ya no podrá seguir ocultando lo de Sofía, diciendo que la mandó en viaje de compras a Costa Rica para que se olvidara de la muerte del papá.
Entra a la habitación a lavarse las manos y echarse agua fría en la cara. Nunca se debió haber casado. Se hubiera salido de la iglesia aquel día y nada de esto le estuviera pasando...
El teléfono repica y sale del baño a responderlo. Es Gertrudis. La voz de Gertrudis, tan suavecita.
—¿Viste el periódico, Rene? —Sí, lo vi.
Lo dice con tono de a quien nada le importa. No va él delante de la mujer que recién ha conquistado a mostrar lo profundo que se le ha herido el orgullo. Más tarde pensará que fue el amor el que lo iluminó y le hizo ver claro qué decir, pero al oír la voz de Gertrudis la explicación de la huida de Sofía y de lo que está por acontecer se le viene clara a la cabeza.
—Está furiosa porque sabe que te quiero —dice y le cuenta la nueva versión de los hechos: Sofía se había ido la noche en que él, en un arranque de sinceridad, le confesó estar enamorado de Gertrudis. Terrible había sido su reacción, platos y adornos de la habitación habían rodado por los suelos y a gritos le había prometido Sofía a Rene que lo haría arrepentirse, que lo convertiría en burla del pueblo. —Eso es lo que pretende con esto del divorcio —añade. Esa noche, en la cantina de Patrocinio, Rene paga los tragos de la concurrencia. Se emborracha y a todo pulmón anuncia «la verdad» de lo que había sucedido, anuncia que ahora sí va a ser feliz porque se va a casar con la Gertrudis, primero civil y cuando venga la anulación del matrimonio de Roma, se va a casar por la iglesia.
—Qué gran farsante es ese Rene —le dice doña Carmen a En gracia—. Como que nadie sabe lo compungido que ha estado desde que se le fue la Sofía y los destrozos que hizo cuando vio el edicto en el periódico...
—Pero nadie se acordará de eso en unos días —sentencia En gracia—, la gente va a creer el cuento del hombre y no tardarán en andarle haciendo reverencias a la mosquita muerta de la Gertrudis.
En gracia se balancea bajo la enredadera de glicinias azules de la casa de doña Carmen. Hace fresco allí a pesar del calor intenso del mediodía.
Al día siguiente, doña Carmen irá con Samuel a recoger a Sofía y llevarla de regreso al Encanto. Aunque la una trata de hacerle liviano el asunto a la otra, las dos están preocupadas por el regreso de la muchacha, que se ha empeñado en bajar del cerro y no quedarse más tiempo como habría sido aconsejable.
—Es como si quisiera desafiarlos a todos —dice doña Carmen y tamborilea los dedos sobre la mesa porque ella conoce lo que es sentir esa necesidad, lo difícil que es contenerse
cuando uno es joven y todavía no comprende que la incomprensión y la injusticia son más viejas que los ímpetus de la irreverencia.
—Lo que debería hacer la Sofía —dice—es no hacer tanta alharaca e instalarse en su hacienda a disfrutar la herencia con la que don Ramón, desde su tumba, la ha bendecido. No sería extraño que en poco tiempo volviera a encontrar marido y hasta llegara a ser feliz.
Ahora tiene reales y propiedades. Que viva bien y se olvide de los envidiosos. Ya tiene las tres «» del éxito, como decían en mi tiempo: cara, cuerpo y capital.
En gracia ríe pero en sus adentros no deja de estar triste y de tener malos augurios.
La que no puede contener su alegría es Gertrudis. Aquella mañana, los futuros viajeros hacia México, Panamá, conexiones a Europa y Estados Unidos, serán atendidos por una mujer amabilísima que no para de sonreír mientras llena boletos, hace reservaciones y se mueve diligente de un lado al otro de la oficina. Su primera reacción, al ver el edicto en el periódico, fue de miedo. Imaginó claramente la reacción de Rene, porque aunque ella estuviera convencida que había dejado de querer a Sofía, conocía lo macho que era y el golpe que aquello representaría para su orgullo. Un buen rato estuvo Gertrudis pensando si debía o no llamarlo por teléfono, meditó con cuidado lo que debía decirle para hacer que él reaccionara, para que se diera cuenta que lo sucedido podía ser positivo para todos. No creyó que funcionara tan rápido y que el amor propio herido de Rene se sacara tan limpiamente de la manga la explicación y justificación de cuanto había pasado. Ella estaba convencida de que la verdad era otra. Tan sólo pocos días atrás, todavía tenía dificultades para sacar a Rene de su ensimismamiento y hacerlo que hablara de algo diferente a la búsqueda de la Sofía o lo ingrata y estúpida que ésta había sido. Ni cuenta se daba él de que ofendía y hería a su reciente enamorada con la obsesión por la esposa desaparecida. Gertrudis se tragaba su rabia y hacía coro con las preocupaciones de él, a partir de su posición de amiga de infancia de la otra. «Me estoy volviendo una falsa, calculadora», se decía, sin poder evitarlo. Cada día que pasaba sentía nacer en ella un sentimiento nuevo, jamás experimentado: el rencor y el odio. Hubiera querido que Sofía desapareciera para siempre sin dejar rastro y más de una vez en esos días, se sorprendió deseándole la muerte. Pero ya no habría más necesidad de eso, pensó, quizás tomaría algo de tiempo, pero las cosas se arreglarían; sus deseos se verían cumplidos. Nada más podía pedirle al Cielo...

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