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—Ya no me volvás a llamar.

 Al otro lado del teléfono, Esteban se suelta en preguntas y protestas. Que cómo iban a terminar antes de haber empezado, si todavía ni siquiera se habían visto. Que, por lo menos, salieran una vez, que él la adoraba, soñaba a diario con ella, la imaginaba rubia, morena, pelirroja, gorda, flaca... «Por lo menos déjame que te vea una vez», insistía.

 —De nada serviría —responde Sofía, con determinación absoluta— No sé si vos serás diferente. Nada me lo garantiza. Lo que sé es que ya me aburrí. No tengo ganas de seguir hablando con vos y si me seguís llamando, la próxima vez te pongo a mi marido al teléfono.

 —Algo te pasó. Vos nunca me has hablado así
.
 —Así soy yo de verdad. Lo que pasa es que vos nunca me conociste. Adiós Esteban. No me volvás a llamar.

Sofía se siente contenta. Le da pena por Esteban, pero está convencida de haber hecho lo conveniente. Se queda un rato sentada a la orilla del aparato, sintiendo el poder de tomar decisiones sobre su vida correrle por la sangre. Ya poco falta. Sus planes toman forma. Se ha reunido ya varias tardes con el abogado, don Prudencio, leyendo minuciosamente las escrituras de cuanto ahora pasaba a pertenecerle, los detalles de su herencia.

Se levanta y va a la cocina donde Petrona se despierta sobresaltada de la siesta que está echando como equilibrista sonámbula sobre el taburete de tres patas de la cocina.

 —Alístate café, Petrona, que ya va a venir el abogado.

 Sofía la sustituye en el taburete y saca del fondo de su blusa, un paquete de cigarrillos. Últimamente ha hecho costumbre el fumarse uno o dos cigarrillos, siempre en la cocina. Le gusta la cocina; hay un algo de refugio antiguo, cálido, que la conforta.

A las tres, el viejo de pulcra guayabera blanca, llega puntualmente con las escrituras de traspaso, los registros, los papeles, pretendiendo, como en los días anteriores, no sospechar de la insistencia de Sofía de que no debía informarle a Rene de sus visitas y hacerlas en horas en que el marido no estuviera.

 Ella lo recibe y lo hace pasar a la mesa del comedor. Hace calor y el abogado transpira, mientras Sofía revisa los folios. Cuidadosamente examina el estado legal de sus posesiones, la lista de deudores, los impuestos que se han pagado anualmente, los registros de liquidaciones de cosechas pasadas, haciendo sin cesar preguntas al abogado, de cuyas respuestas toma nota en una libreta.

 Con el mismo aire de determinación que el abogado ha llegado a temer en los pocos días que tiene de la relación profesional con ella, Sofía habla mientras le sirve el café.

 —Me lo va a traspasar todo a mi nombre de soltera y me va a hacer el favor de poner, dentro de un mes, la demanda de divorcio a mi marido. Quiero que cite a Rene por el periódico, que lo saque en los edictos esos que se publican en los anuncios clasificados y si no se presenta, como es muy probable, usted le designa un guardador que lo represente, «ad lifem», creo que se dice.

 —Pero Niña Sofía...

—Usted es mi abogado. Si se niega, busco otro que me lo haga. Sobra quien quiera ganarse la comisión que usted va a sacar con el trámite de toda esta herencia. Como su cliente que soy, le advierto que debe guardarme el secreto y proceder como yo se lo he pedido en un mes, no antes.

Don Prudencio se reprime su orgullo de respetable abogado y piensa que su amigo don Ramón no debió jamás cobijar aquella viborita en su casa, mucho menos dejarle el producto de tantos años de trabajo honrado.No hay peor cosa que poner una hembra a mandar.

 —¿Y qué hacemos con El Encanto?  —Que la siga viendo don José. Yo le tengo confianza. Ya, por otro lado, llamé a Fausto para que me venga a dar una mano.

 —¿Y está segura que quiere vender las otras haciendas?

 —Véndame las dos que son menos productivas. Con esa plata voy a hacer unas inversiones en las dos restantes.

 —Como usted diga, mi hija, como usted diga. Permítame, sin embargo, como su abogado, advertirle que tendrá muchos problemas si se divorcia. ¿Cómo va a hacer para manejar tanta finca sola? Su marido es un hombre de experiencia, un excelente agricultor.

 —Tomaré en cuenta lo que dice, don Prudencio. Tal vez Rene quiera trabajarme de administrador —dice con cinismo—. Lo espero mañana a la misma hora para firmarle el resto de los traspasos.

 El abogado, comiéndose su amor propio herido que no vale más que la jugosa comisión que deberá recibir, da la mano a Sofía y sale, secándose el sudor con un impecable pañuelo blanco.

A esa misma hora, doña Carmen se prepara para la llegada de Gertrudis.

 Con el producto de muchos años de honrado trabajo en su cantina, ha logrado construirse una modesta vivienda de paredes de concreto y pisos de, ladrillos rojos. La puerta de la calle da a una estancia rectangular que sirve a la vez de sala, comedor. Al lado izquierdo de la misma hay un pequeño pasillo a través del cual se desemboca a la habitación de la dueña y al patio de atrás donde está la cocina y el lavadero.

 La casa está adornada con muebles de los más disímiles estilos, sillas plásticas, mecedoras de madera, rústicas mesas pintadas en color. En la pared hay una imagen de la Virgen de la Inmaculada Concepción y hay tiestos de plantas sembradas aquí y allá. El pequeño patio de doña Carmen es un verdadero herbolario: manzanillas, sábila, ruda, altamisa, floripones, hojas de aire, crecen en la tapia o en bandejas de madera acomodadas sobre el suelo o sobre bloques de piedra cantera.

En su habitación, en un estante que ella maneja con llave, hay varias hileras de frascos con etiquetas donde la mujer ha ido anotando los usos diversos de las pociones. El frasco que doña Carmen examina ahora con atención destapándolo para olerlo, contiene una especie de crema de color violáceo. Todavía está olorosa, piensa, cumplirá su objetivo. Si bien tiene otras pócimas de amor que recomienda a menudo, ésta es especial porque es para torcer el amor de una persona hacia otra y ella no acostumbra hacerle este favor a mucha gente, siendo como es una maga profesionalmente responsable. No es lo mismo cuando vienen a verla esposas con maridos desamorados o novios que no se deciden a casarse, para eso la pomada es rosada y su efecto es más retardado.

 Saca el frasco del armario y pasa una parte de su contenido a otro más pequeño que ha preparado para tal fin, hirviéndolo toda la noche en agua con sebo serenado.


Se ve en el espejo arreglándose coqueta la horquilla que le sostiene el pelo para que no se le venga sobre la cara y sale a sentarse en su mecedora a la puerta de la casa. Sabe que Gertrudis no tardará mucho.

A las cinco y quince la divisa doblando la esquina, caminando con la cabeza baja. Desde que doña Carmen le propusiera darle algo para conseguir lo que quiere, se ha pasado debatiendo entre golpes y contragolpes de su conciencia entrenada para no desviarse jamás del camino de la virtud.

 Aunque ha sido criada en el Diriá y está familiarizada con las recetas de pociones mágicas, a Gertrudis nunca le ha parecido correcto andar torciendo el destino. Como católica, además, se ha criado en el respeto al matrimonio. Sin embargo, en este caso lo virtuoso no está claro. Es cierto que hay de por medio un matrimonio por la iglesia, pero ya en estos tiempos como comprobó ella leyendo la revista Hola que una azafata de Iberia dejara olvidada sobre su mesa, los matrimonios pueden disolverse y, si no, ¿cómo era que varias parejas reales y del jet set habrían logrado anulaciones papales en matrimonios que no sólo se habían consumado, sino que habían durado años y producido varios retoños? Por otro lado, nadie saldría perjudicado, ni sería ella culpable de infligirle dolor a nadie. Estaba segura de que sólo era cuestión de tiempo para que Sofía dejara a Rene; él por su parte era desgraciado... El camino de la virtud no podía ser tan torcido de pasar por alto estas circunstancias atenuantes para su comportamiento. Hasta el padre Pío coincidiría con ella, si aplicara con lógica el catecismo. Se acerca a doña Carmen, preguntándose si ella también pensará lo mismo.

 —Buenas tardes, hija —saluda doña Carmen, levantándose de su silla e indicando a la muchacha que pase adelante.
 —Buenas tardes responde Gertrudis, sintiéndose nerviosa y temiendo el tener que dar explicaciones a doña Carmen, pero ésta, como si le leyera el pensamiento, va directa al grano.

 —Aquí tengo lo que quiero darte —dice la mujer mayor, tomando el frasco de una mesa—. Vos agarras este frasquito y esta pomada que hay dentro, se la echas a esa persona, ya sea en el cuerpo o en alguna parte de sus cosas. Se la podes untar hasta en los zapatos. No importa donde, lo importante es que sea en algo que él use.

Gertrudis mira el frasco con la pomada, lo queda viendo largo rato sin decir nada.

—Y deay, muchacha, te quedaste alelada?

 —¿Y qué hace esto, doña Carmen?

—No vas a tener que esperar ni quince días para que el sujeto ese sienta que no puede vivir sin vos. Prepárate que se va a enamorar sin remedio. Esta poción no tiene antídoto —dice la mujer, sonriendo maliciosa.

—¿Y cómo sabe que yo quiero que alguien se enamore de mí?

 —¿Y vos no sabes que yo soy maga? Todo sé yo con sólo una mirada, y no te voy a mencionar nombres para que no te pongas más incómoda, pero yo pienso que haces bien. Va a ser lo mejor para todos.
—Me da miedo —dice Gertrudis casi entre dientes—. No sé si voy a poder.

 —Miedo de qué, muchacha, el que en esta vida no se arriesga, mejor estaría muerto, y esto que te doy es garantizado, es una receta que viene directo desde el más allá, comprobada. Créemelo y a nadie le digas que yo te la he dado porque, en toda mi vida, sólo dos veces la he ocupado.

Sólo me atrevo a darle direcciones al amor, cuando estoy segura que va a ser lo más conveniente.

 —¿Así que usted piensa que no estoy tentando al destino?

 —Yo creo que más bien el destino te está tentando a vos, y cuando el destino nos hace señas, es mejor oírlo —dice doña Carmen, acercándose y dándole una palmadita en la espalda.

 Gertrudis da una última mirada dudosa al frasco, lo mete en su cartera y se despide presurosa de doña Carmen, quien desde la puerta ve cómo se aleja caminando rápido...




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